La periodista y ensayista Mercedes Monmany narra en Sin tiempo para el adiós el exilio de las grandes figuras de la intelectualidad del siglo XX europeo.

 

Texto: David VALIENTE

 

Los pronósticos eran poco halagüeños en 1933. Salvo algunas excepciones, el viejo continente había caído rendido a los pies del totalitarismo. Italia, Alemania, la Unión Soviética y España fueron los puntos más oscuros de la Europa de entreguerras, donde, entre fascistas, nazis y comunistas, las esperanzas de paz que habían surgido tras el tratado de París se convirtieron en papel mojado.

Algunos intelectuales europeos invirtieron todas sus capacidades literarias en convencer a la sociedad de que la deriva tomada por esos gobiernos totalitarios tarde o temprano perjudicaría la frágil estabilidad que se respiraba de manera intermitente. Pocos se dignaron a escucharles; y quienes, analizando la realidad y comprendiendo que sus nuevos salvadores solo aportaban una retórica pobre y belicista, se sumaron a la causa de la libertad, compartieron el mismo destino: la muerte o el exilio.

De muertos no trata el nuevo ensayo de la periodista y ensayista Mercedes Monmany- al menos no de los tantos que perecieron en la guerra o en campos de exterminio-, pero sí de aquellos intelectuales que viéndose absorbidos por los totalitarismos decidieron abandonar su tierra natal con escasas pertenencias y, en ocasiones, sin ni siquiera poder despedirse de familiares y amigos.

Sin tiempo para el adiós (Galaxia Gutenberg) narra las vivencias de las grandes figuras de la intelectualidad del siglo XX europeo, reconstruyendo ese efímero adiós a través de los libros que con tanto tesón y esfuerzo escribieron para demostrar al enemigo, aquel que decía luchar por el pueblo, que aún no estaban muertos y que, mientras tuvieran una brizna de aire, su palabras seguirían vertiéndose en papel: “En los países de exilio, los grandísimos escritores de cada lengua no dejaron nunca de crear. Para ellos, en muchos casos, era como un deber para con todo el colectivo de los emigrados y una forma de mantener la dignidad frente a la tiranía y los liberticidas de su tiempo”, afirma Mercedes Monmany.

Sin duda, el siglo XX ha sido la etapa más violenta de la historia humana. Dos guerras mundiales, la Guerra Fría, los totalitarismos, los campos de concentración y exterminio, las persecuciones: una larga lista de desmanes humanos que cobraron la vida de millones de personas por todo el mundo, especialmente en el viejo continente. Sin embargo, mientras unos se sacaban las tripas, otros se dedicaban a la actividad literaria. Es innegable que, para algunos países centroeuropeos, el siglo XX también fue uno de los más prolíficos a nivel literario, aunque las circunstancias impidieron a muchos autores célebres- como Irène Nemirovsky, Ósip Mandesltam, Isaak Bábel, Borís Pilniak-, concluir su obra: “Hay todo un gran diccionario oculto europeo que nunca se escribirá, que quedó en la sombra”, lamenta la ensayista.

Según comenta la autora a Librújula, el exilio “podría decir que es el tema de toda una vida, un tema que siempre me ha apasionado”. Se dejó llevar por las vivencias tanto personales como escritas de aquellos que tuvieron mucha valentía y una suerte diferente a la nuestra: “Fui leyendo y juntando un gran número de volúmenes que conformaron una parte importante de mi biblioteca”, hasta que, con el paso del tiempo, ya no solo tuvo que interactuar con libros para conocer a “desterrados, expatriados y emigrados”, sino que también pudo dialogar con ellos: “Conocí a escritores exiliados, por un lado españoles, pero también balcánicos, rumanos, cubanos, sirios o iraníes y siempre me asombró cómo habían sido capaces de construir una vida a partir de cero”. Poco a poco sus preguntas a “cómo eran capaces de convivir con el dolor y con ese desgarro insoportable, terrible, de no poder volver a su tierra, tras haberlo dejado todo atrás, amigos, familia, una cultura, una lengua, unos paisajes y unas costumbres que tejen de forma natural la vida cotidiana en la que se ha nacido y crecido”, consiguieron respuestas.

Camino al exilio

Los exiliados salieron de sus países en estampida precisamente cuando la situación para ellos era insostenible, cuando su vida dependía de coger cuatro pertenencias y no mirar atrás. Los primeros en hacerlo fueron los exiliados de la Unión Soviética en 1917, seguidos de los alemanes en 1933. Hitler obtuvo poderes absolutos en una Alemania fanatizada que cinco años después entre banderas rojas con grandes esvásticas en el centro y pasos militares, mataría el sueño de libertad de los austriacos antinazis que deberán, como sus homólogos españoles a causa de la victoria de Franco en la Guerra Civil, abandonar su país.

