El especialista en derecho internacional e historia de la Europa del Este, José Ángel López, autor de «Bielorrusia. La última república soviética» y «Rusia, EU y derechos humanos: 30 años de complejo encaje», ofrece durante esta entrevista algunas claves para entender mejor el conflicto entre Rusia y Ucrania y el papel de Bielorrusia.

 Texto: David VALIENTE

 

Ha vuelto la guerra a Europa. Hacía tiempo que en el anciano continente no se oían los cañones con tanta vehemencia. Ucrania está en proceso de ser engullida por un vecino alto y espigado con el que mantiene cuentas pendientes desde hace tres décadas; y nadie lo esperaba. Parece que los acontecimientos aciagos del 2014 no fueron un aviso lo suficientemente potente como para abrirnos los ojos. Parece también que los malabares constitucionales realizados por Vladimir Putin durante la pandemia han sido solo juegos de manos de un autócrata cada vez más discordante con el derecho internacional: ahora que un país traslade a la frontera del vecino más de 150 000 unidades militares es lo más normal del mundo.

Los medios de comunicación no hablan de otra cosa desde que el 24 de febrero comenzara la ofensiva rusa. En Librújula queremos poner nuestro granito de arena informativo y por ello hemos hablado con José Ángel López Jiménez, colaborador habitual de la revista. José Ángel ha encaminado su vida al estudio del antiguo espacio soviético desde bien niño: “Cuando iba al instituto, entre idas y vueltas, tenía que tragarme dos horas y media de transporte público, ese tiempo lo invertía en leer a los clásicos rusos; vete tú a saber qué entenderá un chaval de trece o catorce años de las lecturas de Dostoyevski”, recuerda el profesor de la Universidad Comillas. Estudió historia siempre sin perder de vista ese territorio yermo y helado situado en la otra punta del continente: “En los años de licenciatura realicé mis primeros ensayos sobre la historia de Rusia contemporánea”. Continuó formándose en políticas, derecho internacional y se doctoró con una tesis sobre el conflicto en Transnistria. Hoy José Ángel es todo un especialista en derecho internacional e historia de la Europa del Este, la cual ha pateado en su gran mayoría. Recientemente ha publicado dos libros muy relacionados con el conflicto actual: Bielorrusia. La última república soviética (Editorial Báltica) y Rusia, EU y derechos humanos: 30 años de complejo encaje (Editorial Tirant lo Blanch), este último con la colaboración de compañeros especialistas. José Ángel nos va a ayudar a entender mejor los planes de Putin y de su único aliado seguro en Europa del Este.

Comenta en su libro que la identidad bielorrusa, en comparación a las otras, se desarrolló muy tardíamente, ¿a qué se debe esto?

Bielorrusia no es el único caso de territorio frontera o de tránsito, aunque sí de los más llamativos porque se configuró con pueblos indoeuropeos, que constituyeron entidades político-territoriales de diferentes magnitudes y naturalezas. Ya a finales del siglo VII encontramos los primeros vestigios étnicos del pueblo bielorruso, pero su independencia estatal no se produjo hasta 1991. Antes había formado parte de imperios, principados, ducados y reinos. No es incompatible el desarrollo de una identidad étnico-cultural sin la previa construcción de una estructura estatal propia. Aun así, las otras identidades opacaron a la bielorrusa y un ejemplo claro de ello es la lengua. El bielorruso, según las fuentes filológicas, tiene una identidad propia respecto al ruso aunque también muchas afinidades. Pero no fue hasta el siglo XIX que los bielorrusos comenzaron a desarrollar una conciencia nacional incipiente que enseguida, con la revolución del 17 y la guerra civil rusa, se asimiló al resto de identidades federadas en la Unión Soviética. No obstante, el mazazo definitivo tristemente lo recibieron de Lukashenko, quien reconstruyó un Estado desnacionalizado, cerrando el grifo de la identidad nacional, empleado por él en 1994 para obtener la presidencia. Lukashenko considera que la mejor forma de controlar a la población y al posible nacionalismo que pudiera emanar de ella es la rusificación.

En su ensayo recoge la idea de que es un Estado-nación fallido.

