Desde los de Herodoto, hace 2.500 años, pasando por Marco Polo, Alí Bey o Humboldt, hasta llegar a los más cercanos, firmados por Nellie Bly o Bruce Chatwin, los libros escritos por viajeros han sido durante siglos nuestros ojos en los lugares más remotos y asombrosos del planeta. En los tiempos de Google y los mil satélites que todo lo cartografían, parecía que el relato del viajero dejaban de tener sentido. Sin embargo, son más trascendentales que nunca porque el libro de viajes del siglo XXI ya no busca solo el exotismo, sino también la denuncia de regímenes tiránicos, alertar de las consecuencias del cambio climático o acercarnos a culturas en extinción sin perder la poética del viajero. Algunas de las más recientes novedades muestran que el viaje sigue siendo geográfico, pero ahora también es moral.

Texto: David VALIENTE  Foto: Asís G. AYERBE

 

La gente tiene ganas de salir de sus hogares, tomar el avión, el barco o el tren, y perderse por los rincones más recónditos del planeta. Sobre todo países, como España, con una importante fuente de riqueza en la ida y venida de turistas, necesitan más que nunca que los 1.500 millones de viajeros que certificó la Agencia Mundial del Turismo en 2019 vuelvan a disfrutar de la hamaca y la playa. También hay ganas de olvidar los angustiosos momentos que nos han tocado vivir y recargar las baterías para la nueva etapa que se avecina. Para el duro proceso de olvidar, hemos contado con el mejor reseteo de todos: la literatura; un apoyo incondicional en momentos en los que necesitábamos catalizar emociones positivas.

No podemos negar la vinculación entre leer y viajar; quizá el mayor símbolo de unión lo podamos encontrar en la literatura de viajes, un subgénero a medio camino entre las ficciones ficciones y el reporterismo. Es más, muchos de los autores que lo cultivan son corresponsales en algún país lejano: “Este es el principal motivo por el que hemos podido mantener el catálogo al día; a excepción de algunos autores que necesitan viajar para escribir su relato, la mayoría viven en el país sobre el que escriben y han podido viajar por él”, asegura el director editorial de Ediciones Península, Oriol Alcorta Hojas.

Aunque durante este tiempo los manuscritos no dejaron de llegar a las editoriales, en los primeros momentos de la pandemia se presentaron nubarrones muy negros para la industria: “Hubo un descenso de aproximadamente un diez por ciento en las compras a causa del confinamiento”, certifica Eduardo Riestra, propietario y editor de Ediciones del Viento. Pero en cuanto las librerías abrieron sus puertas, la crisis se atenuó: “A diferencia de las guías, la literatura de viaje mantiene sus niveles de venta habituales. Mantiene la fidelidad de sus lectores y ha conseguido nuevas fidelidades en aquellas personas que añoran volver a viajar”, asegura Oriol Alcorta.

Asia y África, en lucha

“Si haces el retrato de un país, tienes que tener un compromiso político. Autores como Barbara Demick viajan a Corea del Norte o al Tíbet, lugares de difícil acceso, y mediante su escritura denuncian las desigualdades socioeconómicas  entre los diferentes grupos o la coerción de los regímenes autoritarios”, comenta el editor de Península. El nuevo libro de Demick, Comerse a Buda, relata su viaje a un pequeño pueblo tibetano donde los locales vieron con horror cómo los primeros chinos que llegaron huyendo de la guerra civil, para paliar su hambre, se comían las figuras de Buda hechas con harina y mantequilla que decoraban los templos y monasterios. A través de las vivencias cotidianas de la gente, de sus sueños y sus renuncias, muestra con una excelente mano para el relato la resistencia del pequeño Tíbet frente al gigante chino que trata de devorarlos.

Solo basta con echar un vistazo rápido al fondo de las librerías y las bibliotecas para darse cuenta del riesgo y el compromiso que asumen muchos autores de literatura de viajes. No narran mundos fantásticos en los que ellos deciden las dosis de sadismo que quieren imprimir al texto, sino que describen la realidad y, en muchas ocasiones, como ocurre también en el continente africano, esta puede llegar a ser muy cruda.

En Ébano, Ryszard Kapuscinski supo, con su capacidad de síntesis, encontrar los condicionantes que convertían al continente más rico del planeta en materias primas en el más pobre y atrasado. Escribía sus libros al regresar a casa, bajo el mutismo impuesto por las imágenes que no podía quitarse de la cabeza. Su despacho era una trinchera donde se resguardaba de los balazos recriminatorios que sus demonios internos disparaban desde lo más hondo de su conciencia. En esos momentos de recogimiento, la guerra, la muerte y la enfermedad hacían brotar la literatura. Ébano es en realidad una declaración de intenciones, la prueba fehaciente de que no estamos libres de los males de Pandora y que la única manera de acabar con la desdicha humana es terminar con el encorsetamiento cultural de las regiones pobres del planeta: “Solo por convención reduccionista, por comodidad, decimos ‘África’. En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe”, contraataca Kapuscinski. Su amor por esas tierras, que recorrió durante cuarenta años de su vida en distintas ocasiones, le obligó a involucrarse de manera personal en los conflictos, a tomar posición por uno u otro bando, a correr peligros que otros reporteros no corrían, a desdeñar las visitas oficiales para subirse en “camiones encontrados por casualidad, recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos de la sabana tropical”.

