Los detectives duros de Hammett, en caso de duda, ponen por delante la justicia a la ley. Seguimos asomándonos a la vida y milagros literarios de algunos de los grandes del género policial a una semana de la inauguración del Festival BCNegra en Barcelona.

 

Texto: Sabina FRIELDJUDSSËN 

 

El padre de Dashiell Hammett (Estados Unidos, 1894- 1961) era un conductor de autobús con eternos problemas económicos y el joven Dashiell solo asistió a la escuela hasta los 14 años. Era un chaval solitario, incluso algo violento, pero muy lector, que se pasaba horas en la biblioteca pública. Fue recadero en una compañía férrea y vendedor de mariscos. En cuanto reunía algo de dinero, dejaba el empleo y desaparecía del mapa.

Con veintipocos años ya tenía afición a la bebida y los prostíbulos. A los 22 entró a trabajar en la agencia de detectives Pinkerton, famosa por haber perseguido delincuentes en el salvaje Oeste. Uno de estos agentes que lo adiestró en Baltimore le inspiró el personaje de tres de sus grandes novelas, el agente de la Continental.

En la Pinkerton vio de todo: tareas loables de encontrar muchachas desaparecidas pero también ver cómo empresarios contrataban a la agencia para reventar huelgas y eso lo reventaba a él. En una intervención en una huelga contratados por la empresa, uno de los responsables sindicales acabó asesinado y el juicio quedó en nada. Eso le produjo una profunda decepción con el sistema judicial y fundamentaría la arcilla moral de su gran personaje, el detective Sam Spade: ante la duda entre ley y justicia, Sam Spade primero se toma un trago y, después, opta por la justicia. Que los métodos para llegar al buen fin no sean muy ortodoxos, o no lo sean en absoluto, es poco relevante.

En 1918 Hammett dimite de Pinkerton y se alista en el ejército, todavía con la Primera Guerra Mundial en marcha. Fue adscrito al servicio de ambulancias , donde se le reprodujo una tuberculosis. Lo enviaron a un hospital saludable en California, pero fumaba y bebía a discreción.  Conoció a una enfermera, se casaron y se instalaron en San Francisco. Después de la guerra vuelve a la agencia Pinkerton, donde empieza a ser uno de los mejores. Lo quieren ascender, pero él está empeñado en esa manía suya absurda de escribir. Lleva el caso del entonces célebre actor Fatty Arbucle en la parte de la defensa, a causa de la acusación de haber violado en su casa de Hollywood a una muchacha durante una fiesta, que acabó muriendo. Fue absuelto pese al clamor popular y Hammett se fue de la Pinkerton para siempre.

En 1922 publica sus primeros relatos en revistas como The Black Mask, especializada en relatos de misterio. Se pone a escribir febrilmente y no deja de beber: el whisky decía que le frenaba la tuberculosis. También decía que “la diferencia entre detective de verdad y el de ficción, es que el primero habitualmente tiene el problema de tener muy pocas pistas y el de ficción, demasiadas”.

Cuando su esposa va a dar a luz a su segunda hija, decide dejar los relatos y buscar un trabajo serio más estable y lo encuentra como redactor de los anuncios de la joyería más importante de San Francisco. Pero la tuberculosis empeora y su carácter se agria. Necesita escribir. Hammett vuelve a Black Mask y el director le anima a que se ponga con una novela. Es la época en que se empiezan a perfilar ese tipo de detectives duros que son tan duros como los propios delincuentes: el Hard Boiled.

Manda a Knopf su primera novela, titula Poisonville. A la esposa de Knopf no le agrada el título y acaba publicándose en 1929 como Cosecha roja. El protagonista es ese agente de la Continental: astuto, de sangre fría, capaz de hacer la radiografía humana de alguien en cuanto abre la boca.

Empieza a arrancar su carrera de escritor y se afianza como redactor publicitario, pero su vida personal es un caos. Juega a las cartas, tiene amantes, entra y sale de su casa como de un hotel.

Su siguiente novela, La maldición de los Dain (la segunda de las cinco grandes novelas de Hammett) también tiene como protagonista al agente de la Continental. Y en 1930 publica El Halcón Maltés, pura historia del género negro. La trama es bastante enrevesada, pero a grandes trazos es la historia de un puñado de peristas, delincuentes, mafiosos y busca vidas -sin que falte la mujer fatal que trata de liar a Sam Spade, y él se deja durante un rato- que persiguen desesperadamente la estatuilla de un halcón que la Orden de Malta regaló en el siglo XVI al rey de España. Aparentemente es una simple escultura negra de cerámica, pero ellos han descubierto que su color oscuro es una burda cobertura que le dio un anticuario para disimular el oro y las piedras preciosas incrustadas debajo.

El editor le pidió que atenuara escenas eróticas y las alusiones  a la homosexualidad, algo que nunca se había hecho antes en una novela de detectives, ¡tan masculinas! Pero Hammett se negó y podía ser muy testarudo. La novela se publicó como él quería y fue un gran éxito. Ganó en un año 100.000 dólares y se los fundió en meses: se compró un cochazo y contrató un chofer, gastaba dinero a lo loco, alquilaba limusinas, vaciaba de whisky los mejores locales de Nueva York y vivía en un hotel carísimo de Manhattan… Su lema era: “no pienso vivir más allá del jueves”. Cuando se quedó sin blanca, el propietario del hotel le dejó una pequeña habitación y allí, forzado por su banca rota, por fin se sentó a escribir y surgió de sus teclas El hombre delgado.

Aceptó, a desgana, trabajar de guionista y conoció en Hollywood a Lillian Hellman, autora teatral en alza. No fue una relación fácil porque los dos eran noctámbulos les agradaba ir por libre sin ataduras, pero pese a los mil altibajos, serían pareja hasta la muerte. Eran dos solitarios que se gustaban.

En 1941 John Huston llevó al cine El halcón maltés  y Humphrey Bogart  se convirtió para siempre en el rostro de Sam Spade. En 1936 Hellman y él hicieron pública su solidaridad con la República española y tendría problemas graves por sus simpatías con el partido comunista. Fue perseguido encarnizadamente por la comisión del senador McCarthy, empeñado en ver comunistas peligrosos por todas partes, como si fuera un antepasado de Santiago Abascal. Hammett se negó a declarar acogiéndose a la quinta enmienda y pasó cinco meses en la cárcel por obstrucción a la justicia y conspiración. Lillian Hellman también pasó por el estrado. Ninguno de los dos dio un solo nombre ni delató a nadie. Sam Spade se habría sentido orgulloso de ellos.

Al salir de la cárcel, harto de todo, se fue a vivir con Lillian Hellman a la costa de Massachussets. Daba cursos en una escuela de Jefferson y estaba jocosamente convencido de que la mitad de matriculados eran del FBI. “No dejaré ni que los polis ni que los jueces me digan lo que es la democracia” repetía una y otra vez hasta su muerte en 1960 por cáncer de pulmón.