La escritora y traductora checo-española Monika Zgustova narra la historia de una madre y una hija condenadas al exilio en «Nos veíamos mejor en la oscuridad» (Galaxia Gutenberg)

 Texto: David VALIENTE  Foto: Antoni SELLA

 

En la madrugada del 24 de febrero, el rostro de Vladimir Putin, con cierto aire agresivo, apareció en las pantallas de las televisiones rusas para avisar a la ciudadanía del comienzo de “una operación especial” que tiene como finalidad “desmilitarizar” y “desnazificar” el país vecino. Al rato, se oían las primeras detonaciones de misiles en puestos militares fronterizos y los carros de combate rusos violaban la legalidad internacional vigente que prohíbe y condena cualquier agresión entre Estados. En la mente de Putin y de su camarilla, la guerra iba a durar poco; un paseo militar que demostraría a los ucranianos (y al mundo) que Rusia está de regreso y con la intención de ajustar cuentas en el tablero internacional. Lo que no se esperaba Putin (ni muchos pseudoespecialistas en estrategia) es que la capacidad de resiliencia del pueblo ucraniano iba a enquistar el conflicto. A más de un mes de la puesta en marcha de la “operación especial”, los misiles caen sobre las ciudades, lugar donde el ejército ucraniano y la milicia se han hecho fuertes, arrasando la vida de todas las personas que decidieron (o no pudieron) huir a las fronteras con Polonia, Rumania, Eslovaquia o Hungría. Se ha visto la verdadera cara de un dictador temeroso de perder su influencia y, por ende, su seguridad dentro del espacio que hace décadas conformaba su muralla contra cualquier invasión o ataque proveniente de Occidente.

La escritora y traductora checo-española Monika Zgustova acaba de publicar con Galaxia Gutenberg Nos veíamos mejor en la oscuridad, libro que mucho tiene que ver con los acontecimientos actuales en Ucrania, al menos en las posibles consecuencias que en un futuro no tan lejano el conflicto puede llegar a alcanzar. Entre sus páginas, Monika analiza la relación de una madre y una hija exiliadas en Estados Unidos porque en su país de origen, la antigua Checoslovaquia, un gobierno dictatorial fulminó el sueño de libertad de millones de personas. Los padres de Milena, la protagonista de la novela, sufren el acoso del Gobierno autocrático y deciden, con voluntad y valentía, que si quieren dar un futuro a su hijos va a tener que ser en otro país porque el suyo no les va a conceder ninguna oportunidad. Los años transcurren y Milena se traslada a vivir a Barcelona donde trabaja como editora para una editorial. Será en el transcurso de los primeros coletazos de la pandemia de coronavirus cuando su madre, anciana y viuda, la llama desde un hospital de Estados Unidos para hacerla regresar a casa.

Sin duda, Monika Zgustova ha dejado retazos de su vida y de la gente que ha conocido en todas sus novelas, incluso en las biografías noveladas, pero su último libro, asegura la autora en una entrevista para Librújula, se caracteriza por “ser más personal”. Hacía pocos años que su madre había fallecido y “me sentía preparada para hablar de la relación con mi madre y de qué manera cambió cuando emprendimos el camino del exilio”. Los escritores, a diferencia del común de los humanos, cuentan con la ficción en la tarea de reordenar las emociones y entender por qué acontecen las cosas: “Necesitaba explicarme a mí misma esta situación y mostrar mis conflictos internos”.

Por desgracia, los momentos turbulentos vividos hoy en Europa, le recuerdan a Zgustova a la Primavera de Praga, una pequeña parcela de la historia en donde, en palabras de Alexander Dubček, se  intentó construir un “socialismo de rostro humano”, que lejos de germinar, fue aniquilado por los rusos. “Milan Kundera defiende que la invasión de Checoslovaquia en 1968 fue obra de los rusos y no de la URSS como aseguran académicos e intelectuales. El intento de invasión de Ucrania y lo sucedido en Georgia hace 14 años refrendan la visión de Kundera”. La memoria de Monika dispara recuerdos horribles del momento de la incursión de los rusos en el país comunista: “Los tanques circulaban por las calles de Praga y los soldados, montados en los blindados, portaban armas de fuego”. No obstante, hay un recuerdo, de esos que se desean olvidar pero no se pueden por lo impactantes de los mismos, que ha hecho las veces de aliciente para no cejar en su empeño de escribir sobre los totalitarismos y los exiliados: “Un compañero de clase, de unos 10 años, murió aplastado por un tanque. El niño intentó detener su avance; el tanque no paró. Los tanques nunca paran”.