De distinta manera afrontaron los escritores este shock. El poeta polaco y premio Nobel Czeslaw Milosz entendía que “el exilio es el destino del poeta, ya se encuentre en su mismo país o en el extranjero”. Palabras difíciles de asumir desde nuestra perspectiva acomodaticia, pero encajables como bien nos demuestra el también poeta polaco Witold Gombrowicz: “Se consigue una libertad extraordinaria espiritual, se rompen todas las ataduras, se puede ser mucho más uno mismo”.

Sin embargo, por mucho que algunos escritores concibieran el exilio como un acto de libertad, para otros, como Zagajewski, expulsado de Lvov tras la Segunda Guerra Mundial, suponía la pérdida total de la inocencia y del pasado: “Lo narraba en algunas de las más bellas páginas que yo he podido leer sobre este hecho: el imposible retorno a un paraíso perdido definitivamente”, señala Mercedes. Sus narraciones prescinden de la primera persona y ceden todo el protagonismo a sus familiares. Así le resulta mucho más sencillo describir aquellos sentimientos de angustia y soledad que lo acompañarían hasta el día de su muerte. De nada sirvió que pudieran construir un nuevo hogar en Silesia, a sus ojos, su belleza en nada era comparable a la exuberancia y el frenetismo de Lvov; el sentimiento de pérdida será “reconocible sobre todo a través de inconsolables heridas y de cicatrices compartidas”.

La muerte en el exilio

Algunos intelectuales que lograron escapar del horror totalitarista no regresarían a sus países natales. Diferentes motivos les empujaban a permanecer en aquella tierra que les había abierto los brazos, en ocasiones, de manera brusca. Un ejemplo es Joseph Brodsky que se impuso un autoexilio que duró hasta después de su muerte. De nada sirvieron las súplicas y los chantajes que la sobrina-nieta de Tolstoi, Tatyana Tolstaya, le hacía para recordarle el deber espiritual adquirido con aquellos que se habían quedado a soportar el chaparrón comunista y que, según ella, “habían mantenido de algún modo la llama viva de la cultura rusa”. Monmany cita unas líneas de una carta escrita por Tolstaya donde le hace una serie de reproches: “¿Qué me dice de todas esas viejecitas de la intelligentsia?, ¿de sus lectores, de todos los bibliotecarios, empleados de museos, jubilados, inquilinos de apartamentos comunales? ¿De aquellos que ocupan las últimas filas en los conciertos filarmónicos, junto a las columnas, donde las entradas son más baratas?”. Sus restos no descansan en San Petersburgo, él mismo ordenó que sus cenizas fueran enterradas en el cementerio de San Michele, Venecia.

A otros, la muerte les visitó con precocidad, no porque la señora de la guadaña tuviera ganas de visitarlos, más bien fueron ellos mismos, como anfitriones atentos, quienes le abrieron la puerta, agotados de su existencia, de ver que la guerra destruía su querida Europa y la transformaba en carrusel de matanzas y encono. “Muchos suicidios son de judíos, bien durante la guerra, como fue el caso de Stefan Zweig que, efectivamente, ve cómo la idea por él soñada de una Europa humanista y de la cultura se hunde; bien huyendo de los nazis en aquellos días, que es el caso de Walter Benjamin, que siempre viajaba acompañado de una cápsula de cianuro; o bien tras el  paso de muchos de ellos por Auschwitz”.

Ciertos literatos decidieron abandonar nuestro mundo cuando la tempestad había pasado, pues sobre ellos aún se posaban sendas nubes con forma de recuerdo que les imposibilitaba contemplar los rayos de luz. Las imágenes y las sensaciones de los campos de concentración acosaran constantemente tanto a Primo Levi como a Jean Améry. Su tormento no tendría respiro y por eso tomaron la decisión de concluir sus días y sus noches, al igual que años atrás lo había hecho Cesare Pavese por motivos muy diferentes que nos aclara Mercedes: “Era una cuestión personal, de un tipo de carácter que, como decía su buena amiga Natalia Ginzburg, nunca se conformaba con la vida ‘sencilla’ de cada día, ni con la presencia de amigos que cuidaban de él y lo intentaban sacar a flote sin cesar en el Turín de la posguerra”.

