Nueve recomendaciones de poesía para leer este verano, desde Alejandro Céspedes hasta Pedro Rodríguez, pasando por Estefanía González, Jaime D. Parra, Concha García, Nieves Pulido, Ángel Guinda, Manuel Álvarez y Severo Sarduy.

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Nos encontramos con poesía que es justo y necesario leer y releer (la que no se vende), pues cada nueva lectura nos descubre otros detalles, otras imágenes. Y la poesía que escriben estos nueve, y no otros poetas, es para este verano, por más caluroso que sea. Verano es tiempo libre y sin prisas: también es tiempo de poesía. Y leer escuchando música (clásica o no), al lado de un bonito paisaje: mar o montaña, siempre es de agradecer. Traemos estos libros que por su sabiduría, calidad y belleza hay que leerlos con tranquilidad y pendientes de cada verso: en esa complicidad necesaria: el lector es siempre quien termina el poema. Nueve libros que nos muestran una nueva forma de entender ese sujeto lírico, plural y siempre complementario, dialogante y cómplice, que se debate en la cuestión de siempre, desde que se escribe, poesía y filosofía: amor y muerte. La poesía es nuestra única alternativa a la realidad, no cabe ninguna duda.

Así pues, una poesía nada habitual es lo que encontrarán las personas lectoras en este poemario, Cazadores de icebergs (Salto de página) de Alejandro Céspedes (Gijón, 1958). Es pues un libro para leer y releer y es tan su calidad y belleza poética que deslumbra por doquier. Céspedes es un poeta sabio, arriesgado en lo que escribe y conozco de su obra, tanto en la forma como en el fondo: en su ética como en su estética; singularidad y capacidad verbal asombrosa. Poemas desgarradores, pero vitales. Es un poemario plagado de esplendor y desolación: fatalidad y culpa: temor y temblor: azar y necesidad, ¿tal vez?: “Unos seres que engendran lo sombrío/ empujan desde el fondo de los ojos./ Dan cuerda a una tristeza que despierta/ a un mecanismo cuántico de soledad y miedo”. Su último libro, Soy Lola Jerico ha ganado el 42 Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez (Diputación de Huelva-Fundación Zenobia-JRJ).

Dios en la ría (Bartleby) de Estefanía González (Grado, Asturias, 1970), con un inteligente prólogo de Jordi Doce, donde dice que: la poeta “ha escrito un libro singular y personalísimo que apenas tiene antecedentes entre sus contemporáneos”. Una poesía poderosa, un pulso tremendo entre la realidad imaginada y la realidad real: Cuerpo desnudo del invierno y Cuerpo de padre. Un poesía vivida, lúcida, trasparente, que busca llegar al último porqué de la existencia diaria, con asombrosas metáforas. Sabiendo que todo es de la memoria, de la mirada y el recuerdo, de ese entorno marino o no. Dividido en dos partes, la genial segunda clama la presencia del dolor y la enfermedad, en este caso centrada en la figura poetizada del padre. En este libro, me despierta la atención ese juego con el tiempo, con ecos unamunianos y o kierkegaardnos/: “Ando tejiendo mis telas/ de temblar./ Tengo el sabor en la boca/ del temor”.

Wyoming (Animal sospechoso) del almeriense Jaime D. Parra (Huércal-Overa, 1952), con prólogo sutil de Neus Aguado donde dice que “el libro es un camino vital y espiritual a pesar de la muerte”. Es poesía que recuerda a Cirlot con su Bronwyn; pero no solo eso, es navegar por el límite del lenguaje de aquí en busca del otro: desde su exilio, de la existencia de ese tiempo propicio para la relación y la complicidad. Poesía justa y necesaria para este tiempo de noche negra del alma. Una poesía que verdad no salva de la ausencia de poesía en la existencia. Hoy hay falta de calidad y belleza por doquier. Necesitamos de una ascética sugerente para llegar a una mística del esplendor. Salto y desafío a y de la belleza y atracción del precipicio, ese Thánatos diríase, al vacío de la fe, con esperanza en el lenguaje místico del poeta, quiere saber: su poesía es filosofía en verso: “Una muerte no es más que una muerte./ Pero ¿tras un incendio?”

Cuota de mal (Huerga y Fierro) es un poemario maduro y reivindicativo de la poesía. Este libro recoge el pensamiento y la poética de la cordobesa Concha García (La Rambla, 1956): el poemario más personal de una poeta única. No es ni más ni menos que las preguntas, más que las respuestas, que se hace con el paso de los años, en una vida dedicada a la literatura, como es la suya. Un vocabulario de colores y de momentos y situaciones nos da cuenta desde su mirada lírica, penetrante e irónica, de las cosas que hay fuera de nuestra mente. La poesía de Concha García siempre nos descubre, con esa su peculiar mirada, toda la realidad que nos rodea. Es capaz y logra elevar la anécdota diaria, el momento, el suceso, a la categoría de poesía, sin tapujos ni ornamentación, ni retórica posible. Versos claros y concisos. Poesía trabajada, pulida, diamantina. “Amada orilla del mar/ cuando contemplo tu extensión/ no miro hacia atrás”.