La primera vez que leí Ébano tendría 20 años, y dudaba en si abandonar la carrera de historia. En aquellos momentos estaba más centrado en “sacarle peros” que en atender en la asignatura de historia de España del siglo XIX. He de confesar que durante la clase leía a Kapuscinski. Investigué sobre su vida, y descubrí que él también había estudiado historia, y entonces entendí por qué tenía esa capacidad de síntesis y ese manejo tan suelto de las palabras; la carrera de historia exige muchas horas de lectura y desarrollar una serie de destrezas que en Económicas no vas a dominar. He de confesar que Kapuscinski, junto a otros autores, me dieron el ánimo necesario para terminar la carrera y el revulsivo para conocer en profundidad ese vasto continente que no es «África».

Muros y lamentaciones

A unos cuatrocientos kilómetros del Cairo en línea recta, entre los desiertos del norte de África y Asia, se encuentra uno de los puntos calientes de la región: Israel. La primavera pasada fue convulsa: un desahucio a varias familias palestinas en el barrio israelí de Sheij Jarrah desembocó en un conflicto abierto entre Hamás y el gobierno de Netanyahu que se cobró la vida de unas 270 personas. Este hecho coincidió con la reciente publicación de Jerusalén: santa y cautiva, del corresponsal español Mikel Ayestaran. Afincado en Jerusalén, en el barrio de Musrara, cerca de la Ciudad Vieja, asegura en las primeras páginas que “es dentro de la Ciudad Vieja donde se libra el auténtico pulso por demostrar que la ciudad pertenece a unos u otros, aquí es donde las piedras cobran vida y anulan cualquier posibilidad de un debate racionalizado”.

Ayestaran intenta hallar cordura en los barrios y los lugares santos que componen la Ciudad Vieja, exponiendo los argumentos de algunas personalidades que generalmente pasan desapercibidas para el turista e incluso los corresponsales, pero que tienen la clave para comprender desde fuera el conflicto, sobre todo porque ellos viven en sus carnes, al igual que lo hicieron sus antepasados, la inestabilidad de una región que parece condenada, por algún maleficio geoestratégico, a sufrir sempiternamente el conflicto religioso y la desigualdad social.

El reduccionismo también afecta al conflicto más longevo del Próximo Oriente. Desde Europa creemos que la lucha solo concierne a los palestinos e israelíes pero, lejos de la realidad, el conflicto tiene muchas más raíces. Cualquier grupo que no cuente con el beneplácito del gobierno israelí es sensible de sufrir la discriminación de la población. Esta situación, sin duda, acrecienta las tensiones entre las comunidades religiosas, que tratan de demostrar que ellos estuvieron primero en Tierra Santa, y que, por lo tanto, disponen de más derechos que el vecino.

Jerusalén ha sido una ciudad que ha acogido a los desplazados por los conflictos de otros países. Por este motivo Mikel Ayestaran nos advierte de que “el primer choque con la calle en Jerusalén Occidental es la tosquedad, la frialdad, las gritos y, en general, lo que se percibe como falta de educación con extranjeros”. Así es Jerusalén: santa, pero sobre todo cautiva.

La ruleta rusa

Al noroeste del Mediterráneo Oriental, se encuentra un país que por sus dimensiones podría considerarse un continente. Rusia comparte frontera con dieciséis Estados. Su miedo a la invasión desemboca en una política regional agresiva; no debe de ser fácil olvidar los dos intentos de invasión que padeció el país en los siglos pasados. Por esta razón, la antropóloga y escritora Erika Fatland ha publicado sus experiencias alrededor de los 20.241 km de frontera rusa en un libro titulado La frontera. Un viaje alrededor de Rusia. Es un intento de responder cómo resulta para los dieciséis países que están pared con pared convivir con un vecino matón.

Uno de ellos es Corea del Norte. Rusia intervino en ella durante la Guerra Fría. Serían sus choques en la península coreana con su némesis capitalista la causa de que actualmente el paralelo 38 divida la región en dos países que antes eran uno, y en la zona norte se haya establecido un gobierno socialista, uno de los más herméticos del mundo. Erika logró acceder al país. Cuenta que un agente encubierto le preguntó cuál era la opinión que en el exterior teníamos de Corea. La viajera le respondió con otra pregunta: “¿Seguro que quieres saberlo?”. Ante la insistencia del interpelante, solo pudo espetar: “Decimos que es la peor dictadura del mundo”.