Así es. Lukashenko se subió al carro de las demandas nacionalistas, siempre de perfil, como un camaleón que cambia de color para adaptarse al terreno y defenderse de sus depredadores (yo llamó lukashianismo a esa ideología por la cual solo cuentan los intereses de Lukashenko). Precisamente, fue esa actitud camaleónica la que en 1994 le permitió acceder al poder, pues antes de presentarse a las presidenciales formó parte de una comisión parlamentaria encargada de investigar la corrupción de sus predecesores. Esa aureola de transparencia y reformismo sedujo a los votantes. Sin embargo, desde el minuto uno de su llegada al poder, comenzó su carrera de autócrata.

Entonces, ¿Bielorrusia está en peligro de perder su soberanía en corto plazo o ya la perdió?

Soy partidario de lo segundo. El Tratado de Unión firmado en 1999 creó un entramado común institucional que en la práctica no condujo a la toma de decisiones en común, pero abrió los cauces para una relación demasiado estrecha. Lukashenko lleva un par de décadas tratando de marcar distancia con Rusia, porque, y sobre todo a partir de la anexión de Crimea, sabía que la unidad se acabaría consolidando. Putin buscaba fusionar los dos países. Por este motivo, Lukashenko intentó firmar tratados comerciales con China, retomó el contacto diplomático con Estados Unidos y abrió puertas con la Unión Europea. Su objetivo era una multipolaridad que le permitiera no estar amarrado a Putin. Sin embargo, las alternativas no llegaron a buen puerto, y en 2020 no le quedó más remedio, si quería seguir en el poder, de no despegarse del mandatario del Kremlin, quien le suministra desde artefactos militares a gas. Ahora Lukashenko es un títere de Putin. Los sucesos en Ucrania descolgaron el telón, los espectadores pudimos conocer la verdadera relación que mantienen los dos países, que es la misma que le gustaría tener a Putin con Ucrania.

¿Y cómo ha sido la relación de Bielorrusia con su vecino occidental, la Unión Europea?

La Unión Europea ha desplegado todo su instrumental, pero el régimen de Lukashenko confronta en todo lo relacionado con los derechos humanos, y esto los ha distanciado. Aunque Bielorrusia no forma parte del Consejo Europeo ni tampoco está sujeto a la jurisdicción del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, sí se benefició de la Política Europea de Vecindad con una serie de ayudas dirigidas a mejorar el país en materias de democracia y economía de mercado. Al menos Lukashenko le sacó partido. No sabemos qué ha hecho con el dinero, pero desde luego no lo ha invertido en mejorar su estructura político-económica. Soy muy crítico en lo referente a los procedimientos de solución política que se dan en el antiguo espacio soviético; considero que falta más presencia de la UE y sobra de países miembros a título personal. De todos modos, a pesar de mis críticas, con Bielorrusia hubo acercamientos cortados por el régimen. La Unión Europea no debe ceder en todas las materias, hay una serie de líneas rojas inviolables. Ya sufre de falta de credibilidad, no puede sumar  una nueva entrada en su currículo.

Pasemos a hablar un poco del conflicto actual en Ucrania. ¿Es posible que la intervención en Kazajistán fuera una muestra de fuerza por parte de Putin y un adelanto de sus futuras acciones?

No lo veo tan claro. Responde más a un intento de mostrar su poderío dentro del Tratado de Seguridad Colectiva. Su estrategia respecto a Asia difiere de su flanco occidental, sobre todo, porque  aquí sus vecinos son la Unión Europea y la OTAN. Sin duda, Putin ha diseñado un plan y ha esperado su oportunidad para llevarlo a cabo; ahora tiene sentido que durante lo más duro de la pandemia realizara una serie de reformas constitucionales que, entre otras cosas, le permiten quedarse 14 años más, además de subordinar el derecho internacional al derecho interno en la Constitución rusa. Así ha conseguido que acciones que violan la ley internacional, como es declarar la independencia de los distritos orientales o intervenir en Ucrania, estéticamente y desde la perspectiva del Kremlin no lo hagan.

¿El hecho de que Rusia haya sido imperio antes que nación tiene algo que ver con el actual conflicto?

Eso lo dijo el historiador y especialista en Rusia Geoffrey Hosking. Extender sus fronteras lo máximo posible es la forma más segura, para un país tan grande y con tantos vecinos, de defender su núcleo. Durante el proceso de reconfiguración del antiguo espacio soviético, se retomó, dentro del núcleo nacionalista ruso, el vetusto debate entre occidentalistas y eslavófilos de Nueva Rusia (Novoróssiya). Este proyecto, en realidad, contemplaba la adquisición de soberanía territorial, algo que está ocurriendo ahora con la absorción de Bielorrusia, la invasión de Ucrania y la creación de Estados independientes. En 2007, Putin lo advirtió en la Conferencia de Seguridad de Múnich: tras el breve lapso de subordinación a Occidente, Rusia está de vuelta y su foco está sobre sus vecinos más próximos.

