Hablamos con el historiador, periodista y escritor Francisco Veiga, autor de «Ucrania 22: La guerra programada»(Alianza Editorial), sobre el conflicto ucraniano y sus principales actores.

Francisco Veiga en el Museo de Historia Política de Rusia, en San Petersburgo. Verano de 2016.

Texto: Francisco Luis DEL PINO OLMEDO

 

Casi un año después de la agresión rusa a Ucrania la guerra parece no tener fin; lo cierto es que Kiev no solo resiste –gracias al apoyo occidental liderado por Estados Unidos-, sino que contraataca en algunas zonas, y en otras parece estancarse el conflicto con la llegada del invierno. Moscú bombardea despiadadamente las infraestructuras vitales como la red eléctrica, condenando a los ciudadanos ucranios al frío y a la falta de luz, entre otras carestías importantes. Han sido unas navidades duras y sangrientas para Kiev, y todo hace pensar recién iniciado el año 2023, en una larga guerra, donde, como siempre en estos casos, la población civil es objetivo de una táctica criminal para poner de rodillas al contrario.

El historiador, periodista y escritor Francisco Veiga, autor de Ucrania 22: La guerra programada (Alianza Editorial), es un experto en Europa Sudoriental (Balcanes) y Turquía que ha sido testigo directo sobre el terreno de lo acontecido en toda Europa del Este, antes y después de la caída del Muro. Posee la calma y el tono de quien lleva cerca de cuarenta años impartiendo docencia en la Universidad, y la autenticidad del investigador nato con experiencia periodística; es pues, un magnífico interlocutor para alumbrar esas sombras que hacen a veces difuso el conflicto ucraniano, ya de por sí complejo y lleno de matices.

Usted define a Ucrania como una tierra de guerras civiles, poblada por diferentes grupos étnicos, precisamente en un momento que la propaganda proucraniana insiste en el hecho diferencial como un todo. Pero en su análisis demuestra que no es así.

Ucrania siempre ha tenido problemas de indefinición de fronteras; incluso hay ciertos mapas de reivindicaciones nacionalistas que integran a una parte del Kubán como Ucrania. Existe ese antiguo territorio de nombre poético, los Campos Salvajes, que es la estepa póntica que muere en el Mar Negro, pero que hacia el Este no se sabe bien donde termina. El Dombás sí es ucraniano; en cambio más al norte hay una mayor indefinición. Y luego, ya por el Oeste también es lo mismo, de ahí que en su oposición a las antiguas reivindicaciones polacas, sea la región de Ucrania más nacionalista, aunque ahora también reivindican su esencia galitziana. Una geografía abierta a los cuatro vientos.

En definitiva, Ucrania es un país multiétnico, palabra que últimamente ha caído en desuso. Hoy solo interesa defender al país como un todo; y la idea de respetar sus diferencias que,  hubiera sido precisamente una salida a la guerra, no se tuvo en cuenta, esta vez, por parte de las potencias occidentales

 Según usted hasta 1917 nunca se había tenido una ascendencia independiente.

Digamos que, históricamente, el nacionalismo político era bastante residual, aparte del cultural. Se activa tras la corta independencia de 1918 y sobre todo, durante la Segunda Guerra Mundial, en ambos casos bajo protección del ocupante alemán. De nuevo se vuelve a reactivar tras el hundimiento de la Unión Soviética, en 1991. Pero, eso, en principio, no tenía por qué haber llevado a una confrontación entre la Ucrania histórica y la, digamos, rusófona. Tampoco la independencia obtenida en 1991 hacía suponer que las cosas terminarían tan mal.

¿Dónde se sitúa el punto de giro, entonces?

Hay una guerra civil en Ucrania que se ve venir tras el fracaso de la Revolución Naranja, diez años antes. Estalla en febrero de 2014, cuando el presidente electo Viktor Yanukovich escapa de Kiev y va a Járkov; desde allí a la base de Sebastopol, desde donde vuela a Rusia.

En Járkov le está esperando un congreso del Partido de las Regiones, muy votado en el sur y este de Ucrania,  y ahí se debate qué hacer. Los rusófonos tienen varias opciones: una de ellas es proclamar la Federación con una capital en Járkov y otra en Kiev.

Dice que otra posibilidad es la de guerra civil y que el presidente Yanukovich se niega a ponerse al frente del país para llevarla a cabo.

Así es, y de hecho no vuelve a dejarse ver ni hacer declaraciones tras su marcha a Rusia, salvo una entrevista que concede a Oliver Stone en 2016. Lo que indica que no tiene la intención de llevar las cosas hasta el punto de ir a una guerra civil; pero, el enfrentamiento ya está ahí. (El historiador hace una pausa y continúa) lo que pasa es que en Kiev en el 2014 la oposición toma el poder por la fuerza con la ayuda de milicias paramilitares, parte de las cuales eran ultranacionalistas; y eso, claro, desencadena una tensión brutal, porque al cabo de pocos días el nuevo gobierno prohíbe la lengua rusa como lengua cooficial. Y esa guerra civil incluso se les va de las manos a los rusos; evidentemente, lo primero que hace Putin es apoderarse de Crimea, por el control de la base naval de Sebastopol, que para Rusia es intocable. Moscú temía que la OTAN pudiera echarle mano a través de las nuevas autoridades surgidas del Euromaidán.

