Texto: Alejandro PALOMAS Foto: Asís G. AYERBE

 

La sensibilidad de Alejandro Palomas y su alma de poeta está muy presente en toda su obra. En  su trilogía Una madre, Un perro y Un amor creó un universo literario, pero a la vez muy íntimo, en el que su amor a la familia y a los animales era un eje central. En la novela que publicó, tras ganar el Premio Nadal en 2018, Un país con tu nombre, Palomas inicia un nuevo universo en el que sigue muy vivo su espíritu animalista  y donde lleva a sus personajes a perseguir sus sueños, mostrando la necesidad que tenemos los humanos de ellos.

Desde hace unos  meses, Alejandro Palomas está también en el foco público por denunciar los abusos sexuales que sufrió durante su infancia por parte de un sacerdote e iniciar una campaña, con reunión incluida con el presidente del gobierno, para que se castiguen este tipo de delitos. Próximamente publicará su libro autobiográfico Esto no se dice (Destino).

 

Amor: Es una de esas palabras que se han utilizado tan mal a lo largo de nuestra historia (la de la humanidad) que no sabría ya darle un sentido, al menos no desde lo humano. Amor es ver una manada de elefantes esperar a que la anciana del grupo recupere fuerzas para continuar el viaje, a pesar de que eso pueda a veces conllevar un retraso vital a la manada.

Bosque: Es lo que entiendo por “Familia”: una estructura que crece al amparo y protección de los mayores. Estoy construyendo uno en un trigal que está pegado a mi casa. Encinas, robles, cerezos silvestres, madroños, romero… si cada uno/a de nosotros/as convirtiera un campo en bosque, por pequeño que fuera, dejaría al morir un planeta un poco mejor de lo que era cuando llegó a vivir en él.

Cuento: Contar es hacer magia, porque mientras contamos combatimos el descuento y la desmemoria. Yo le cuento a mi madre lo que hago, aunque haga seis meses que murió, y se lo cuento en voz alta, repasando mi día con ella, no para no olvidarme de ella, sino para no olvidarme de quién soy.

Dios: Es la cultura. En su día no nos atrevimos a llamar Cultura a lo que nos da la luz y alguien decidió que había que darle un nombre abstracto y críptico para que nada lo manchara. Si lo que Dios quiere es nuestra felicidad, es evidente: nada hace más feliz a quien lo desea que tener las herramientas para reconocer la felicidad cuando la toca.

Emoción: Lo único capaz de impulsar una revolución. Nada tiene el poder de cambiar el mundo como el plexo.

Familia: Elegida o de sangre, es el microcosmos en el que desarrollamos nuestros recursos de supervivencia emocional. Es el mapa de nuestras luces y nuestras sombras. Y es también el patio de nuestra primera orfandad.

Gato: Edith, la protagonista de Un país con tu nombre tiene once. En mi jardín hay una pequeña colonia de ellos que gestiono con mi hermana. Son almas en guardia, muy huérfanas. Están, aunque no las veamos. Ven lo invisible y habitan el silencio.

Humor: Ah, la risa. No hay mejor manera de entender el mundo que desde la risa auto gestionada, ni nada más difícil en lo creativo que conseguir conectar con el otro desde el humor. Cuando lo logras, has llegado para quedarte.

Infancia: Fui un niño infeliz. Demasiado abuso, demasiada exigencia, demasiado silencio. Recuerdo mis ojos: grandes, mirándolo todo, “¿Cuánto se tarda en ser mayor, mamá?”.

Juventud: Se me pasó sin conocerla bien. Estaba demasiado ocupado en coser los retales que había dejado en mí la infancia, intentando flotar y llegar a una madurez que, a los ojos de aquel Alejandro, se dibujaba como una posible fuente de alivio.