Desde que comenzó el conflicto, en las principales capitales del país invasor se han producido una serie de manifestaciones en repulsa a las acciones cometidas por Putin. Pero los rusos se caracterizan por su ferviente nacionalismo, ¿cree que el alarde de poder no disguste a una mayoría de la población rusa?

Es una pregunta difícil de responder con números exactos. Si comparamos los índices de popularidad del 2014, cuando aconteció la anexión de Crimea y la intervención de los distritos orientales, con los de ahora, observamos un notable descenso. Las acciones posteriores al 2014 le han restado popularidad, no niego que haya un porcentaje de la población con un exacerbado sentimiento nacional, sin embargo, el verdadero problema lo encontramos en la manera de articular ese orgullo desde una posición internacional. Son escasos los problemas entre minorías eslavas: entre ucranianos, bielorrusos y rusos no existe ningún litigio (salvo por lo acontecido hace ocho años y la invasión actual). La mixtura entre las poblaciones es constante; todos se consideran miembros de una gran comunidad. El supuesto genocidio a los rusoparlantes en los territorios orientales es una hipérbole de Putin, un intento de instrumentalizar las relaciones interétnicas para sus propósitos.

¿Y China? ¿Qué papel puede desempeñar en este conflicto?

Rusia mantiene con China una relación de aliados estratégicos coyunturales, tibios en algunas situaciones, pero inquebrantables dentro de Naciones Unidas. Sin embargo, China también puede moderar tanto el discurso como las acciones exteriores de Putin y seguramente lo haga si la guerra profundiza tanto la crisis económica que afecte al crecimiento nacional chino. A China le interesa la estabilidad, por eso no se mete en conflictos, tal vez tendría una actitud más asertiva en el Mar de la China. Pero, por el momento, no tiene incentivos en Tayikistán y Uzbekistán, que son dos territorios por los que podría tener conflicto con Rusia. No obstante, no los veo a largo plazo como aliados permanentes. Rusia dispone de un ejército potente, pero los chinos están construyendo uno muy poderoso. Antes de comenzar las hostilidades con Ucrania, Putin avisó a Xi Jinping de sus intenciones por lo menos para asegurarse la abstención de China en el Consejo de Seguridad.

Volodímir Zelenski ha pedido su adhesión a la Unión Europea, ¿ayudaría a Ucrania?

Es una acción desesperada y entendible por parte de Zelenski. No existen las adhesiones exprés en función a la invasión de un país. Además, la Unión Europea no dispone de un ejército, esa competencia está reservada a los países a título personal y a la OTAN. La UE pauta unos procedimientos de transición a medio y largo plazo mediante unos acuerdos de cooperación. Además ya ha establecido ayuda financiera sin necesidad de que sea miembro.

En el 2014, se impusieron una serie de sanciones a Putin, a los oligarcas y a Rusia, ¿habrán aprendido y sabrán sortearlas?

Por supuesto. Ha lanzado el ataque pensando en la respuesta financiera de Occidente. Pero, en el ámbito de la Unión Europea, ¿qué medidas se pueden tomar más allá de las sanciones? En estos últimos años de relaciones, UE y Rusia se han visto marcados por las continuas sanciones del primero hacia el segundo; y, por otro lado, ¿qué otra respuesta puede dar una institución internacional sin ejército? En el ámbito del derecho internacional se puede proceder como se hizo en 1990 en Irak, primero con una serie de avisos, luego con contactos diplomáticos y, cuando se perpetuara una agresión que vulnera el rango jerárquico superior del derecho internacional, entonces se comenzaría a aplicar sanciones y se implementaría el uso legal de la fuerza armada. Sin embargo, en el caso que nos compete, estas dos últimas medidas son inaplicables porque resulta que dos de los cinco miembros con derecho de veto, Rusia y China, son miembros del Consejo de Seguridad y uno ha vetado cualquier acción y el otro se abstuvo. No se puede hacer nada. La Unión Europea ha desplegado una batería de sanciones nunca antes vista, que estrangulará la economía rusa, aunque, desde luego, habrá un efecto boomerang y nos afectará en la inflación galopante que ya teníamos, en la subida de los precios energéticos y en el crecimiento de las economías nacionales.