¿Y respecto a Lugansk y el resto de lugares de los que acabará por integrar Rusia como territorio propio tras los supuestos referéndums de septiembre del año pasado?

Les pilla un tanto por sorpresa; porque aunque había contactos con Moscú es un movimiento radical, ultranacionalista, bastante autónomo que los rusos parece que no tienen intención de cortar; pero tampoco le dan muchas alas. Esa situación se complica tremendamente cuando Kiev envía al Ejército regular ucraniano al Dombás, que fracasa en un primer momento, y entonces ese nuevo gobierno nacionalista envía a unidades paramilitares e ideología ultra. Y eso es ya una guerra civil.

Encuentro un cierto paralelismo a lo que sucedió con el Ejército Federal Yugoslavo en 1991 al principio de la guerra de los Balcanes…

Es común a todas las guerras civiles la aparición de milicias paramilitares, que son las que suplen con su fanatismo y coraje, desesperado en muchos casos, los huecos que ha generado el Ejército regular, compuesto por reclutas de leva, partido en dos o incapaz de actuar contra la propia población.

Los personajes visibles en ambos lados son el ucraniano Volodimir Zelenski y el ruso Vladimir Putin. ¿Quiénes son y qué papel juegan en el conflicto?

Zelenski, un hombre joven, se presenta en un primer momento como un político populista, simpático y fresco. Aparece justo cuando todos los anteriores personajes de la política ucraniana estaban acabados, quemados. Así que, en un primer momento da el pego. Arranca su gestión como presidente con un 70 y tanto por ciento del voto, pero a los pocos meses baja a solo 20 por ciento. Es una persona muy voluble que cambia de parecer frecuentemente: primero iba a conseguir la paz, luego a reconquistar territorio a tiro limpio… Oscilaciones de amplio espectro, aunque políticamente es un neoliberal, de derechas, claro; y admirador de Reagan. Pero sigue ahí, atrincherado y sin intención de dejarse cuestionar. La propaganda de guerra occidental lo ha convertido en un Moisés.

En cuanto a Putin está devolviendo golpe por golpe con detalle: Crimea por Kosovo, Ucrania por Bosnia; le corta el gas a los países del Este que tanto desearon entrar en la Unión Europea pero sin renunciar a la energía barata de los rusos; destruye la infraestructura energética ucraniana como hizo la OTAN con la serbia en 1999. Incluso bautiza como ”Operación militar especial” la intervención en Ucrania, lo que recuerda el nombre absurdo de “Operación antiterrorista” con el que bautizó Kiev la ofensiva contra en Dombás alzado, en la primavera de 2014.    En fin, el paralelismo llega a ser casi patológico. Ese plan puede satisfacer rencores, recuperar un cierto orgullo nacional y alimentar un nacionalismo vindicativo; pero, no es un plan constructivo. El régimen chino también ha recurrido al nacionalismo, pero no parece haber olvidado el desarrollo social. En Rusia las cosas no son tan desastrosas como en tiempos de la “terapia de choque” de Yeltsin, pero aún queda mucho trabajo por hacer.

¿Cree en la posibilidad de un golpe que destituya a Putin?

No, y además espero que no lo haya, porque posiblemente ocuparía su puesto un personaje mucho peor que él. Esa es una estrategia muy estadounidense, practicada durante años en América Latina. Pero el derrocamiento del “supervillano” de turno (léase Sadam Hussein, Milosevic, Gadafi…) con todo lo censurable que sea, casi nunca trae estabilidad social y política, ni a corto ni a medio plazo. En algunos casos, solo han servido para generar guerras civiles interminables o focos de actividad terrorista, como en el caso de Libia e Irak.

 ¿Alguna percepción sobre quién puede ganar la guerra?

Esta es una guerra que, militarmente, no la puede ganar ninguna de las dos grandes potencias implicadas, Rusia y los Estados Unidos. Ambas están a la defensiva: Rusia porque perdió la Unión Soviética y la Guerra Fría. Y los Estados Unidos, porque perdió la Posguerra Fría y no logró controlar la globalización neoliberal. Todo se fue al garete a partir de la gran recesión de 2008. Así que ni Washington ni Moscú se resignarán a una derrota militar clara y neta. Por lo tanto, hay que buscar una salida diplomática. Siempre es mejor una mala paz que una buena guerra; sobre todo si se convierte en nuclear o pagan justos por pecadores. Hasta ahora estamos pagando los europeos con nuestra economía y los ucranianos con mucha, demasiada, sangre y destrucción.