María Dueñas mostró en su novela “La templanza” (Planeta) que es una experta en caldos literarios. Aquí nos lo demuestra con el Jerez como protagonista.

 

Texto: María DUEÑAS  Foto: Cádiz Turismo

 

“Un buen jerez produce un doble efecto: se sube a la cabeza y te seca todos los humores estúpidos, torpes y espesos que la ocupan, volviéndola aguda, despierta, inventiva, y llenándola de imágenes vivas, ardientes, deleitosas, que, llevadas a la voz, a la lengua (que les da vida), se vuelven felices ocurrencias. La segunda propiedad de un buen jerez es que calienta la sangre, la cual, antes fría e inmóvil, dejaba los hígados blancos y pálidos, señal de apocamiento y cobardía. Pero el jerez la calienta y la hace correr de las entrañas a las extremidades. Ilumina la cara que, como un faro, llama a las armas al resto de este pequeño reino que es el hombre, y entonces los súbditos viles y los pequeños fluidos interiores pasan revista ante su capitán, el corazón, que reforzado y entonado con su séquito, emprende cualquier hazaña. Y esta valentía viene del jerez, pues la destreza con las armas no es nada sin el jerez (que es lo que la acciona), y la teoría, tan solo un montón de oro guardado por el diablo, hasta que el jerez la pone en práctica y en uso. De ahí que el príncipe Enrique sea tan valiente, pues la sangre fría que por naturaleza heredó de su padre, cual tierra yerma, árida y estéril, la ha abonado, arado y cultivado con tesón admirable bebiendo tanto y tan buen jerez fecundador que se ha vuelto ardiente y valeroso”.

No creo que exista mejor estrategia publicitaria para alabar los vinos de Jerez que recurrir a estas elocuentes palabras que William Shakespeare –en traducción de Ángel Luis Pujante– puso en boca de su personaje Falstaff en la segunda parte de Enrique IV.

El sack o sherry sack, como entonces se conocía en las islas al vino de la zona de Jerez, está vinculado a la sociedad, la cultura y la literatura británicas desde que en la Edad Media comenzaran a cargarse en la bahía de Cádiz los primeros barcos que saldrían repletos de mostos rumbo al norte. De estos tiempos de dominación musulmana proviene el término sherry: derivación de Sherish, el nombre árabe de la ciudad. Como testimonio de este temprano vínculo ya Chaucer, padre de la poesía inglesa e hijo de un comerciante vinatero, mencionaba en sus Cuentos de Canterbury las virtudes de los vinos de la Baja Andalucía.

Con el avance de los siglos y Britannia convertida en una poderosísima potencia marítima, la demanda de vinos de calidad creció imparable. Se importaban enormes cantidades de clarete de Burdeos, excelentes tintos de Borgoña, tokaji húngaro, hock de las riveras del Rhin… Y mucho oporto. Y mucho, mucho jerez. A partir de 1630 –arrancando con Ben Johnson– y hasta 1790 – cuando Henry Pye prefirió cambiar la prebenda por una paga anual–, fue costumbre agasajar el nombramiento de los Poetas Laureados con una bota –una barrica– de vino de Jerez, equivalente a 720 generosas botellas. En 1984, para conmemorar los 600 años de comercio entre ambos enclaves, los bodegueros jerezanos decidieron retomar la vieja costumbre haciendo entrega de su correspondiente bota a Ted Hughes. Y hasta hoy. De esta prolongada vinculación del sherry con los más grandes poetas británicos quedó testimonio reciente en la exposición “Poetry for the Palace: Poets Laureate from Dryden to Duffy” que el año pasado se exhibió en The Queen’s Gallery de Holyroodhouse Palace. Durante la inauguración de la muestra, la poeta laureada Carol Ann Duffy, siguiendo la tradición, estampó su firma con tiza blanca –a la usanza bodeguera– sobre una réplica de la bota que le fue concedida.

Más allá de los períodos medieval e isabelino, la conexión entre vino y letras recorre la espina dorsal de la literatura británica en la práctica totalidad de sus momentos, mostrándose presente en los gustos e intereses de los literatos y en las querencias de algunos de sus personajes.

El romántico Lord Byron estuvo en la ciudad en el verano de 1809 y de ello dejó constancia en la correspondencia que mantuvo con su madre desde “Xeres, where the sherry we drink is made” (“Jerez, donde se elabora el sherry que bebemos”).

Charles Dickens, que además de prolífico novelista fue un grandísimo bebedor, puso el sherry en boca de sus caracteres en numerosas novelas: de David Copperfield a La pequeña Dorrit; de Grandes esperanzas a Canción de Navidad. A su muerte, cuando su familia subastó el contenido de la bodega de su casa de campo en Kent, una buena parte de los vinos de los que se desprendieron vino a ratificar la pasión del escritor: más de cien botellas de brown sherry, una docena de old dry pale sherry, una gran cantidad de amontillado, cuantiosas magnum de golden sherry… A modo de anécdota, suele contarse que el maestro poseía un canario al que llamó Dick y al que cada mañana servía “a thimbleful of sherry” (“un dedal de jerez”). Parece ser que el pájaro vivió quince años, cuando la vida media de su especie no suele sobrepasar los diez.

Adentrándonos en el siglo XX, sabemos que Somerset Maugham, el escritor más popular del mundo en los años 1930, fue además un rendido admirador del sur de España; tanto que en 1905 publicó un libro, The Land of Blessed Virgin: Sketches and Impressions in Andalusia, donde ubica y alaba profusamente el jerez. Aldous Huxley, por su parte, tras visitar la zona a finales de la década de los 1920, escribió a su padre desde Francia: “Luego pasamos por Jerez –¡qué sherry, dicho sea de paso!–. Ni siquiera en All Souls se bebe algo que sea la mitad de bueno que lo que uno toma por unos peniques en la copa que te sirven en los hoteles y cafés de este lugar”.

No todas las menciones, sin embargo, se quedan en las altas esferas literarias: los elogios y referencias son notables también en la literatura popular. ¿Cómo no mencionar a otra gran aficionada, la simpar anciana Miss Marple de Agatha Christie? Tan sólo en Se anuncia un asesinato, el sherry es mencionado hasta quince veces –alguna incluso bajo la sospecha de que pueda estar envenenado–.

Al socaire de los cambios en los gustos y las modas en las bebidas, quizá en la segunda mitad del siglo XX las alusiones parecen ser menos frecuentes, si bien nunca llegan a desaparecer. Kingsley Amis, por ejemplo, lo refirió repetidamente en Lucky Jim; Ian McEwan lo menciona más recientemente en Chesil Beach; incluso la madre de Bridget Jones lo bebe en la célebre y divertida novela de Helen Fielding que arrasó en los 1990 en librerías.

De las más altas glorias literarias a iconos de la literatura comercial: ahí ha estado siempre el bendito sherry como muestra de una legendaria conexión entre lo que el sol es capaz de generar en las blancas tierras del sur y lo que los paladares británicos han ansiado degustar bajo los grises cielos de la Pérfida Albión. Agarrada a la estela de mi pasión por la literatura inglesa, ¿cómo habría yo de resistirme a escribir sobre él? Sirvan unas últimas palabras del gigante Shakespeare, de nuevo en boca de Falstaff, para ratificar lo veraz de su leyenda y virtud: “Si yo tuviera mil hijos, el primer principio humano que les enseñaría sería el de abjurar de las bebidas flojas y entregarse al jerez”.