Pero, Irak no es Rusia…

Tenemos una imagen distorsionada de Rusia. Los Estados Unidos (y a China le falta poco) superan en lo militar a Rusia; a su vez la economía rusa es muy vulnerable, su PIB para este año es muy similar al de España, 1,5% frente al 1,3% de nuestro país. Tampoco podemos decir que su economía esté saneada y globalizada; es cierto que su nivel de endeudamiento es de un 20% frente al casi 140% nuestro. Los efectos de las sanciones se verán a medio y largo plazo.

¿Putin volverá a violar el derecho internacional? Algunos especialistas han afirmado que el escenario ucraniano se puede repetir en Moldavia, Finlandia y Suecia.

Desde el 2008, Putin ha mostrado, en el espacio que considera de su influencia directa, la asertividad que ahora vemos en Ucrania. En el caso de Moldavia con Transnistria, el otro día leía una entrevista que le hicieron a Yuri Andrujovich en la que aseguraba que la misma mañana del jueves le habían despertado unos misiles lanzados desde la Transnistria; el autor ucraniano vive cerca de la frontera suroeste. Hasta el momento, no he encontrado ningún indicio de la implicación del 14º ejército, destacado en Transnistria, en la invasión. Como se puede comprobar, si quisiera anexionarse Moldavia lo tendría fácil, ya que Rusia controla la región desde el año 1992, cuando cesó la fase militar del conflicto. En cuanto a lo que se comenta de Finlandia y Suecia, me parece una distopía, una pesadilla que prefiero no pensar porque estaríamos hablando de un autócrata que ha perdido toda la razón. Es un escenario y un contexto que no contemplo. Como tampoco contemplo la posibilidad de que se lanzara sobre las repúblicas bálticas; si fuera así, mejor dejemos la entrevista e intentemos pasar nuestras últimas horas lo mejor posible. Lo que no descarto es algún pequeño incidente no buscado en el Corredor de Suwalki, donde hay un número importante de tropas concentradas, tanto de la OTAN como de Rusia. Esta franja conecta Bielorrusia con Kaliningrado, enclave ruso, dentro del espacio OTAN y EU, con misiles Iskander desplegados.

Europa defiende los derechos humanos y el principio de libre consentimiento, mientras Putin considera el antiguo territorio de la URSS su patio trasero donde puede hacer y deshacer, ¿cómo llegan a un acuerdo esas dos maneras de pensar opuestas?

Es muy complicado. Rusia y la Unión Europea son vecinos, por lo tanto no les queda otra que entenderse, aunque diplomáticamente son socios incómodos. Rusia funciona con su propio manual de negociaciones donde desde el primer momento se plantea la negociación de máximos, algo que dentro de la diplomacia se debe evitar. Rusia lleva años ninguneando los procesos diplomáticos. Es muy complejo entenderse diplomáticamente con el Kremlin, pero habrá que seguir intentándolo.

El canciller alemán, Olaf Scholz, dijo: “El 24 de febrero marcó un cambio en la historia de Europa. El mundo ha cambiado, no es el mismo que antes de la ofensiva”, ¿vamos hacia un nuevo orden internacional?

Antes de la invasión de Ucrania ya estábamos en camino hacia la multipolaridad incipiente. Sin duda, Estados Unidos, nuestro «hegemón», desciende paulatinamente, mientras China se encuentra a unos 25 años de echarle mano en lo económico. Rusia también ha recuperado cierta presencia internacional, al tiempo que otras potencias regionales, como Sudáfrica, India, Pakistán o Japón, la están adquiriendo. El debate principal latente dentro de algunos años tendrá que ver con cuáles van a ser los principios y valores que regirán el nuevo orden multipolar. Pues, sin ir más lejos, Rusia y China muestran su inconformismo con el derecho internacional, base del orden actual. Y entiendo que se critique la actitud de la OTAN y Estados Unidos respecto a la protección de las minorías en Kosovo e Irak, pero tampoco es de recibo que Rusia emplee los mismos argumentos para intervenir en Ucrania. No distraigamos la atención de lo importante, los ilícitos previos no deben justificar los posteriores. Critiquemos los previos y evitemos los posteriores.