Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

Baltimore, 5 de octubre 1849

Sarah Elmira Royster, acompañada de una tía suya que a duras penas es capaz de seguir su paso acelerado, camina nerviosa por las calles de Baltimore. Llevaba ya un par de días muy alterada: a los preparativos de la boda, al cabo sólo de quince días, se sumaba el hecho de no saber nada de Edgar desde que se marchó de Richmond cuatro días atrás. Había tomado el tren en dirección a Nueva York después de haber estado realizando visitas por la zona para tratar de conseguir inversiones para su proyecto de revista literaria para la que ya tenía nombre The Stylus, y no había vuelto a tener noticias suyas. Hasta que el día anterior recibió un recado del Washington College Hospital de Baltimore comunicándole que su prometido estaba ingresado allí en estado muy grave.

Entra como una exhalación en el centro de salud y al preguntar en el mostrador de la entrada, la hacen esperar hasta que un doctor acude a su encuentro. Camino de la habitación le explica que ha diagnosticado inflamación cerebral causada por la ingestión de alcohol, quizá mezclada con algún tipo de droga, aunque es difícil de precisar.

-Edgar jamás ha tomado drogas –le dice ella.

El médico se encoge de hombros con cierta indiferencia. Les cuenta que fue encontrado en la calle delirando semi-inconsciente. La gente creía que era un simple borracho hasta que alguien se percató de que era en realidad el escritor Edgar Allan Poe. No era de la ciudad, pero era una figura conocida allí, tanto por su matrimonio con su prima de Baltimore, Virginia Eliza Clemm, fallecida dos años atrás  a causa de la tuberculosis, como por sus textos en el periódico de Richmond, el Messenger y, especialmente, por el éxito de su poema El cuervo.

-¡Pero él iba en un tren hacia Nueva York! ¿Cómo acabó aquí en este estado?

El médico se encoge nuevamente de hombros. No ha sido capaz de comunicarse con el enfermo. Sólo dice cosas incoherentes. Dado el estado crítico, su tía se queda fuera y pasa únicamente Sarah a la habitación.  Él está muy demacrado, con la barba crecida y el pelo sucio. Murmura palabras ininteligibles.  Ella trata de susurrarle al oído, pero no responde. Sarah siente una mezcla de tristeza y rabia. Le había puesto como condición a su matrimonio que él dejara la bebida y la vida desordenada y él estaba tan ilusionado que le había jurado que no volvería a probar el alcohol, que de hecho ya lo había dejado y ahora le producía rechazo tan solo su olor.

Los dos llevaban más de veinte años esperando en cierta manera ese momento. Se conocieron en Richmond cuando Edgar vivía con su padrastro tras el fallecimiento de su madre y eran vecinos. Él tenía 16 años y ella 15 cuando se dieron cuenta de que estaban enamorados. Sonríe al recordarlo en aquellos días: guapo, introvertido, fantasioso… Pero también recuerda la amargura cuando su padre prohibió cualquier posibilidad de compromiso porque le parecía demasiado poco para su hija: huérfano, sin un futuro claro y además le parecía un muchacho extraño, poco de fiar.  Por eso cuando él se fue a la universidad, ella pensó que la había olvidado y se casó con un empresario acomodado. Pero él no la olvidó, de hecho escribió muchos poemas pensando en ella y su amor nunca se enfrió del todo. Cuando, después de haber enviudado los dos, volvieron a reencontrarse al filo de cumplir cuarenta años, fue como si el destino les diera una segunda oportunidad.

Sarah lo mira en la cama hecho un despojo y suspira. Al final, su padre tenía razón y Edgar era poco de fiar. A dos semanas de la boda se había emborrachado hasta casi la muerte. Una enfermera entra en la habitación y le trae la ropa que llevaba puesta el día que lo trajeron al hospital. Sarah la mira con extrañeza. No es la ropa con la que partió de Richmond. De hecho, no es ropa suya. Esa camisa azul, esa chaqueta de cuadros… ni siquiera es un tipo de ropa  que a él le agradase llevar, siempre aficionado a los trajes oscuros.

Al salir de la habitación se encuentra con un viejo amigo de Edgar,  James E. Snodgrass. Aún lleva en la mano las prendas que le ha dado la enfermera y se las muestra. “Es la ropa que llevaba Edgar… es impropia de él. ¡Es como si fuera disfrazado!” le dice. Y Snodgrass se queda pensativo.  “¿Y qué hacía aquí? ¿Qué hizo durante tres días en Baltimore disfrazado? ¿Por qué volvió a beber?” se sigue preguntando ella. “¿Por qué su vida siempre ha de resultar tan extraña?”

Él la mira fijamente y le dice que ha habido otros casos anteriormente: hay bandas organizadas de timadores electorales… Ella no entiende y le cuenta que  alguien interesado en que salga un determinado candidato les paga para que droguen a la víctima y la disfrazan de varias maneras para que vote varias veces. Y el 3 de octubre se celebraban unos disputados comicios locales…

Sarah vuelve a la habitación y ve cómo su prometido se agita en un coma febril. Le pide que le diga qué pasó esos días en Baltimore. Que le cuente si alguien le hizo daño… pero no obtiene ninguna respuesta.

El 7 de octubre fallece Edgar Allan Poe en la cama del hospital sin que nunca vaya a desvelarse el misterio del último de sus relatos, el de los últimos días de su propia vida y las opacas circunstancias de su propia muerte.

 

La alargada sombra de Poe

Las extrañas circunstancias de su muerte parecen uno más de los cuentos que escribió y que lo convirtieron en el padre de la narrativa de terror gótico. Cuentos como El escarabajo de oro, Berenice, Los crímenes de la Calle Morgue o La Caída de la Casa Usher lo han convertido en el referente fundamental de la narrativa oscura más brillante. Pero su influencia en la historia general de la literatura es asombrosa. Influyó decisivamente en los poetas simbolistas franceses, en Borges, inauguró el género policiaco con Los crímenes de la calle Morgue (inspiración y algo más para Conan Doyle y su Sherlock Holmes) e incluso fue leído por Jules Verne, que siguió la estela de la única novela de Poe, La narración de Arthur Gordon Pym, en uno de sus viajes extraordinarios: La esfinge de los hielos.