Colliure es un pueblecito encantador del sur de Francia, cerca de la frontera con España, con un mar azul y una portentosa luz al que Antonio Machado llegó enfermo, huyendo de la guerra, y de donde ya no pudo marchar.

Texto: Miguel BARRERO  Foto: Asís G. AYERBE

 

Se ha hablado y escrito mucho acerca de las circunstancias que condujeron a Antonio Machado y parte de su familia hasta Collioure, y también de las vicisitudes por las que pasó el poeta desde que se instaló en esa localidad costera del Rosellón hasta que exhaló su último suspiro en una habitación del hotel Bougnol-Quintana, cuya propietaria acogía con simpatía a cuantos republicanos llegaban allí huyendo de una guerra que muy pronto concluiría del peor modo posible. Sin embargo, no siempre se menciona con el debido detenimiento a las personas que trabajaron durante años para evitar que los restos mortales del poeta y la memoria de su obra y de su ejemplo acabasen siendo pasto del olvido. Me refiero a los miembros y los cómplices de esa España que había tenido que abandonar su territorio natural y buscaba anclajes en las proximidades de las ariscas playas en las que terminarían padeciendo las penalidades del destierro. Una de esas personas fue Félix Mercader, que era alcalde de Perpignan cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial y que aquel mismo año de 1945 encabezó la fundación de lo que se conoció como Comité Antonio Machado. De ese colectivo formaban parte Jacques Baills, Paul Combau, Henri Frère y Manolo Valiente, un exiliado que contó su peripecia en un pequeño libro al que, muy significativamente, puso el título Un «vilain rouge» dans le Sud de la France. La primera iniciativa del Comité consistió en la organización de un doble homenaje, el primero que se dedicó al autor de Campos de Castilla tras su fallecimiento. Se celebró el 24 de febrero de 1945 en el Teatro Municipal de Perpignan y se leyeron en él textos de Machado, pero también de Corpus Barga, Tristán Tzara y Jean Cassou. El decorado corrió a cargo de Balbino Giner, un pintor del que apenas queda memoria hoy en España pero cuya huella sigue muy presente en Collioure: algunas de sus obras están colgadas en las paredes del bar Les Templiers y su cuerpo reposa en el cementerio del pueblo, a unos pocos pasos del sepulcro machadiano. Al día siguiente, 25 de febrero, los fastos continuaron en el hotel Bougnol-Quintana. En el mismo balcón del cuarto en el que falleciera el poeta seis años atrás, con vistas al cauce que sigue el Douy hasta desembocar en la inmensidad mediterránea, el prefecto de los Pirineos Orientales, Jean Cassou, pronunció un discurso dedicado «a la memoria de Antonio Machado y de la España inmortal».

El Comité, rebautizado más tarde con el mucho menos solemne nombre de Amigos de Antonio Machado, fue teniendo cada vez una vida más discreta hasta que en 1977, y por iniciativa del citado Manolo Valiente, la profesora Monique Alonso y Antonio Gardó, maestro republicano que se exilió en París y fundó allí el Ateneo Iberoamericano, se disolvió para permitir que de sus rescoldos emergiera la Fondation Antonio Machado, que desde entonces se ha venido ocupando de mantener vivo el recuerdo del poeta, como encarnación por antonomasia del exilio español, allí donde exhaló su último suspiro. Fue Valiente quien tuvo la idea, cuando se iniciaba la década de 1980, de instalar junto a su tumba un buzón. No se trató de una ocurrencia improvisada: por el cementerio de Collioure se acercaban cada año cientos de personas que dejaban sobre la tumba de Machado breves manuscritos que por lo general terminaban extraviándose. La iniciativa permitiría que aquellos mensajes se depositaran en un lugar donde pudieran sobrevivir al tiempo, dejando así memoria de quienes cruzaban la frontera para recordar a uno de los intelectuales que con más tenacidad se entregaron a la idea de una España que no había podido ser. El propio Valiente inauguró esa “boîte aux lettres” con una pequeña misiva que, igual que todas las que fueron llega do desde entonces, se han ido clasificando en los archivos de la fundación que él auspició.

Decía: «Yo soy el responsable, Don Antonio, de que el Ayuntamiento de Collioure haya puesto un buzón en la tumba donde reposáis tu querida madre y tú. Perdóname, aunque debo decirte que es lo único que se me ha ocurrido hacer ante la perspectiva de que se pierdan tantos mensajes de amor y respeto hacia ti. Creo que de esta manera todas esas muestras de cariño extraordinario e intenso de tu pueblo podrán conocerse algún día. En ninguno de esos mensajes te piden que hagas milagros, tan solo hay en ellos promesas de construir la España que soñabas, justa, tolerante, capaz, generosa, regional y nacional, internacional y universal […]. Las cartas y los poemas de la gente te demuestran que tu pueblo está contigo […]. Que no has muerto, como repiten los cientos de mensajes que guardamos […] Que tu modestia de hombre bueno sepa perdonarme mi atrevimiento».

