“El principito”, una obra luminosa que nació de la arena.

 

Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

Libia, 30 de diciembre de 1935

El piloto Saint-Exupéry y su mecánico vuelan después de la puesta de sol sobre el mapa de Libia sin más referencia que la brújula. La noche les pone un obstáculo más: un denso pantano de nubes dormidas. Son tiempos en que no existe el GPS, ni siquiera se ha inventado el radar, no llevan ni radio en su Simoun. Descienden por debajo de los 400 metros para escapar a la trampa de algodón pegajoso y avanzan a ciegas demasiado cerca del suelo. Hasta que llega el impacto. No chocan frontalmente, pero sienten que el avión se arrastra de manera brusca contra la tierra a 270 kilómetros por hora y va perdiendo piezas estrepitosamente en su frenada aparatosa hasta que se detiene. Salen del aparato magullados pero ilesos tras haber topado contra la superficie de una meseta.
El amanecer les da una idea más aproximada de su situación desesperada: el avión es una chatarrería; están en medio del desierto, probablemente entre Egipto y Libia, una cuadrícula de 3.000 kilómetros cuadrados, con un termo con medio litro de café, cuarto litro de vino blanco y una naranja. Pueden tardar días en encontrarlos, o semanas, o nunca. Investigan los alrededores: arena y piedras. Y calor, mucho calor.
Deciden ponerse en marcha. Sin rumbo, sin agua. Antes de partir dejan escrito con grasa en el fuselaje la dirección a la que se encaminan. Cada uno elige un costado del avión para dejar un mensaje de despedida para sus esposas.
Y caminan. Por el desierto se anda despacio. Los pies se hunden tanto como la moral. Tras una duna hay otra, y luego otra y luego cien mil más. La lengua se empieza a hinchar y parece que no vaya a caber en la boca. Los labios se sellan. Los ritos de la muerte empiezan a desplegarse en vida. En París, los diarios de la tarde dan la noticia de la desaparición del piloto-escritor Saint-Exupéry y su mecánico.
Después de horas de caminar sin beber, el anochecer les da una leve tregua. Prévot dice que ve un lago a un par de kilómetros.
-No hay lago –le dice Saint-Exupéry.
Prévot se enfada. ¿Cómo no va a verlo? Discuten, pero tampoco mucho. No tienen ya apenas fuerzas. Tonio se encoge de hombros y le da la linterna. Prévot se va en busca de su lago imposible. Más de una hora después es ya casi noche cerrada y ve regresar tres haces de luz. ¡Prévot vuelve con ayuda! Agita los brazos aunque es ya muy de noche: “¡Aquí, aquí!”. Su voz es muy ronca pero eufórica por el rescate. Llega el mecánico exhausto y solitario. ¿Y las demás luces?, le pregunta ansioso. No hay más linternas: las ha imaginado igual que él ha imaginado un lago que sólo existió en su cabeza.
Vuelven en silencio hasta las telas de paracaídas con las que improvisan unos sacos y tratan de descansar. Prévot llora sin poder llorar, el lagrimal se le ha secado.
Con tres gotas y el primer destello del sol se ponen en marcha. El calor va aumentando a una velocidad insoportable. Por la mañana ya no hacen caso cuando ven en la lejanía manadas de caballos, ciudades con murallas almenadas, caravanas de docenas de camellos. Saint-Ex cree ver caminar sobre las dunas un niño con capa de príncipe y cabellos dorados que camina sobre la arena como si paseara sobre un prado de hierba.
¿Dónde están los hombres? Se pregunta una y otra vez. No hay respuesta. Nadan en una piscina de aire caliente. Caminan como autómatas.
Otro espejismo: un beduino montado en un camello sobre un promontorio. Avanza sin detenerse. Quieren gritar pero de sus bocas, que apenas pueden abrir de lo apelmazadas que están, no sale sonido alguno. El beduino, sin embargo, se gira un momento. Y tira de la brida del camello. No saben en qué momento se dan cuenta que no es un espejismo, que es un hombre de verdad. Al relajar la tensión de seguir adelante para salvar la vida, las piernas se les doblan y caen al suelo. Si les diera a beber una cantidad grande de líquido sus mucosas se reventarían y podrían causarles la muerte. El beduino actúa con ellos con la suavidad de una geisha. Con una pluma de ave les vierte unas gotas de caldo de legumbres para humedecerles la lengua. El paraíso sabe a lentejas.
Años después, Antoine de Saint-Exupéry escribirá la historia de un aviador que cae en el desierto y, en medio de la nada, ve llegar a un muchacho de largos cabellos rubios que le pide que le dibuje un cordero. A ese hombrecito nacido de un espejismo lo bautizará como “El Principito”.
En 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, se subió a un avión de su grupo de reconocimiento aéreo aliado instalado en Italia para fotografiar posiciones alemanas. Nunca regresó. Sus textos son la herencia de un escritor que nunca quiso bajar de las nubes.

¡¡¡¡La importancia de volar!!!!
Saint-Exupéry fue un piloto despistado. Tropezaba en el aire. Más de una vez se pasó de largo en la pista o no hizo cierta comprobación que acabó en un aterrizaje forzoso. Cuando se subía a bordo de aquellos aviones de papel del primer tercio del siglo XX para atravesar los Pirineos, el Sahara o la Patagonia lo que le preocupaba no era el calentamiento del único motor o que le cegara un bombardeo de granizo en aquellas carlingas descubiertas sino captar la importancia de una luz que brillaba en la noche porque mostraba que allí vivían los hombres, darse cuenta de nuestra extrema fragilidad en medio de la intemperie. Pensaba entonces en la importancia de esa luz que mostraba que las personas estaban despiertas cuando tantas veces la humanidad permanecía adormilada. Cuando volaba, también volaban sus pensamientos y las historias que acabarían aterrizando en sus libros. A los 40 años tenía cicatrices por todo el cuerpo de los diversos accidentes y un brazo que no podía levantar por encima del hombro. Había estallado la II Guerra Mundial y al ser movilizado, el alto mando francés pensó que el lugar de un escritor célebre era el servicio de propaganda. Pero él se rebeló, removió cielo y tierra hasta que lo destinaron a una unidad en el frente para luchar contra la epidemia nazi que devastaba Europa. Le decían que era mayor y que resultaba más útil en la retaguardia, en el servicio de propaganda y aliento al alistamiento, pero se negó: “cómo voy a decir a la gente que vaya a combatir si yo no lo hago”. Le decían: “¡Pero usted sabe dirigirse a la gente! ¡Es escritor!”. Y él los miraba con esos ojos suyos redondos como globos terráqueos y les respondía: “Primero hay que vivir. Escribir es una consecuencia”. En 1944 despegó de la base de las tropas aliadas en Córcega para una misión de reconocimiento fotográfico sobre las líneas alemanas y nunca regresó.