En un ataque ruso al museo de historia en Ivankiv, al norte de Kiev, han ardido, entre otras obras, 25 cuadros de la pintora María Prymachenko.

Cuadro de María Prymachenko

 Texto: Alex TIRAPLEGUI GARJÓN

 

Ver arder un cuadro es, algunas veces, ver arder una nación. Es ver como las llamas pasan el horizonte del lienzo, y el fuego arremete contra edificios, carreteras y pasto, transformándolo todo en terreno baldío.  La sal de la tierra, el fuego en el centro de un país que teme por perder su identidad.

Eso está ocurriendo también en Ucrania y, un ejemplo de ello, es el incendio producido por los ataques rusos al museo de Ivankiv al norte de la ciudad de Kiev. Ver arder un museo es ver arder la sensibilidad de una nación. Entre muchas otras, cerca de 25 obras de Maria Prymachenko han sido reducidas a cenizas. Una artista que, si bien nos dejó en 1997, perduraba en la vida de los ucranianos, en sus calles, museos y en diferentes sellos de correos, ya que, entre otras muchas cosas, realizó una labor encomiable en el trabajo sobre la identidad de Ucrania. Maria Prymachenko, autodidacta y referente del arte naíf, estructuró gran parte de su obra sobre la mitología de su país.

Ahora, el dolor no sólo viene de la pérdida de vidas inocentes que poco o nada tienen que ver en este conflicto armado, sino que se está atentando contra la pérdida de identidad de toda una nación que deberá ser repuesta y que, como ensalzó Adam Zagajewski en su obra “En defensa del fervor”, “la poesía será una de las herramientas más eficaces”.

El restablecimiento de la identidad por medio de la poesía, por supuesto debemos incluir toda obra artística, es una de las bases que restauró la identidad de Polonia tras los achaques de la Segunda Guerra Mundial. Durante años anteriores al conflicto, el discurso de los escritores a los que se apodó como “violentos”, T.S Eliot, Bertolt Bretch, André Malraux, Heminway, etc., repudiaban un mundo indolente y horizontal de la democracia de aquella época y proclamaban el culto a la proeza. Una proeza –militar o revolucionaria y aristocrática –  que daba paso a un estilo en sus textos elevado, que nada tenía que ver con la repulsa hacia el mundo, y que mal entendido por tantos, dio paso a ser un instrumento reaccionario, un martillo contra la modernidad.  “Dado que perdimos toda la poesía del universo, ineludiblemente hemos tenido que cometer los crímenes que son nuestra maldición”. Así concluyó Zagajewski un apartado crucial para el devenir tanto de su país natal en estos momentos, Ucrania, como durante su vida en Polonia. El gran drama del siglo XX fue la creación de dos mentalidades: la resignada y la inquisidora.

La modernidad ya está dentro de nosotros y es tarde para criticarla desde fuera. Y es que la modernidad no se debe combatir. Siguiendo la línea de este poeta polaco, “aun achacándole algunas cosas (a la modernidad) y por más que nos indigne alguno de sus rostros menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla, debemos hablarle”; y qué mejor manera de hacerlo que mediante la poesía.

Escritores polacos como Witold Gombrowicz, Czeslaw Milosz, Zbigniew Herbert y Józef Czapski (pintor y escritor), entre otros, dejaron de lado esa escritura académica, cerebral, y se decantaron hacia una búsqueda individual de la belleza, de una importancia enorme, hacia un debate serio sobre las preocupaciones existenciales que afectaban a toda la comunidad. Supieron alcanzar las capas más profundas de la esperanza, todo para recuperar la identidad de todo un país. En última instancia, las naciones se construyen sobre historias. Cada día que pasa hay más historias que los ucranianos contarán no solo en los días oscuros que se avecinan, sino también en las décadas y generaciones venideras. Un presidente que se negó a huir de la capital, los soldados de la Isla de las Serpientes que le dijeron a un buque de guerra ruso «vete a la mierda»; los civiles que intentaron detener los tanques rusos.

A la larga, estas historias cuentan más que tanques. A la larga, es significativo que el centro de reclutamiento de Lviv esté cerca del monumento a Taras Shevchenko, porque la poesía ríe y llora; la duda ironiza. La duda es la embajadora de la muerte; la poesía corre hacia un fin desconocido y reconstruye vidas.

“Volved a mí, colores que fueron mi alegría, / no con la púrpura de los soldados muertos.” Adam Zagajewski