“Memorias de África” es la crónica maravillosa de una aristócrata danesa en Kenya, en busca de lo imposible.

 

Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

Nairobi (Kenya), 22 de julio de 1931

Una mujer blanca, muy delgada, de gesto algo severo pero guasón empaqueta los restos de un naufragio. Bajo una montaña de vestidos que en Europa pasaron de moda muchas temporadas atrás, descubre la bocina de un gramófono. Su viejo gramófono que expandía por la sabana la música charleston que acudían a escuchar sus trabajadores kikuyus al porche de la casa los domingos por la mañana con una mezcla de risa y veneración.

Diecisiete años atrás Karen Dinesen, Tanne la llamaban en familia,llegó a Nairobi para contraer matrimonio con su primo sueco, el barón Bror Blixen-Finecke. Traía una valija descomunal con vestidos de hilo, sombreros fantasiosos y hasta un reloj de cuco. Llegaba también con el sueño de poner en marcha una plantación de café, la Karen Coffe Co. La granja estaba a demasiada altura para el café y pronto vio que el único interés de su marido era salir de cacería, especialmente de señoras. Como regalo, le contagió la sífilis; una enfermedad incurable que la inhabilitaría para tener hijos y haría que tuviera problemas de salud el resto de su vida. Por culpa de esa enfermedad, su padre se había suicidado cuando ella tenía 10 años. Pero ella no se rindió. Cuando muchos años después, siendo una anciana casi transparente, le preguntaron qué consejo daría a los jóvenes que van a arrancar su vida, contestó: “Yo les diría que ante todo deben ser valientes. Sin valentía no hay forma de vivir. Y si me volviesen a preguntar, añadiría que es imprescindible poseer el don de amar y un buen sentido del humor”.

Pese a todos los desastres financieros y conyugales, ella construyó en su granja un mundo a su medida: el té de las cinco en su juego de porcelana, el cocinero adiestrado para hacer soufflés y cuernos de crema servidos en su vajilla danesa… Podía ser la mujer más snob y aristocrática del mundo, pero era la primera en meterse hasta las rodillas en el barro cuando en la época de las lluvias caían los cercados. Hizo levantar una escuela para los hijos de sus jornaleros kikuyus y nunca se llevó bien con la colonia inglesa porque despreciaban a los africanos.

La lectura de Memorias de África y Sombras en la hierba (escritos con 25 años de diferencia pero actualmente reunidos en un solo volumen) nos trasladan a ese mundo suspendido en el tiempo de los recuerdos al pie de las montañas de Ngong donde el mundo se regía por el paso de las estaciones y las gacelas acudían al amanecer a beber de los veneros al pie de las viviendas: Una lectura de un magnetismo irresistible, un poder evocador y una vibración que la convierten en extraordinaria.

Vivió el contacto con la naturaleza más primigenia, se adentró en la selva, cazó leones, renegó de la caza de leones, lidió con cosechas desastrosas y angustiosos problemas financieros, vio hundirse su matrimonio y conoció el amor con el guía de safaris Denys Finch-Hatton (en la versión cinematográfica dirigida por Sidney Pollack interpretado por un luminoso Robert Redford). Era una mujer tozuda. Todos veían que la plantación era insostenible, pero ella se empeñó en sostenerla. Hasta que ya no fue posible. Quizá esa granja de café a una altura imposible sólo se mantenía por la fe de Tanne. Al distanciarse de Finch-Hatton, porque él era demasiado libre y no quería ataduras, todo se vino abajo. Había empezado a desmontar la granja cuando recibió la noticia de que Denys se había estrellado con su avioneta.

Al tomar el barco en Mombasa con 25 cajas embaladas donde viajaba lo que quedaba de su vida, Karen Blixen se despedía de África y de sí misma. Sería a partir de su retorno a la casa materna de Rungstedlund cuando se sentó en un escritorio y nació la escritora Isak Dinesen: el apellido de soltera y un nombre masculino (Isak, porque significa en hebreo “aquel que hará reír”).

Nunca volvió a África. “Cuando se ha sido feliz en lugar que entre tanto ha cambiado, igual que cambiamos nosotros mismos, no se debe regresar.” Quizá es que en realidad nunca llego a irse del todo porque una parte de ella se había quedado allí para siempre.

 

¡¡¡¡¡¡¡¡La granja al hoyo!!!!!!
El esfuerzo épico de esta danesa tozuda por sacar adelante una planta de café en Nairobi desde la que mirar las montañas de Ngong se ha convertido hoy día, signo de los tiempos, en un campo de golf. Aquella zona demasiado alta para el café, lluviosa y de caminos embarrados se ha convertido hoy día en una zona residencial para blancos con dinero y parte de su granja es ahora un campo de golf, el Karen Country Club. La zona del hoyo 18 eran cafetales. Algunos de los árboles que vieron a la baronesa Blixen ir agobiada de un lado para otro tratando de salvar lo imposible siguen allí, tal vez nostálgicos de un tiempo en que en lugar de ricos ociosos jugando con sus palitos había gente que luchaba por sus sueños.