Manuel Moyano relata en “La frontera interior”, ganadora del XVI Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes, su recorrido por Sierra Morena a través de monasterios, campos de batalla olvidados y tabernas donde se arregla el mundo sin bajarse del taburete.

La llegada de riquezas procedente de América procedente de los puertos de Cádiz y Sevilla obligó a establecer una vía de comunicación rápida y segura con la capital, Madrid. De ese modo, Carlos III decretó en 1761 la construcción de la carretera que atravesaría Despeñaperros.

 

Texto: Santiago BIRADO   Fotos: Manuel MOYANO

 

Manuel Moyano nació en Córdoba, creció en Barcelona y desde hace 30 años reside en Molina de Segura (Murcia), donde es miembro de la Orden del Meteorito y gestor cultural, además de armar sus libros. Debutó en 2001 con El amigo de Kafka, donde ya mostró su facilidad para abrir ventanas a lo inesperado. Ha publicado novelas, relatos, micro-relatos, ensayos y guías de viaje. Tiene facilidad para que los pies se le pongan andarines.

En esta ocasión, Manuel Moyano nos lleva a un viaje tranquilo de miradas inesperadas, de historias de bandoleros y colonos rubios, de montañas y dehesas, de historiadores locales y poetas, de bares bulliciosos donde humean los guisos y la conversación. Nos cuenta que Sierra Morena es una frontera interior porque forma en la península ibérica un escalón longitudinal de casi quinientos kilómetros de largo entre la severa Castilla y el sur donde todo es más mestizo e imprevisible. Es cierto que las fronteras son para cruzarse, de ahí la dificultad para recorrerla longitudinalmente. Pero Moyano lleva su empeño con risueña tenacidad, zigzagueando desde la cascada de la Cimbarra y el desfiladero de Despeñaperros hasta recorrer su trazado, meterse hasta la última estribación de la sierra en Portugal y sentarse en Barrancos a tomar porco preto y bacalhau en un restaurante con imágenes de toreros.

Él es un viajero que madruga, de carretera al amanecer y cafés con leche en los bares modestos de los pueblos donde para la gente del lugar a arreglar el mundo. Por ahí aparecen personajes como Harry, que ya no podía trabajar en los pinos y ahora es el maestro de llaves del cementerio de Aldeaquemada. Moyano tiene la amabilidad del buen escuchador y no falta nunca quien le cuente algo substancioso. Acude a las oficinas de turismo, que casi siempre encuentra cerradas, pero donde de verdad obtiene la información crucial es en las plazas de los pueblos y en los mesones. Busca también la conversación pausada con esos historiadores locales que saben todo, como Francisco Pérez-Schmid, que se ha acoplado el apellido alemán de la familia para que no se extravíe ese vestigio de una historia fascinante, con su toque picaresco, de colonización en Despeñaperros. Unos tiempos que muestran que la historia da muchas vueltas, porque en ese siglo XVIII de las luces, los inmigrantes que venían a buscar casa y trabajo eran suizos, austriacos, holandeses y alemanes. Cerca de La Carolina todavía se celebra la fiesta de pintahuevos, siguiendo esa tradición centroeuropea de decorar de colores la cáscara de los huevos cocidos.

Moyano se mueve sin prisa, poniendo la oreja y recolectando pequeñas historias como si cogiera moras. Y buscando poetas, como Alejandro López Andrada, que cuando pierde la vista hacia las montañas le confiesa: “mi mundo literario está aquí”. Y le dice una verdad que no recogen las más sesudas enciclopedias sobre literatura: “la mirada del escritor es la del niño”. Por eso su territorio mítico es ese y su música es la del cárabo, el autillo o la zorra en celo.

En la introducción, Sergio del Molino reivindica el encanto de un libro de viaje que transforma lo familiar en insólito: “Es una estirpe muy noble, la del trote corto y las cercanías. Mucho más amable y cálida que la aristocracia desdeñosa de los que se creen exploradores”.

Aquí puede suceder que al llegar al Museo de la batalla de las Navas de Tolosa esté vacío y en una mañana gélida y extraña el director salga contigo a la explanada y te muestre los movimientos de las tropas cristianas y musulmanas en uno de los episodios cruciales de la historia de España al que nadie presta demasiada atención. O que llegues a la casa remota de un hombre llamado Felipe Ferreiro que antiguamente fue una venta en la que probablemente paró Cervantes que se sabía de memoria el Quijote. O que en Fuenteheridos conozca a Manuel Moya, un entrañable poeta criado entre ríos y montañas que al llegar a Castaño del Robledo, cerca de la una cuesta llamada el Callejón de las Brujas, le advierte que es “una zona de nieblas, monstruos, personajes ocultos, mitológico, marimantas”.

Atraviesa en este libro breve e intenso lugares que por sí solos invitan a la ensoñación y a rememorar viejas historias de bandoleros, como la Sierra del Viento, Peña Ladrones  o la finca La Garganta, el mayor latifundio de Europa, propiedad del duque de Westminster y uno de los mayores santuarios de caza del continente, donde existe una servidumbre de paso y la finca puede atravesarse… pero con un cuatro por cuatro de los vigilantes pegado a tu parachoques para que no te salgas ni un metro del camino. Para él es importante el camino y también la posada, por eso nos sentaremos con él en lugares donde el lujo no está en el local sino en el plato: salmorejo, migas, aliño de melva o lagartico ibérico a la brasa (que en realidad es una parte deliciosa del lomo de cerdo), y vino que no falte.

Moyano lo cuenta todo con una elegante simplicidad que hace que la poesía no emerja del empacho de los adjetivos sino de la pequeña maravilla de lo cotidiano: Estas páginas nos muestran que a veces creemos que viajar consiste en hacer miles de kilómetros y alojarnos en un resort donde todo está programado, pero que perderse por los pequeños pueblos de Sierra Morena, descubrir una cascada inesperada o conversar con un lugareño que tiene la cabeza llena de recuerdos, puede resultar más exótico y estimulante.