Camino de la inauguración del Festival BCNegra de Barcelona, nos detenemos en una de las autoras canónicas del género, que convirtió sus obsesiones personales en oro literario.

 

Texto: Antonio ITURBE 

 

Patricia Highsmith nació en Tejas en 1921 pocos días después de que sus padres se divorciaran. Creció odiando a su padrastro, que le había robado el afecto y la atención de su madre. Fue una adolescente solitaria y arisca obsesionada con su madre -lo estuvo toda su vida- que prefería la compañía de un libro de Dostoievski o de Joseph Conrad a la de cualquier ser humano. Con el paso de los años no variaron demasiado sus preferencias. En la juventud empezó a notar su tirón hacia otras mujeres en unos años en que el lesbianismo era considerado una enfermedad. Parte del dinero que ganaba como dependienta en una tienda de juguetes de Manhattan lo gastaba en un psicoanalista para ver si se espantaban sus fantasmas homosexuales. Pero lo que hizo en esa juguetería es quedarse prendada de una clienta rubia con un abrigo extravagante, que sería la inspiración para su personaje de su novela Carol.
Cuando llegaba a casa de trabajar, para desconectar de ese mundo de empleada que le resultaba frustrante, se echaba una siesta y al despertar se duchaba, como si se iniciara el nuevo día, y se sentaba a escribir. Durante toda su vida escribir fue lo único que la salvo del asco de vivir. Tuvo aventuras fugaces con muchas mujeres, pero su carácter hosco hacía que todas acabasen mal. En realidad, no le gustaba la gente. No podía escribir una sola línea si había alguien en su casa, aunque fuese la persona de hacer la limpieza. Solía decir que odiaba a Hemingway y amaba a los gatos. Durante un tiempo toleró a Truman Capote, otro desubicado en un Nueva York de noches interminables. Acabó enfadándose hasta con su propio país y en 1965 se autoexilió a Europa, donde llevó una vida aún más solitaria. En sus diarios no cuesta encontrar frases tan nubladas como estas: “Una razón para admirar el automóvil: destruye más gente que las guerras”. “A menudo pienso que mi único amigo es mi paquete de cigarrillos”.
Pero esa misoginia no excluyó el sexo durante muchos años de su vida. De hecho, tuvo muchos encuentros fugaces en lavabos de restaurantes y amantes de una o dos noches, pero ninguna relación duradera que le resultara posible de mantener. “El sexo para mí es una religión. No tengo otra. Mientras existan las mujeres bonitas, ¿quién puede estar realmente deprimida?”
Tuvo que soportar negativas en varias editoriales hasta poder publicar su primera novela en 1950: Extraños en un tren. Tampoco tendría un éxito enorme, pero ahí intervino el ojo de Alfred Hitchcok, que compartía con ella la predilección por las rubias. La adaptó al cine al año siguiente de manera inolvidable (y un dato no menor: con Raymond Chandler entre los guionistas) y eso disparó su popularidad. Ya desde el principio, Highsmith marcaba su territorio: narraciones con una poderosa tensión moral en la que las líneas entre el bien y el mal se difuminan.
Es en 1950 que nos presenta a un tipo aparentemente encantador llamado Tom Ripley. Con El talento de Mr. Ripley inicia una serie de novelas protagonizadas por un individuo retorcido que en su afán por tomar el ascensor social va dejando a su paso una ristra de cadáveres y mentiras. La diferencia con los delincuentes a los que estaba acostumbrado el público es que Ripley puede llegar a ser encantador y se convierte en el protagonista absoluto de la función. Crea una peligrosa química no solo con los personajes de sus historias sino incluso con los propios lectores que, sin poder evitarlo, nos sentimos por momentos insanamente atraídos por la inteligencia y la arrolladora capacidad de seducción de Ripley. En el cine fue el actor Matt Damon quien prestó su sonrisa esplendente -tal vez algo excesiva- a este oscuro personaje trazado con mano magistral por su autora.
El cine ha buscado a Highsmith. El director Win Wenders definió muy bien su narrativa: “Al leer estas historias nos observamos a nosotros mismos. De una pequeña mentira inocente, de una confortable traición, se deriva de golpe una historia horrible. Esto puede ocurrirnos a todos. Es por ello por lo que sus historias son verdaderas, por lo que casi hablan de la verdad, pese a toda la ficción. Constatan que las pequeñas cobardías y la indulgencia mediocre hacia uno mismo o hacia los demás son las cosas más peligrosas que hay.”

El dinero y el reconocimiento no cambiaron la manera de ver la vida de Patricia Highsmith. Emigró a Reino Unido, pero a los pocos años se fue a Francia. Finalmente, se mudó a Suiza en 1981, donde fallecería de leucemia. Si las primeras entregas de Ripley las escribía sentada en el borde de la silla para escribir en máxima tensión, tal y como demandaba el personaje, empujada por un trago de licor antes de arrancar y varios litros de café con mucha azúcar, acabó escribiendo en la cama con café, una rosquilla dulce y una botella de vodka. Aunque no eran hábitos fijos, a veces la botella era de ginebra, o incluso de whisky, porque siempre se consideró muy demócrata en sus gustos alcohólicos.
Quien crea que era una mujer fría se equivocaría. Ella estaba convencida de que “Las buenas narraciones se hacen solo con las emociones del escritor”. Dicen que Patricia Highsmith, áspera y solitaria, nunca supo amar. Pero eso no es posible que sea cierto. Amó profundamente la escritura. En un pequeño libro excelente titulado Sus…pense. Cómo se escribe una novela de misterio decía que “Un verdadero escritor se distingue del falso porque seguiría escribiendo en una isla desierta aunque no hubiera lectores”. Ella lo hizo. Convirtió su casa de Locarno donde solo hablaba con los gatos en una isla donde estuvo escribiendo cuentos, notas, diarios, hasta el último instante.