Flores (Espasa) de Nieves Pulido (Madrid, 1975) me ha traído a la mente estos versos de Juan Ramón: “Dios está azul. La flauta y el tambor/ anuncian ya la cruz de primavera./ ¡Vivan las rosas, las rosas del amor,/ entre el verdor con sol de la pradera!” Aunque, también me han recordado a la poesía china y japonesa, por su temática y estructura; además, de las maravillosas ilustraciones de Irlanda Tambascio (Eire), que acompañan a cada poema (42). Ahí está la aparente sencillez de la poesía de Nieves Pulido frente a la variedad de recursos estilísticos que maneja, los motivos que ella utiliza en sus versos, como el amor, la tradición, la naturaleza; así como las fuentes literarias en las que la poeta se inspira (Notas al final del libro); la limpieza de su verso y la apertura hacia esos otros ideales literarios: búsqueda de la complicidad tensional entre paisaje y poema es de los mayores logros: “Sentada/ en la rama de un roble/ la luna llena”.

El arrojo de vivir (Antología de poesía de amor) (Olifante) de Ángel Guinda (Zaragoza, 1948-Madrid, 2022), de cuya selección con Nota se ha ocupado Raquel Arroyo quien destaca que el poeta: “ha creado espléndidos poemas de amor; intensos (…) y auténticos y sinceros siempre”. Y si hay algún poeta donde la vida y la poesía se imbrican es en Guinda y de ello dan cuenta estos poemas, donde la filosofía, la existencia y la poesía andan imbricadas, en este su universo poético que es su obra que camina hacia el otro. La soledad, la vejez, el olvido, el tiempo, el dolor, la enfermedad y siempre todo aderezado con el amor. Y todo con lenguaje sencillo con enjundia y con mil y una matizaciones, de las que hacen reflexionar. Creo que Guinda veía al amor como una consecuencia de su deseo poético de verdad, de paz y de justicia. Pues para él, no era una causa ni un imperativo: “Ahora estamos a oscuras./ Abrázate al estremecimiento”.

Siempre es un gozo leer la poesía de Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923-Madrid, 2014) y en esta ocasión más si cabe ante Hieren todas. Antología poética plurilingüe (Devenir), en edición y epílogo de Guillermo Aguirre y con prólogo de Rosa Pereda. Este homenaje al poeta existencialista y traductor traducido es leer sus poemas en portugués de Brasil; en italiano; en rumano; francés; turco; portugués; alemán; chino mandarín; hebreo; serbio; danés; checo; euskera; ruso; húngaro; catalán e inglés. Me gusta leer sus tamañas metáforas en esos otros idiomas. Pues su poesía es una apuesta ética y estética donde las haya y un saber, conocer y explicar de la muerte y del amor, del devenir telúrico de la existencia humana, es la idea, y todo con una cadencia singular y significativa. ¡Solo deseo que se (re)lea la poesía de este poeta tan singular! “Un poco antes de amanecer, en el límite justo del terror, los amantes se apartan de los negros remordimientos”.

Por fin la poesía justa y necesaria de aquel joven poeta cubano Severo Sarduy (Camagüey, 1937- París, 1993), que tanto sorprendió, de la mano amiga e inteligente del profesor Enrico Mario Santí, quien se ha ocupado de la edición y prólogo exquisito de El silencio que no muere, 1953-1964 (Huerga y Fierro). El volumen se divide en tres partes: Camagüey (1953-1955), La Habana (1956-1959) y Atlántico (1959-1964), más un apéndice, variantes, facsímiles, álbum de fotografías, notas y agradecimientos debidos, como a la hermana del poeta Mercedes Sarduy. En la tercera parte están los reconocidos Poemas bizantinos, “última de las secuencias que ensaya el joven Sarduy luego de un alejamiento de varios años de su país, de su idioma y de la prosodia tradicional con la que había trabajado su anterior poética”. Versos de la talla de “PERO sobre estas piedras/ el viento de la ira soplará,/ el polvo de la cólera y la muerte/ secará los jardines”.

Memorial del Arte de la Seda. Antología apócrifa (Carena) de Pedro Rodríguez Pacheco (Sevilla, 1941) es un ejercicio poético sublime, tanto ético como estético, y con los códigos propios del poeta, hacia sus amigos, con afecto y cordial amistad. Este poeta sevillano tiene una obra tan personal, singular y original, que demuestra que es todo un poeta culto y heterodoxo, con ecos barrocos, que canta y cuenta de la vida, del amor, su pasión y su erotismo en imágenes del todo expresivas: belleza y calidad, cual seda. Un poeta clásico de hoy, viviendo el presente. Es muy atractiva la poesía cincelada en ese pulso continuo con el lenguaje. La antología está dividida en tres significativas partes, que acogen algunas más de estas 300 páginas. No dejen de leer su prolegómeno, para mejor leer y entender versos tan sedosos y delicados como estos: “es tan vasta la intención del incendio,/ que mi caligrafía, al prender de las llamas,/ se riza luminosa”.

¡Disfruten del verano, personas lectoras!