Cuando visité por primera vez los archivos de la Fondation Antonio Machado, esta tenía su sede en un bajo municipal de la recoleta plaza de la República. Su presidenta, Joëlle Santa-Garcia, me fue guiando junto a Marie Garcia, que ocupaba entonces el cargo de secretaria, por las estanterías en las que se archivaban miles de testimonios que demostraban cómo la afirmación de Manolo Valiente no se había acabado de cumplir del todo. Para algunos de los firmantes de los textos, Machado era una especie de santo laico cuya intercesión podía favorecer las ambiciones más pintorescas. Había quien solicitaba su ayuda para «encontrar el amor verdadero» y quien le rogaba que, allá en el otro mundo, trasladara sus respetos «a Federico, Pablo y Miguel», en referencia a Lorca, Neruda y Hernández. También aparecían de cuando en cuando, en el buzón o sobre la misma tumba, dibujos de toda índole, elaboradísimas filigranas en madera o trabajos escolares. «Uno de nuestros primeros objetivos —me contaba Joëlle— es que la propia gente de Collioure conozca bien la historia de Machado, porque, hasta no hace mucho tiempo, esa era la gran asignatura pendiente de este pueblo». Recuerdo ahora sus palabras y me vienen a la mente otras que mucho tiempo atrás había puesto en boca de algún vecino del pueblo el editor Carlos Barral, que escribió una crónica del viaje a Collioure que dio carta de naturaleza a lo que los manuales de literatura denominan como Generación del 50: «Salió tan poco, que en Collioure es probable que nadie sino la señora Quintana recuerde con exactitud su aspecto».

«A veces vienen autobuses cargados de gente desde el otro lado de la frontera —me ilustraba Marie—, decenas de personas que llegan, se bajan, sacan fotos y se van; antes a los de aquí eso les intrigaba mucho, pero ahora, poco a poco, han ido dándose cuenta de lo que ocurre». Ese «lo que ocurre» se refiere al foco sustancial de la cuestión machadiana, el mismo al que ellas no pudieron acompañarme, aquella mañana en que tuvieron la gentileza de guiarme por los recovecos de su fundación, porque les aguardaban tareas pendientes en sus domicilios de Perpignan, pero al que me conminaron a dirigirme de inmediato: «Vete al cementerio —me dijeron—, y comprobarás que la tumba de Machado es una tumba viva».

No les faltaba razón. Cuando llegamos allí, sobre la lápida que custodia los cuerpos de Antonio y de su madre, fallecida dos días después de que lo hiciera su vástago, reposaban los indicios de que, en efecto, aquel era un lugar concurrido: alineaciones de piedras, flores, un tupper que, probablemente, contenía tierra de España. Alguien había colgado del cabecero una bandera republicana. En el largo rato que permanecimos allí, vimos pasar a dos personas solitarias —hombre y mujer—, un matrimonio que parecía provenir de lo más profundo de Castilla y dos grupos —madre, hijo y abuelo; dos parejas jóvenes. Involuntariamente, todos ellos repitieron el mismo ritual: se quedaron unos minutos observando la lápida, dieron un breve paseo por sus alrededores, conversaron entre ellos en voz baja y luego abandonaron el lugar en silencio. Lo mismo que hice yo después de observarlos a ellos. Lo mismo que, estoy seguro, hacen todos los que se acercan día tras día al camposanto de Collioure («Aquí paz y después gloria», escribió en un poema memorable Ángel González) para dedicar un reconocimiento silencioso al responsable de unos cuantos versos inscritos a fuego en la memoria, literal y sentimental, de varias generaciones de españoles.

No le dejé ninguna carta a Machado aquel día. Tampoco lo hice en mis posteriores visitas a Collioure, que han sido muchas: volví en 2015 para recoger el premio que me concedió la propia Fondation Machado, regresé unos meses después para presentar allí el libro que me habían premiado y he ido volviendo desde entonces, cada mes de febrero, para sumarme a los homenajes machadianos, ahora como miembro del jurado del galardón que lleva su nombre. Pese a que muchas veces he observado el buzón y fantaseado con la idea de sumar yo mis palabras a las de todos los que convirtieron al poeta fallecido en confesor y cómplice de sus desvelos, jamás di el paso de rellenar unas cuartillas y depositarlas allí donde transcurre su serena eternidad. ¿Tiene sentido escribirle a un muerto, por mucho que nos haya acompañado aquello que hizo cuando aún vivía? ¿No se trata, más bien, de escribirnos a nosotros mismos aprovechando la coartada que nos proporciona el deseo de una interlocución imposible? La respuesta a esas preguntas quizá solo pueda hallarse incurriendo en aquello que cuestionan.