“La Divina Comedia”, que retrata un infierno repleto de políticos, es en realidad una prueba de amor.

Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

Florencia, 1290

 

El último de los asistentes al funeral de la joven Beatrice Portinari sale por la puerta de la iglesia de Santa Margherita y dobla la esquina en dirección al río. El joven Dante Alighieri acecha ansioso desde el otro lado de la calle, discretamente embozado en una capa. Ha debido seguir al cortejo fúnebre de lejos y ni siquiera ha tenido el tenue consuelo de poder compartir su dolor con nadie. Su amada Bice ha fallecido a los 23 años a causa de la terrible peste bubónica que asuela Europa.

Cuando entra en el interior oscuro de la iglesia, los dos sepultureros están recogiendo sus gavetas de madera y sus herramientas. Se acerca a la lápida que cubre la tumba de la familia Portinari y puede por fin dar rienda suelta a su tristeza. Fue allí mismo donde empezó todo. Su familia, de clase acomodada, vivía cerca de su propia casa. La primera vez que sus ojos se posaron en los de Beatrice fue un domingo en misa en esa misma iglesia cuando ella tenía nueve años. La recuerda ya entonces, bella y recatada, absolutamente angelical. Recuerda cómo pasó muchos años sin volver a fijarse en la muchacha, hasta que otros nueve años más tarde se cruzó con ella en el Puente de Santa Trinidad, acompañada de su dama de compañía. Su belleza penetró en el corazón exaltado del joven poeta y se clavó como un arpón que ya jamás podría arrancarse.

Dante, partidario del entonces llamado Dolce Stil Nuovo en que la poesía amorosa se empapa del concepto del amor cortés con un sentido exacerbadamente platónico, convierte a Beatrice en el centro de su pasión y sus versos. Él jamás osa expresar sus sentimientos a su enamorada, se conforma con coincidir con ella en los oficios religiosos y observarla discretamente o cruzarse con ella en la calle e intercambiar un saludo, que para ella es una mera cortesía con un vecino y para él es alimento para su hoguera interior.

 

al corazón dan dulzor sus ojos,

que no puede entender quien no lo prueba

 

Ni siquiera esa hoguera se enfrió cuando ella se casó con el riquísimo banquero Simon de Bardi. Eso no fue impedimento para su amor desinteresado e idealizado, que podía seguir alimentando en la distancia y haciendo crecer con sus versos. De hecho, frente a la tumba de Beatrice, recuerda su amargura de los últimos meses cuando alguien fue a contar a Beatrice que un poeta llamado Alighieri le escribía poemas nada indicados para una honorable dama casada. Desde entonces, cuando se cruzaban por las calles alrededor de Santa Margherita, ella le giraba la cara. Aunque esa tortura no hizo más que aumentar su pasión por ella.

Tras varias horas de contemplación en silencio frente a su tumba, sale de la iglesia cuando ya ha anochecido y Florencia es una ciudad de sombras. Por fin, decide caminar a hasta cruzar al otro lado del Arno y visitar la casa de la única persona con la que puede compartir abiertamente sus penas y entender su desazón, su querido amigo, el poeta Guido Cavalcanti, unos años mayor que él y con más experiencia en las cosas del mundo.

Frente a una jarra de aguardiente de moras, Dante se siente más reconfortado.

-Maestro Guido, ¿y ahora qué puedo hacer?

-Escribe, Dante. Escribe.

Sin embargo, se siente desfondado. Retorna a su barrio y esa noche tarda mucho en conciliar el sueño. Pero al dormirse, tiene un sueño muy agitado:

“unos rostros de mujeres desmelenados que me decían: ‘También tú morirás’. Y después de esas mujeres apareciéronme unos rostros de horrible aspecto, los cuales me decían: ‘Tú estás muerto’… Me parecía ver que había unas mujeres que iban desmelenadas por una calle maravillosamente triste, y parecíame que el sol se oscurecía y que las estrellas mostraban un color que me hacían creer que lloraban; y parecíame que los pájaros que volaban por el aire caían muertos y que nos espantaban grandísimos terremotos. Muy maravillado de semejante fantasía y con mucho espanto se me ocurrió que un amigo veníame a decir: ‘Qué ¿no lo sabes? Tu admirable dama ya ha salido de este mundo…’ Yo imaginaba que miraba el cielo, y me parecía ver multitud de ángeles, los cuales volvían hacia arriba y tenían ante ellos una nubecilla blanquísima… Entonces me parecía que el corazón donde había tanto amor me dijese: ‘Es verdad que muerta yace tu señora’.”

Se despierta sudoroso presa de una gran excitación y se da cuenta de que lo que ha de hacer para que el olvido no le arrebate a su Beatrice es exactamente eso: escribir. Pero no una obra cualquiera. Finaliza los sonetos La Vita Nuova, pero en su cabeza empieza a trazar los cimientos de una gran commedia, una obra que eleve a Beatrice al mismísimo cielo y la convierta en una luz que ilumina un mundo de oscuridades y pecados. Tardará décadas en empezar y finalizar ese libro, que él titulará como Commedia, pero que Bocaccio rebautizará para la historia como La divina Comedia.

Una comedia divina

Dante tuvo una vida agitada tras la muerte de Beatrice. Buscó el desahogo en múltiples amantes, pero jamás volvió a encontrar el amor. Se casó con Gemma Donati sin estar especialmente interesado en ella porque su padre la escogió como esposa para él, y con ella tuvo tres hijos, pero nunca olvidó a Beatrice. En su cabeza seguía bullendo el proyecto de la gran obra en homenaje a su gran amor. Los problemas políticos, que hicieron que fuera desterrado de su querida Florencia, demoraron la escritura y La Divina Comedia se fue confeccionando minuciosamente a lo largo de casi 20 años, hasta el filo de su fallecimiento en 1321. Su lectura sigue siendo deslumbrante. Lo veremos bajar al infierno de la mano del poeta Virgilio y regresar al purgatorio tras un viaje alucinante a través de un pozo de torturas a los pecadores que hace parecer Guantánamo una ludoteca. Finalmente, estando en el purgatorio, bajará a darle la mano para conducirlo a visitar el cielo la angelical Beatrice, que desciende en medio de una nube de flores. Dante Alighieri, pese a todos los reveses que le trajo el destino, no dejó de amar a Bice hasta la muerte.