Hay otro exilio, el exilio interior

Pocos decidieron quedarse en su tierra, aunque padecieran el mismo sufrimiento que algunos de sus compañeros de letras ya habían sufrido. Es el caso de Anna Ajmatova: sentía “hondo patriotismo, sin tintes nacionalistas” que le obligó a quedarse, aunque anhelaba visitar Occidente. Pero no estaba dispuesta a pagar el alto precio de poner sus pies fuera de su patria: “Por muy terribles que fueran los horrores que le aguardaban, jamás quiso abandonar Rusia”, asegura Mercedes. Los motivos que llevaron a la genial poetisa a tomar esta dura decisión fueron varios, pero sin duda, sobre ella pesaba, por encima de todas las cosas, la fidelidad de sus lectores y admiradores que, superando sus temores con la ayuda de la palabra escrita, “se aprendieron sus versos de memoria, y los hicieran circular” de manera clandestina. Ella permaneció en “el exilio interior” y aguantó “los horrores que la aguardaban”, buscando refugio en el paraíso construido durante la niñez y que retorna a nosotros, sobre todo, cuando el desasosiego y la incertidumbre nos angustia o nos corroe las mismas entrañas. Regresar al paraíso de la infancia es recuperar una patria lejana “no mancillada” y un lugar donde refugiarse “cuando las patrias ‘reales’, formales, se derrumban y decepcionan”.

Entre el odio nacionalista y la Europa actual

Nos advirtió Robert Musil de la tragedia que se avecinaba si no extirpábamos la metástasis nacionalista. Para estos intelectuales paneuropeistas,  el odio entre Estado e individuo iba a resurgir con la Segunda Guerra Mundial, y si no se hacía algo inmediatamente después del fin de la contienda, seguramente acabaría con todo vestigio de humanismo y pluralidad. Conocían la cura: “eliminar los residuos de odio que, después de la Primera Guerra Mundial, seguían infectando todavía la sangre de nuestros pueblos”. Sin embargo, durante el periodo de entreguerras, se hizo todo lo contrario, y se aplicó “una constante incitación a través de los instrumentos del odio, de la rabia y de la amargura para convencer continuamente a los partidarios de la necesidad de emplear hasta el extremo las peores de sus energías”.

Stefan Zweig observaba con preocupación el devenir de los acontecimientos; consideraba que cualquier organismo “una vez habituado a una droga, no puede prescindir de ella de repente”. Tendría que ser el tiempo y la sangre nueva la que se encargara de eliminar todos los odios acumulados durante siglos de luchas y de composición nacional. El genio austriaco lo tenía muy claro: “Sólo un vínculo más estrecho de todas las naciones puede dar lugar a una estructura supranacional capaz de dar alivio a las dificultades económicas, de suprimir las posibilidades de guerras en nuestro continente y vencer al sacroegoísmo nacionalista”. Una estructura supranacional como la Unión Europea que ha conseguido, a veces con menor acierto, disipar el horizonte de odio que se divisaba de nuevo sobre el viejo continente.

Y en estas estamos. Tratando de desaglutinar el odio que ciertos grupos sociales y partidos políticos parecen querer inyectarnos; luchando contra un lenguaje xenófobo y falto de escrúpulos, condenatorio con según que grupos y victimizador de otros. A veces, parece que no aprendemos de la Europa de nuestros antepasados, aquella que plantó cara sin titubeos, que lejos de conformarse y agachar la cabeza, levantó el mentón y gritó bien fuerte que la situación debía cambiar. “Los totalitarismos forman parte de un pasado oscuro europeo, pero lo que no ha acabado es la tentación de alabarlos, a uno u otro de estos grandes totalitarismos, y tomar ideas extraídas directamente de ellos, causantes de millones de muertos, de perseguidos y exiliados”, protesta Mercedes Monmany. Sin embargo, por mucho que haya demagogos declamando por las calles que nuestra situación actual es idéntica a la situación vivida en la Europa de las dos guerras, la verdad es que estamos en una fase primaria en la cual solo un grupúsculo de nostálgicos que “cuentan con armas nuevas y poderosas que antes no existían, como son la impunidad y anonimato de las redes sociales,” continúan echando más leña al fuego para caldear el ambiente”. Concluye Mercedes Monmany: “Las democracias no pueden permitirse dormir o languidecer. Todo se puede repetir en cualquier momento. Solo hay que pensar en las guerras de los Balcanes de finales del siglo pasado. Fueron unas guerras, en suelo europeo, perfectamente reales, que podíamos ver cada día, en directo, por televisión, sin necesidad de irnos a Oriente Medio”.