Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

Francfort, verano de 1771

El joven Johann Wolfgang ha llegado cabalgando a toda velocidad desde Sessenheim. Todavía siente la agitación del  galope cuando, después de entregar su ropón a un criado, se sienta en el elegante escritorio que le ha regalado su padre. Pero es algo más lo que le golpea en el pecho y suspira. Los separa la clase social y las expectativas de vida: él no está preparado para el matrimonio y echar el ancla sentimental. Se han despedido hace unas horas y cuando él le ha dado a entender que su relación llegaba a su fin, ha visto llenarse sus ojos de lágrimas. No ha podido siquiera continuar dándole las explicaciones que merece. Sabe que ha de decirle adiós a Friederike y sabe que le va a causar un enorme dolor.

Toma la pluma pero antes de trazar su nombre se queda con ella en el aire. Rememora aquel primer encuentro de un año atrás, que ahora le parece tan lejano. Un fin de semana que pasó en Sessenheim con su amigo alsaciano Fryedrich Weyland, estudiante de medicina. Fue un momento extraño y a la vez revelador. Su amigo le propuso visitar a un párroco amigo de sus padres que, al parecer, tenía tres hijas encantadoras. Un plan estupendo para unos estudiantes jóvenes, ricos y enamoradizos como ellos. Todo eran risas en aquellos días despreocupados. Incluso tuvo la ocurrencia de dejar sus buenos trajes en el ropero y pedir a su asistente unas ropas usadas más que modestas y presentarse como un estudiante de teología pobretón en esa casa de clase media.  Weyland se reía a carcajadas durante el viaje al verlo de aquella guisa cuando él, que hasta se había cambiado el peinado, incluso imitaba las actitudes y gestos de un jinete torpe.

Fueron recibidos de manera muy hospitalaria y enseguida sintió que se iluminaba por dentro al serle presentada Friederike: “En ese instante apareció en aquel cielo rústico una estrella verdaderamente luminosa. Una faldita blanca corta y redonda, una sobrefalda hasta el tobillo que dejaba al descubierto unos pies lindísimos; un corpiño blanco ajustado y un delantal de terciopelo negro; vestida en el límite entre las señoritas de ciudad y las campesinas. Esbelta y ligera, se movía como si no soportase peso alguno, casi parecía demasiado delicado el cuello para las espesas trenzas rubias de la graciosa cabecita. Sus claros ojos azules miraban lealmente y su naricita aspiraba el aire con tal desembarazo que parecía que en el mundo no pudiera haber preocupaciones; llevaba colgado del brazo su sombrero de paja. Y así tuve la dicha de verla por primera vez en toda su gracia y encanto”.

Incluso con ese disfraz suyo algo mostrenco, ella se quedó prendada de él y pasearon tomados del brazo por el jardín a la luz de la luna. La dulce ingenuidad de la muchacha lo conmovió profundamente.

Vienen a su cabeza las imágenes del invierno. Las visitas a Sessenheim, los paseos en barca por el Rin, la plenitud que sintió paseando con ella por esos parajes idílicos, la sensación de hallarse en el centro del mundo… todos esos momentos volvieron a encender de manera fogosa su deseo de escribir poesía y trazó los poemas más inspirados que había escrito nunca. Una vez reunidos, se van a conocer como Poemas de Sessenheim y enseguida alcanzan gran consideración en los círculos literarios. Se convierten en emblema del movimiento calificado como Sturm und drang  (Tormenta e ímpetu), en el que los artistas rompen los corsés del racionalismo de las décadas anteriores y ponen la subjetividad y la emoción en el centro de la obra artística. Son el ariete que abre de par en par las puertas al gran movimiento del Romanticismo que irrumpirá con fuerza arrolladora en toda Europa en pocos años.

Por eso ahora, en su gabinete, cuando clava la punta de la pluma de ganso en la hoja siente que le raja el pecho. Pero se dice a sí mismo que el amor es así de volátil, como viene se va. El corazón de Goethe va a ser a lo largo de su vida un bandeo. Empujado de su fervor de poeta se enamorará de mujeres casadas, jóvenes, menos jóvenes… Pero nunca va a sentir tal sensación de traición como la que siente en ese momento hacia esa muchacha sencilla y maravillosa. Pareciera que supiese en ese momento que ella no se reharía nunca de esa decepción sentimental y permanecería soltera hasta el final de su vida. Bendito amor. Maldito amor.

El Eterno femenino de Goethe

Se enamoró de Charlotte Buff, novia y prometida de un colega, también abogado en prácticas. Se comprometió con la hija de un banquero de la ciudad, Lili Schönemann, pero no llegó a casarse. Escribió  más de 1.700 cartas de amor a la aristócrata Charlotte Albertine Ernestine von Stein. Tuvo un hijo con Christiane Vulpius, dieciséis años más joven que él. A los 71 años se enamoró de Ulrikew von Levetzow, de 18 años…

Su vida sentimental fue un vaivén, pero nunca se perdonó a sí mismo haber causado tanto daño a una persona tan sensible como Friederike. Trató de plasmar su pesadumbre en varios de sus personajes femeninos, injustamente traicionados, especialmente el de Margarite en su obra cumbre: Fausto. Ella, de clase inferior a Fausto, es seducida por él y acaba de manera trágica. Goethe no pactó con el diablo, pero se entregó a la búsqueda del enamoramiento por encima del amor. Dejó escrito: “Yo amo a aquel que desea lo imposible”. El poeta Paul Valery dijo de él “sacrifica toda mujer al Eterno femenino”.