Aún con todo lo visto, Monika Zgustova no habla de los rusos con rencor. Coincide con muchos de sus compatriotas en la idea de que “no se puede responsabilizar a la población rusa de las invasiones iniciadas por sus dirigentes”. De todos modos, añade: “Debemos entender también el recelo de los checos hacia los rusos después de lo acontecido en la Primavera de Praga”. Al fin y al cabo, Rusia, durante siglos, ha estado bajo el control de gobiernos autoritarios, que emplean los poderes coercitivos y propagandísticos en la tarea de amansar a una ciudadanía, que termina asumiendo un rol sumiso. “Hay rusos partidarios de la guerra. Pero estoy segura de que no han entendido muy bien el alcance de los acontecimientos”, justifica la autora. O tienen miedo. Bajo una fachada democrática que hace tiempo dejó de engañar, Rusia sigue teniendo una red penitenciaria similar a la desarrollada por los zares y más tarde por los soviéticos. “El gulag no ha desaparecido, hay gente cumpliendo condena en colonias penitenciarias, sometidas a trabajos forzosos”. No hace mucho, Monika habló con María Aliójina, vocalista de la banda de rock ruso Pussy Riot. Su detención se produjo en 2012, después de la reelección poco limpia de Putin. Las integrantes de la banda, en repulsa por la deriva política que su país tomaba, realizaron una performance en la iglesia de Cristo Salvador, donde cantaron la oración Madre de Dios modificada para exigir el cese del dirigente del Kremlin. La sociedad quedó dividida entre los defensores de las artistas, que vieron su actuación como un acto legítimo de protesta y sus detractores, quienes las acusaron de provocadoras. La cuestión es que las jóvenes cumplieron dos años de cárcel, y eso que las organizaciones internacionales protestaron ante lo que consideraron una violación fragante de la libertad de expresión. “María me contó que estuvo en una colonia penitenciaria, una especie de neogulag, que demuestra una vez más la posición del régimen ruso, represivo y dictatorial, como en tiempos de la Unión Soviética”, expone Monika Zgustova.

Por mucho que Putin quiera mostrar fuerza con la invasión de Ucrania, los países occidentales no se han amedrentado. Tras la condena de gran parte de la comunidad internacional, se ha dado paso a las sanciones económicas, que han caído sobre Rusia como los misiles que están destruyendo las ciudades ucranianas: “Estamos obligando a Putin a defender a sus ciudadanos de una terrible crisis económica. Probablemente no mueva ni un dedo por evitarlo, pero, ¿qué más podemos hacer?”. De todos modos, esta guerra plantea a Occidente un dilema moral difícil de resolver: “¿Debemos poner nuestra seguridad por encima de cualquier tipo de ayuda a los ucranianos o tenemos que defender Ucrania e imponer sanciones a Rusia aunque estas puedan ser interpretadas por el mandatario ruso como una declaración de guerra de Occidente que le empuje apretar a el botón?”, plantea la escritora y traductora. Si algo tiene claro es que “Putin no va a detenerse ante nada; tampoco lo hizo Hitler. Ambos tienen mentalidades marcadas por la violencia, la duda la interpretan como un símbolo de cobardía. Por eso Putin odia la democracia, la considera débil”.

Las sanciones merman la capacidad económica del país. Sin embargo, no han detenido al líder ruso y su camarilla, que continúan con su ejército asediando las principales ciudades ucranianas. Ahora Rusia ha pedido armas a China, al igual que ha hecho Volodímir Zelenski. En nuestro país, hemos pasado de la noche a la mañana de “la UE es el arma más poderosa frente a Putin” a enviar toneladas de armamento bilateralmente. Esto ha provocado desacuerdos en el seno del Gobierno, pues unos consideran que es la única manera de parar los pies a Rusia, mientras otros creen que la vía diplomática no se ha agotado. Monika Zgustova se posiciona con los primeros: “La lucha de Ucrania es nuestra lucha. Después del bombardeo a un hospital de maternidad en Mariupol no hay marcha atrás. Son actos gravísimos que están teniendo la respuesta de una población valiente hasta el tuétano, empezando por el presidente Zelenski, que se ha quedado en el país. Ante esto no podemos hacer menos. Aplaudo el envío de armas y la solidaridad internacional que acude a combatir en el frente ucraniano”.

 

*La versión completa de la entrevista en la revista en papel de Librújula  del mes de mayo.