Chris Offutt vuelve a casa
Hacía más de veinte años que Chris Offutt no nos entregaba una serie de cuentos. Y es una lástima, porque sus relatos son, creo, de lo mejor que escribe. Empezó hace algo más de treinta años con «Kentuky seco», luego, en 1999, apareció «Out of the woods» y, ahora, de la mano de nuevo de la editorial Sajalín, podemos disfrutar de este «Volver a casa». Como se deduce por los títulos, Offutt sigue dándole vueltas a su tierra natal, a las colinas y los montes de su infancia, a las vidas quebradas y duras de sus gentes. A un mundo ingrato, agreste, cerrado y, sin embargo, hermoso.

Texto: Antonio García
Nacido el 24 de agosto de 1958 en Haldeman, un pueblecito de Kentucky que ya ni existe, a los pies de los Apalaches, Chris Offutt es hijo de Andrew J. Offutt, un escritor de escaso éxito que se ganaba la vida redactando literatura erótica, y al que dedicó su libro Mi padre, el pornógrafo. Tras ser rechazado por el ejército estudió Teatro y Literatura Inglesa en la Universidad estatal de Morehead, y se dedicó a recorrer el país haciendo autostop y desempeñando una infinidad de trabajos temporales. Estaba aprendiendo. Y lo que aprendía lo iba a poner pronto por escrito. Ha entregado ya varios libros de memorias, novelas, guiones de series de televisión y esos tres racimos de cuentos que bastarían para ubicarle en un lugar muy alto dentro de la narrativa norteamericana actual. Es sabido que a los escritores de allí les gusta especialmente Chéjov, y si leemos a Offutt entenderemos rápido el porqué.
Chejov también aprendió mucho y lo que sabía lo vertió en unos cuentos precisos, discretos, inteligentes y sentimentales que en pocas páginas encerraban vidas enteras. Raymond Carver se fijó en él y logró cuentos mínimos y tristes, desolados. Chris Offutt puede ser tan triste como Carver pero, también, más duro. Y puede encerrar en pocas páginas la miseria de un destino truncado, la frustración de los miserables y la esperanza inquebrantable de los ingenuos. Un logro impresionante. Lexington es uno de los lugares de referencia de estos relatos. Y los pueblos de los cerros en los que todos los vecinos se conocen, en los que muchos están emparentados y en los que la maledicencia es una especie de surco que determina los caminos, a menudo tortuosos, de sus habitantes. La naturaleza indiferente y sublime imprime un carácter del que es imposible escapar. Es verdad que muchos de los personajes que pueblan los textos de Offutt huyen de ese destino humilde, desolador, opresivo, pero igualmente es verdad que ninguno llega a escapar. O vuelven o la cicatriz es tan grande que les persigue hasta sus últimos días. Regresan, al fin y al cabo, a casa, aunque solo tengan para reunirse con ella a la propia tierra, como le ocurre a la protagonista de Porche trasero, el estupendo relato que cierra el libro.
Volver a casa lo componen once cuentos, alguno de ellos magistral, que representan a la perfección el universo literario de su autor. Hombres y mujeres perdidos, sin oportunidades claras, lastrados por un pasado que pesa como una losa e impide avanzar. La tierra parece negra pero el cielo es azul. Y siempre se puede mirar al horizonte. Es lo que hacen algunos de ellos: mirar más allá de los Apalaches, más allá de Kentucky, subirse a un coche y arrancar, aunque no se sepa muy bien a donde ir. La sensación, casi siempre, es de tristeza, una tristeza insuperable, insalvable, ligada a un presente difícil y a un futuro amenazante. Pero también, y quizás esto sea lo que al final permanece, luce un rayo de esperanza, de confianza, de bondad. Destacan las mujeres duras, desengañadas, perseverantes y audaces que manejan sus castigadas vidas con una dignidad que las embellece y redime. Y unos hombres que intentan encontrarse en un mundo en el que parece no haber sitio para la confianza, el entendimiento o el amor. Uno de los mejores cuentos del libro es, precisamente, Eclipse, un prodigio de humor, sutileza, ingenio y psicología, en el que, sin mencionarlo, se le dan vueltas al amor, a las relaciones de pareja, a la intimidad y las confidencias, al sexo y el respeto, a la intimidad, la comunicación y la confianza.
Solo he lamentado un pequeño chasco, un cuento en el que pienso que Offutt, que tan ajustadamente encuentra el tono de sus textos, parece no haberlo hallado. Es un relato un tanto esperpéntico, algo cómico, poco creíble, que desentona en un conjunto impecable, casi perfecto. Les dejo que indaguen cuál es.









