La ausencia de diarios, textos u otras anotaciones del gran Bardo de Stratford-Upon-Avon siguen arrojando incógnitas sobre su verdadera personalidad.

Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

 

 Stratford-Upon-Avon (Inglaterra), 1569

 

El pequeño Will tenía cinco años cuando ya jugaba con un pequeño tablero de madera con las letras del abecedario y el padrenuestro impreso en pergamino, que su padre le había regalado. John Shakespeare había ocupado importantes cargos civiles en Stratford-Upon-Avon hasta convertirse en el corregidor de la población, lo que hoy equivaldría a ser alcalde. Sin embargo, tenía la espina clavada de no ser apenas capaz de leer y escribir –firmaba algunos documentos con una cruz- y quería que su hijo no padeciera esa carencia.

Will estaba absorto en el trazo de las letras cuando escuchó el sonido de unas trompetas muy agudas que llegaban desde la calle mayor armando un gran jaleo. Al asomarse por la ventana lo dejó con la boca abierta el carromato que avanzaba lentamente, del que colgaban lienzos de vivos colores, arrastrado por un mulo cubierto con una manta de hilos dorados, como si viniera de un país muy lejano, tal vez del país de los sueños. Detrás corrían los chiquillos del pueblo atacados por una repentina efervescencia. Al parar delante de su casa, se bajaron dos hombres asombrosos, vestidos el uno con una librea de terciopelo amarillo y el otro con una capa de armiño como si fuera un rey. La gente los aplaudió y vitoreó como si fueran personas muy principales. En el deslumbramiento de sus ojos infantiles no podía observar que los dobladillos de sus ropajes estaban raídos y los puños de sus casacas, zurcidas y muy ennegrecidos.

Enseguida llamaron a la puerta y oyó cómo alguien que tenía un acento forastero solicitaba muy educadamente a la asistenta, hasta con cierta exagerada cortesía, ver a su excelencia el corregidor. Su padre recibió a los dos caballeros vestidos de aquella guisa tan principal y al poco salieron de su gabinete despidiéndose con grandes reverencias.

Al salir de nuevo a la calle, la gente esperaba expectante. Y al hacer un gesto de victoria con los dedos que indicaba el beneplácito conseguido, la multitud reunida dio vítores y vivas al corregidor y a la reina.

Cuando el padre entró en el salón, sonreía con benevolencia.

-¿Quiénes son, John? –preguntó la madre.

-Son Los hombres de la Reina.

Y el pequeño Will, que había venido corriendo a saber las novedades, quiso enterarse de qué se trataba todo aquello.

-¿Los hombres de la reina? ¿Entonces son soldados muy importantes?

-¿Soldados? –se rio su padre-. ¡Son comediantes! Los hombres de la Reina es el nombre de la compañía porque al acabar cada actuación piden a los presentes una oración para la larga vida de nuestra amada reina.

Habían ido a la casa a solicitar el preceptivo permiso del corregidor de la población. No en todas partes eran bien recibidos, porque su presencia solía ser causa en ocasiones de cierto alboroto o de representación de obras críticas con el poder que no toleraban algunos mandatarios municipales. Pero el padre de Will era partidario de las comedias y, de hecho, los archivos de la ciudad han dejado constancia de su beneplácito hacia la actuación de muchas de ellas.

Se montó rápidamente una sencilla tarima en la plaza del Ayuntamiento. La primera sesión se hacía en honor al corregidor y era gratuita. De la generosidad del responsable municipal o de cuánto le gustase la obra, dependía su salario, que solía ser escaso, aunque los vecinos siempre lo completaban con algún pedazo de queso, cecina o algún pan. Con cinco años, esa tarde William Shakespeare fue al teatro por primera vez. Sus ojos no debieron perderse ni un detalle de aquel despliegue de colores, voces campanudas y gesticulación vehemente. Aquel despliegue de fantasía permitía con la excusa de la ligereza del humor y la sátira o la referencia a mitos clásicos aparentemente lejanos, contar verdades de su propia sociedad sobre las relaciones de pareja, la servidumbre hacia los poderosos o la avaricia de los ricos, que de otra forma no podrían contarse. Lo que vio aquella tarde abrió compartimentos en su interior que al paso de los años desbordarían la obra teatral más trascendental de la historia de la literatura.

Más que arquetipos

Sus obras nos han dejado arquetipos que han sido trampolines para la historia de la literatura, como Hamlet, lady Macbeth, el rey Lear, Romeo, Julieta, Ofelia… Sin embargo, a cuatrocientos años de su fallecimiento su vida sigue siendo un misterio. Incluso hay quienes han planteado la no existencia de un William Shakespeare. Pero hay un amplio número de documentos que evaporan la tentación de fantasear con la inexistencia del Bardo.

Hay constancia escrita de que William Shakespeare nació en la localidad inglesa de Stratford-Upon-Avon en 1564 y fue un dramaturgo reconocido en su tiempo. Sin embargo, abre la puerta a todo tipo de especulaciones el hecho de que los papeles que se conservan sobre él son escrituras de transacción de propiedades, una licencia matrimonial, la fe de bautismo, pagos de impuestos, elencos de actores en los que figura su nombre… La ausencia de correspondencia, diarios o escritos personales hacen que sepamos que hubo un Shakespeare por los formularios legales, pero que apenas sepamos quién fue en realidad y cómo era el espíritu que alimentaba su llama. De hecho, para muchos estudiosos sigue siendo inexplicable que un muchacho de provincias hijo de unos padres que apenas sabían leer y escribir se convirtiera en pocos años, tras su llegada a Londres, en el más grande dramaturgo de todos los tiempos. Pero si la literatura no tuviera misterio, no sería literatura.