Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

París, julio 1858

El juez del tribunal civil de la Seine mira enfrente suyo los escaños en que se sientan acusado y acusador. Era tal el revuelo de gacetilleros, curiosos y partidarios de uno u otro, que ha hecho desalojar la sala. A un lado tiene al acusador: Auguste Maquet, hombre atildado y de semblante severo, profesor de historia de 45 años y escritor.  Al otro lado está el acusado: piel cobriza –su padre, el general Dumas, era mulato-, 56 años, barriga prominente, pelo desordenadamente rizado y gesto socarrón; uno de los grandes escritores de su tiempo: Alexandre Dumas.

No le ha resultado fácil al juez tomar una decisión. Maquet ha acusado a Dumas de haber estado colaborando con él en la sombra durante más de diez años en la escritura de sus obras más célebres y, de hecho, ser autor de la parte fundamental de ellas, por lo que debe ser reconocido como coautor de las mismas. El propio Dumas ha comentado numerosas veces, e incluso lo ha dejado por escrito públicamente, que trabaja con un equipo de colaboradores, que en esos años ha sido de más de 60 personas. Maquet  ha sido el más constante y crucial de todos ellos y ha reclamado su autoría a cara de perro en el tribunal.

Ha quedado probado en las sesiones del juicio que Auguste Maquet había dejado su trabajo como profesor de historia para dedicarse por entero a la literatura, pero no acababa de lograr el éxito deseado. Y fue veinte años atrás cuando un amigo le sugirió que recurriese al maestro Dumas para que diese un retoque a la que iba a ser su próxima obra, Bathilde.  Dumas lo hizo y la obra gozó de un notable éxito.  Eso hizo que se percataran de que formaban un buen tándem: Maquet era un experto en historia, muy minucioso en la corrección y hábil para esbozar tramas. Dumas era un genio con los diálogos y la capacidad de insuflar potencia emocional a la narración.

Maquet tenía el esbozo de una novela de espadachines que se acabó titulando El caballero de Hamertal. La rehicieron entre los dos y Dumas estaba de acuerdo en que saliera publicada con el nombre de ambos. Pero al editor, Émile de Girardin, el rey del folletín de la época, le pareció que era más comercial que fuera sólo la firma de Dumas. Maquet aceptó a cambio de 8.000 francos, que en 1842 era un buen pellizco.

Al paso de los años se sucedieron las novelas y los éxitos: Los tres mosqueteros (y su continuación Veinte años después), El Conde de Montecristo, El tulipán negro, La Reina Margot

Maquet ha aportado al juez cientos de cartas donde Dumas y él se cruzaban comentarios sobre las novelas y correcciones. Y también ha aportado manuscritos en que se podía ver de puño y letra suyo la primera versión de novelas como Los tres mosqueteros para demostrar que en la edición final firmada por Dumas había páginas enteras escritas por él, tal cual. Y así era.

El juez ha pasado muchas noches en vela leyendo y cotejando  la versión de Maquet y la final publicada a nombre de Dumas. Según ha quedado fundamentado en el juicio, y el propio Dumas así lo ha corroborado, su proceso de trabajo habitual era que Maquet hacía el primer borrador y Dumas añadía o modificaba. Y Maquet acababa señalando erratas o sugiriendo correcciones.

El juez ha comprobado que a veces las líneas de Maquet iban tal cuál a la versión final y así lo va a hacer constar en la sentencia que va a leer a continuación. La aportación de Maquet a las obras de Dumas está probada.  Se dispone a leer la sentencia y ve cómo Maquet y Dumas se remueven inquietos en sus asientos.

La sentencia ha de contener la jerga legal y ha de nombrar los artículos pertinentes del código penal, pero al final todo va a resumirse en que va a absolver a Dumas. Va a reconocer que Maquet intervino de manera importante en esas obras y así ha de constar, pero el propio Maquet renunció a la autoría y en esos años le han sido devengados  145.200 francos –suma muy elevada- por su trabajo, por lo que descarta, como exigía, el reconocimiento de haber sido explotado. El juez va a introducir en la sentencia una valoración literaria porque así lo exige el caso: aunque la aportación de Maquet es palpable, la manera en que el señor Alexandre Dumas adapta esos borradores es lo que ha convertido a esas páginas meramente correctas en grandes obras literarias.

La sentencia causa un enorme revuelo y corre por París como la pólvora. Maquet abandona la sala ofuscado, mientras Dumas se encoge de hombros. Tampoco está feliz con todo eso, intuye que ese divorcio no va a ser bueno para ninguno de los dos. Y no se va a equivocar. El afrentado Maquet, que se sentía estafado al haber sido apartado de la gloria literaria en aras a sus méritos, publicó a partir de entonces en solitario para demostrar su talento y el resultado fue que no tuvo ningún éxito. Dumas siguió siendo un autor reconocido, pero tampoco logró volver a escribir una de esas novelas extraordinarias.

Su relación fue un cúmulo de paradojas. Maquet denunció a Dumas por usarlo como negro, pero en el inicio de su relación fue Maquet el que usó a Dumas de negro en su novela Bathilde. Aunque Maquet explicaba por todo París que había sido un esclavo exprimido por Dumas, era un hombre rico en aquella época, de hecho se compró un castillo, mientras que Dumas anduvo con graves problemas económicos hasta el final de su vida. También es cierto que Maquet era un hombre prudente en el manejo del dinero y de vida ordenada, mientras que Alexandre Dumas era un vividor, excesivo, mujeriego y derrochador, un atolondrado para los negocios que se metió en inversiones ruinosas que hicieron que en su vejez estuviera siempre esquivando acreedores. Eso sí, la gloria literaria fue suya.

Dumas, el gran reciclador

En 1840, Maquet encontró en una librería un tomo que contenía el relato El diamante y la venganza. Había ahí una historia sórdida y potente de cómo una persona inocente es injustamente acusada y su venganza resulta demoledora. A Dumas le pareció demasiado sangrienta, pero vio allí el germen de una gran historia: la víctima que se venga, la ira de los justos… Dumas fue el primer autor con verdadero sentido del best-seller. En 1841 Maquet y él se pusieron manos a la obra. A Dumas le vino a la cabeza una historia que le habían contado sobre un tesoro enterrado por unas monjas en la Isla de Montecristo y tomó ese elemento para dotar al vengador de una fortuna que haría su venganza espectacular. En 1844 se empezó a publicar por entregas El Conde de Montecristo. Un novelón.