Se detiene en Ucrania para interesarse por los nacionalistas ucranianos que siguen su dura lucha para que Crimea vuelva a su antiguo estatus. Pero más interesante que cualquier lucha armada es descubrir la situación personal de los guerrilleros: algunos no tendrían que estar vistiendo ropa de combate y portando fusiles Kalashnikov en sus hombros, sino que deberían estar en su hogar con ropa de andar por casa y con un recién nacido entre sus brazos.

Parece por estos relatos que la condición sine qua non para el progreso humano son las injusticias individuales. Nuestras huellas en el fino manto del tiempo están manchadas por la sangre de otros; no importa el periodo histórico en el que nos movamos, siempre dejamos germinar esa parte inmisericorde y despótica que Sophy Roberts ha sabido plasmar a la perfección en algunos capítulos de su libro Los últimos pianos de Siberia, un relato de sus andanzas por la zona más inhóspita y fría de Rusia. La autora inicia una curiosa búsqueda tras los pianos y las historias de sus propietarios en la que no falta la remembranza de los exiliados durante el gobierno de los zares. En 1917, la familia real se vio abocada a sufrir el duro invierno siberiano; los comunistas llegaron al poder con su promesa de todo para el pueblo —se les olvido agregar: pero sin el pueblo. El último zar, Nicolás II, por imposición del Soviet, partió junto a su familia a Ekaterimburgo, su último destino y su tumba. Roberts narra el feroz asesinato de la familia real en el sótano de la casa de Ipátiev: un destacamento de fusileros posicionaron a los integrantes de la familia contra la pared del sótano y apretaron el gatillo, pero solo consiguieron matar a los varones: a ellas sus corsés de perlas les hicieron de chaleco antibalas. La mujeres sufrieron una muerte más atroz y violenta, fueron asesinadas a bayonetazo y culatazo limpio. Todo valía con tal de hacer correr un río de sangre que purificara el rencor de clases.

Tras la muerte del último zar, el partido comunista envió a muchos disidentes y contrarrevolucionarios a Kolima, al otro extremo del país. Quienes regresaron han contado su experiencia con la música y los pianos. En aquella región remota, el arte —y especialmente, la música—, les permitió sobrevivir porque “para ellos, la música era como respirar”.

Frío muy caliente

Cambiamos el frío siberiano por los gélidos glaciares groenlandeses en una aventura que trata de mostrarnos lo nocivo del cambio climático en las regiones más heladas. Marco Tedesco y Alberto Flores D’Arcais han publicado en español Hielo: viaje por el continente que desaparece. Marco Tedesco es un glaciólogo italiano, investigador en el Lamont-Doherty Earth Observatory de la Universidad de Columbia donde centra su atención en el deshielo a consecuencia del aumento de temperatura de la atmósfera; también colabora con publicaciones de prestigio como The Washington Post, The New York Times o Wired. Por su parte, Alberto Flores D’Arcais es un periodista con dilatada experiencia en lugares como Oriente Próximo o los Balcanes; ha entrevistado a grandes personalidades del mundo de la política internacional y la cultura, y es colaborador habitual de los diarios La Repubblica, L’Espresso y La Stampa.

Su libro intenta describir, entre otros asuntos, cómo nuestra soberbia puede destruir ecosistemas del gran Norte que no solo son bellos, sino también necesarios. Toman la mochila y se adentran en lo profundo de los glaciares para comprobar cómo, en algunas zonas que antes eran de dificilísimo acceso para los barcos, ahora hay grandes autopistas de agua, o cómo los osos polares han tenido que adentrarse en lo profundo del hielo para encontrar alimento.

Libros de viajes… ¡viven!

Los paisajes cambian, y tal vez nosotros, cuando la crisis pandémica termine, tampoco seremos los mismos. Pero siempre habrá alguien dispuesto a ir a lugares lejanos, difíciles o conflictivos para contarnos lo que sucede con una mirada profunda. “La literatura de viajes no morirá, tiene un nicho comercial muy remarcado por un público fiel, unos periodistas culturales muy interesados en ella e incluso cuenta con librerías especializadas en viajes”, afirma el editor Oriol Alcorta.

De todos modos, las editoriales buscan nuevas maneras de hacer este tipo de lectura más atractiva y acercarles a aquellas personas que no creen posible hacer un viaje las palabras y las vivencias de otras personas. Y por eso van a aprovechar el boom que el turismo nacional tiene en estos momentos: “Desde Ediciones Península vamos a apostar por una literatura de viajes nacional. De momento vamos a probar con dos títulos que muestran el paisaje de las Islas Baleares y los Pirineos. Creemos que hay rincones de Españas desconocidos para el lector hispano con situaciones sociopolíticas e históricas muy  interesantes”.

Eduardo Riestra, por su parte, lo tiene claro: la literatura de viajes pervivirá mientras “existan viajeros con muchas horas de lectura sobre la región que visitan, una fuerte vocación literaria, una mirada aguda que sea capaz de llegar donde la mirada del turista no llega y un gran estilo literario; mientras estén estos cuatro ingredientes tendremos literatura de viaje de calidad y para mucho rato”.