Doce horas por la ciudad sureña con el escritor Sergio del Molino.

 

Texto: Sergio del MOLINO   Fotos: Asís G. AYERBE

 

Melilla está lejos de todo. Anclada durante siglos a la Berbería, una región de nómadas, la ciudad conserva su carácter de cabeza de puente, su insularidad y su ultramarinismo. La mejor forma de llegar a ella es por aire, aterrizando en un pequeño aeródromo que casi se mete en Marruecos. Así llegué, acompañando y haciendo de guía a un grupo de periodistas para presentarles mi libro, Lugares fuera de sitio (Premio Espasa 2018), en el que Melilla es uno de los principales escenarios.

El mar es también una barrera en Melilla. Aunque hay algunas calas y rincones que invitan a bañarse como si nada malo pudiera suceder, hasta los muros de la ciudad vieja recuerdan que los melillenses se defienden también de las olas y las mareas, que podían traer también al enemigo y hoy traen -de vez en cuando- inmigrantes.

Los militares están en las cañadas, y en las cañadas (barrancos donde se han levantado barrios de aluvión, siempre pobres, casi siempre musulmanes) es donde persiste la violencia. No la soldadesca, sino la civil, la del navajeo y la delincuencia común, la que causa paranoia y metía miedo a Asís G. Ayerbe cuando los melillenses le preguntaban: “¿Estás seguro de que te vas a meter por esos barrios con esa cámara tan cara?”

El fuerte de Cabrerizas Altas, que hoy es la sede del Tercio Gran Capitán de la Legión, es uno de los lugares más importantes de la historia de la España contemporánea y uno de los más desconocidos. En esta fortaleza del siglo XIX, levantada para poner coto a los moros que resistían la ocupación española, hay un pequeño museo nostálgico de la Legión no apto para almas sensibles ni para lectores entusiastas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El brigada Villalobos, que nos enseñó el fuerte, se reveló como un showman notable. Me enseña una ametralladora de fabricación francesa requisada al enemigo en Alhucemas en 1926. Yo contengo la emoción porque sé que ese enemigo era el ejército de Abd el Krim, personaje que me fascina y por el que he ido al fuerte. Aun así, no se me escapa que el brigada Villalobos quiere darme una lección: toma, pelanas gordito -parece decir-, a ver si sabes sostener con marcialidad este arma. No pude, claro.

Rostrogordo es el único paraje sin urbanizar de la hiperurbanizada Melilla. Los civiles lo usan para pasear como si fuera la Casa de Campo, cruzándose con los militares que lo usan para sus maniobras y prácticas, como han hecho siempre. Desde los pinares, la verja se rebela mucho más herida del paisaje, y Marruecos, a la vuelta de cualquier loma, mucho más inalcanzable.

Lo llaman comercio atípico. Es el contrabando de toda la vida, la fuente de ingresos fundamental de la gente de la frontera (Melilla, Beni Enzar, Nador…). Todos trajinan mercancías delante de los ojos de policías, gendarmes y militares, que hacen la vista gordísima (obesa mórbida, en este caso) pues saben que esta actividad es la única posible en una zona que no produce nada ni recibe turistas. Al atardecer, una cola enorme se atasca en la verja esperando su turno para volver a casa, en un éxodo que se expresa como eterno retorno.

La verja impresiona de cerca. Seis metros, cientos de obstáculos con forma de metales retorcidos, cámaras, sensores, pinchos. Saltarla parece imposible. Siempre que la veo, me pregunto de qué diablos nos defiende, qué miedo tan atroz puede justificar esta fealdad de última tecnología.

No me gusta hablar de guetos, pero Melilla sí está compartimentada. Se ven pocos cristianos en los barrios musulmanes, y un poco viceversa. Me encanta perderme por las calles de la cashba melillense, las que rodean la mezquita central, donde algunos ciudadanos de bien nunca se dejarían caer o lo harían llevándose la mano a la cartera.

Todo es informal en los barrios musulmanes. La comida se vende en las aceras, cualquier sitio es bueno para hacer un trato. Algunos colegas periodistas esperaban algo más exótico, en el sentido de más turístico. Se quedaron con las ganas de comprar una baratija como las de los zocos marroquíes, pero esto, para bien y a veces para mal, no es Marruecos.

Terminamos el día con un paseo por Melilla la Vieja. Hasta 1860 fue la única Melilla: un baluarte sobre una roca asomada al mar. Hoy es un sitio encantador y muy restaurado que reconcilia con la belleza y desde el que se pueden admirar las vistas de toda la península de las Tres Forcas, la puntita rifeña en la que está enclavada la ciudad. Asís enloqueció un punto en estas calles e hizo algunas de sus mejores virguerías con la luz. Sonrío de puro agotamiento físico.