Algunos de los rincones preferidos de la ciudad condal de Carlos Zanón.

La Barceloneta

 

Texto: Carlos ZANÓN Ilustraciones: Lara COSTAFREDA

 

Este cuaderno de viajes publicado por Tintablanca y titulado Barcelona, tanto por su formato de tapas de tela y las ilustraciones manuales de Lara Costafreda, como por el texto susurrado de Carlos Zanón, tiene el ingrediente fundamental de la literatura: el encanto. Zanón despliega un mapa que nada tiene que ver con los folletos turísticos porque es el de la ciudad de sus recuerdos, de sus percepciones, de su vértigo. Barcelona es en estas páginas una materia hecha de calles, literatura, mercados, barrio, primeros amores, azulejos rotos y orgullo escéptico de apache mediterráneo.

 

Montjuic

Montjuic es una montaña agujereada por cuevas que han sido habitadas desde las primeras pistas humanas: eremitas, anacoretas, milagros, apariciones, místicos y religiosos. Ladrones, bandoleros, pistoleros, fugitivos, armas y tesoros.

La sombra de Pepe Carvalho

Paisaje sentimental. Eso está también en las páginas de Carvalho, una mirada sobre el paisaje de una ciudad que anda desvaneciéndose, llena de fantasmas, recuerdos y nuevas caras que recuerdan a conocidos. Enfilo Sant Antoni Abat sabiendo a dónde voy, sin que tenga mucho sentido hacerlo. Comercios de todo y para todo, gente, gente, gente, cien idiomas, cien maneras de ver Barcelona.

La Barceloneta

Los chiringuitos de la Barceloneta ya no existen. Existen establecimientos, la mayoría franquiciados, que te permiten comer o cenar al lado de la arena de la playa. Llámelo usté chiringuitos. Llámelos usté como quiera.

El Turó de la Rovira

Los búnkeres situados en el Turó de la Rovira, en el barrio del Carmel, lugar hasta hace unos años secreto para forasteros y muchos de los barceloneses. Era este un lugar ideal para estar tranquilo, arrullarse, drogarse, amarse, desballestar una moto robada o dar un paseo pisando montaña y suelo de azulejo de las barracas que suplieron con vivienda el uso militar de este asentamiento.

El barrio Gótico

El Barri Gòtic y David Lynch me llegan juntos porque de adolescente, de noche, muchas veces intoxicado, solo o acompañado, enamorado, alegre, idiota o desesperado, siempre trataba de perderme en las callejuelas alrededor de la Catedral. Y aquello tenía siempre algo de onírico, de mundo extraño, de agujero entre las raíces del árbol de Alicia, de crímenes nocturnos que solo podían ser juzgados en esas calles y a esas horas.