“El corazón de las tinieblas” o la degradación moral de la refinada Europa que expolia cruelmente África.

 

 

 

Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

Junio de 1890

Todavía es marino mercante. El escritor se va fraguando por dentro. Las hojas aun por corregir de La locura de Almayer viajan con su equipaje. Joseph Conrad se asoma por la borda del Roi des belges, un pequeño barco a vapor con hélice de rueda que asciende cansinamente el río Congo. La enfermedad del capitán, un joven danés, le ha permitido tomar el mando unos días. Aunque eso alivia poco su mal humor, que ha ido haciéndose cada vez más sombrío desde que tras hacer escala en Libreville, en el Golfo de Guinea, llegaran a la costa del Congo y remontasen el río 100 kilómetros hasta Boma, centro administrativo del Estado Libre del Congo. Un título algo sarcástico para un lugar donde ha ido viendo con creciente malestar la manera en que los europeos han puesto el pie en África. Iban a traer el progreso pero sólo han traído el expolio, la esclavitud y el desprecio hacia los habitantes nativos.
En Boma hacía un calor pegajoso y los mosquitos mordían. Sólo parecía un buen lugar para las ranas. Pero le va a parecer un lugar medianamente civilizado cuando continúe adentrándose aún más hacia el interior a través de esa sinuosa carretera de aguas turbias que es el río Congo. En Matadi un contratiempo le ha permitido trabar amistad con un inglés que conocía muy bien el terreno y es la primera persona que le muestra su indignación con la manera en que los europeos arrasan poblados, esclavizan personas –mayormente para trabajar en las plantaciones de caucho o de portadores- y ejecutan o castigan dolorosamente a quienes oponían resistencia. Se cortan pies y manos de nativos como si fuera un deporte. Porque a África han llegado aventureros de dudosa moral, buscavidas y matones sanguinarios convertidos en capataces de las empresas europeas ávidas de materias primas. Gente de pocos escrúpulos dispuesta a desafiar la disentería, la malaria y el desarraigo a cambio de un sueldo. El inglés elegante y tenaz se llama Roger Casement y llegará a conseguir que sus denuncias lleguen al parlamento de Inglaterra.
En esos años Europa está orgullosa de su civilidad y se han repartido África sobre una mesa de despacho para llevar el progreso a esos pobres infelices. A Conrad le asquea lo que ve a su alrededor. Los blancos de las compañías afincadas en El Congo se lamentan de que cada vez han de hacer más kilómetros para encontrar mano de obra, que los poblados cercanos están vacíos. Parecen extrañados. “La población había desaparecido hacía mucho. Si un montón de misterioso negros armados con toda clase de temibles armas se pusiera de repente en marcha por el camino de Deal a Gravesend, capturando lugareños a derecha e izquierda para que transportaran sus pesadas cargas, imagino que todas las granjas y las casas de los alrededores se quedarían vacías muy pronto”.
Conrad mira por la borda del barco y en la orilla la vista choca contra los murallones verdes de una selva tupida en la que no penetra el sol. “Observar una costa mientras se desliza ante el barco es como pensar en un enigma”. Siente sobre su piel el sudor pero también una atmósfera moral pegajosa. Van camino de un puesto avanzado de la empresa belga con la que ha firmado un contrato de tres años. Apenas lleva un mes y ya se está arrepintiendo. La empresa se dedica sobre todo a la exportación de marfil. Cómo se consiga ese marfil, les importa un cuerno. Ha oído muchas historias y retazos de conversaciones que han ido fraguando en su cabeza un cemento oscuro a medida que el barco se adentra más y más en el laberinto vegetal. Los europeos parecen haberse despojado al amparo de las sombras de la selva de toda barrera moral. Ha oído hablar de un empleado de la compañía, lo va a bautizar como Kurtz, el único blanco en la delegación más avanzada y entremetida en medio de la jungla a cargo de la captación de los colmillos de elefante. Se dice que hace semanas que no hay noticias suyas y hay ciertos rumores sobre él que resultan inquietantes. Se habla de prácticas sombrías. Alguien dice que un marinero del barco de suministros que llegó a la empalizada que protege su cabaña vio cabezas humanas clavadas sobre estacas. El barco avanza. La selva se cierra sobre ellos igual que el mar se cierra sobre un buzo. Van camino del corazón de las tinieblas.

¡¡¡¡Navegar y escribir!!!!!
Joseph Conrad nació en una Polonia ocupada por los rusos, dejó los estudios y se fue a Francia, donde se enroló como marinero en Marsella. Después de unos años de juventud turbulenta, se fue a vivir a Inglaterra, donde acabó obteniendo el título de capitán. Puede decirse que su verdadera patria fue el mar. Incluso, cuando se retiró de su profesión, cansado de las dificultades para encontrar barcos y por la definitiva desaparición de los barcos a vela, jubilados por la navegación a vapor. En El espejo del mar, un ensayo magnífico -existe una excepcional edición en castellano con traducción de Javier Marías- relata con una mezcla de amor odio esa relación con el mar, al que consideraba que nunca había que perder el respeto ni tomarlo como aliado.