Kafkiano: Un adjetivo que no utilizo nunca. No sé exactamente la medida exacta de su intensidad y eso me crea inseguridad. No es matemático, no es sólido. Hay algo de cajón de sastre en él y no creo que a Kafka le hiciera demasiada gracia oírnos usarlo así.

Libertad: La frase que más he repetido tumbado en el diván de mi analista es: “No me iré de aquí -del diván y de la vida- sin haberme sentido libre del todo, aunque sean solo diez segundos. Y cuando dijo “Libre” hablo de volar, de no pesar, de no oírme explicándome quién soy.”

Madre: El lugar al que, tarde o temprano, debo y quiero volver. Espero que me espere.

Novela: No suelo hablar ya de “novela”, porque ha terminado siendo una palabra que se utiliza para definir un formato, un continente. Yo construyo planetas: pequeños, a veces breves, otras no tanto, pero necesito pensarme así: no escribiendo sobre el papel en blanco, sino inventando sobre el silencio.

Ñoño: Una palabra con mala rima.

Orfandad: Mi estado civil. He perdido a mi padre y a mi madre durante la pandemia con ocho días de diferencia. De cáncer. Sé bien de lo que hablo.

País: Un país es la suma de los nombres de quienes lo habitaron, de sus ausencias y de sus presencias. Un país es una larga lista de nombres que componen una música única. Hay que querer oírla.

Quijotesco: Me ocurre como con “Kafkiano”. No lo utilizo nunca.

Rebeldía: Tan sana siempre…

Sueño: Es lo que alimenta mi escritura. Cuando escribo y dudo, duermo. Los sueños ordenan lo que mi exigencia consciente no entiende y allanan el camino. El inconsciente habla, habla mucho, pero dice demasiadas verdades que casi nunca nos gusta oír. Soñar es como la libertad: conlleva demasiada responsabilidad. Incomoda.

Temor: Durante gran parte de mi vida he vivido con tanto temor a no gustar, a que no me acepten y a que no me quieran, que podría dar una cátedra sobre los efectos devastadores del miedo. Lo peor del temor es que no se ve ni se toca. Es pero no está. Estás tú, habitado por su sombra. Temer es perderte. Y es tan fácil…

Universal: Acabo de terminar un álbum ilustrado en el que uno de los dos niños protagonistas contempla todas las noches el universo con su telescopio. Donde los adultos ven oscuridad salpicada de luces, él ve una gran luz oculta tras una inmensa manta negra. Universal es la conciencia del bien común. Solo hay que unir las conciencias para retirar la manta que nos separa de él.

Vida: Es eso que no lleva a ninguna parte porque de ninguna parte viene. Es lo que está cuando estamos y desaparece cuando queda la ausencia. Vida hay mientras vivimos. La vida no es, se hace.

WhatsApp: El bien y el mal en un solo clic. La cultura de la inmediatez, la ansiedad, pantallas, lecturas en diagonal, emojis… hace diez años era pura distopía. Hoy es impensable la vida sin él. En mi caso, una herramienta de trabajo fundamental. También mi pesadilla.

Xenofobia: Como todas las fobias, tiene remedio. Requiere trabajo, requiere educación y tiempo, pero si la voluntad existe, tiene cura. Disponemos de todas las herramientas necesarias para erradicarla, solo nos falta la voluntad.

Yo: Ah, el Yo, el Mí y el Conmigo. Tantas capas aprendidas, sufridas, reconvertidas e impuestas desde tan pronto sobre ese Yo primigenio que el milagro es no haber sucumbido y mantener la columna entera bajo todo ese peso. Yo solo sé que siento, sé que mi Yo siente porque lo siento sentir.

Zoo: Es la República Dependiente de la Tristeza y, más allá de eso, la cara más pobre y cruel de la condición humana. Privar de la libertad al otro por “ser” (animal no humano, otra raza, otra condición sexual, otra forma de pensar) es no solo una muestra evidente de ignorancia sino una aberración. Deberían haber dejado de existir hace mucho, mucho tiempo.