Las vidas ocultas tras la cortina

Clara Pastor debuta con “Los buenos vecinos”, un libro de cuentos de una calidad literaria sorprendente

Texto y foto: Antonio ITURBE  

 

Clara Pastor se ha sentado a escribir cuando empieza a atardecer. Decir que Los buenos vecinos (Acantilado) es su primer libro podría parecer sinónimo de debut y no lo es, porque como persona que estudió Literatura Comparada en Estados Unidos y lleva años ejerciendo en solitario de editora de Elba, una de las editoriales más sugerentes del país, ha vivido siempre empapada en libros, arte y búsqueda.

Los buenos vecinos agrupa once cuentos escritos como pequeñas fábulas susurradas en las que la cotidianidad, mirada con cierto detenimiento, es suficiente para mostrarnos lo que hay detrás de la fachada de las vidas, o lo que se intuye, o lo que pudo haber sido y no fue, o lo que va a seguir siendo porque esa es su naturaleza.

Los niños protagonizan varios de los cuentos, porque su manera de ver lo cotidiano tiene algo de vara de zahorí que se agita ante lo que no se ve en la superficie. La niña sin nombre que protagoniza Los buenos vecinos se mueve en algún lugar del norte donde el bosque arde y todo son silencios, pero ella quiere un gato. Una niña que recoge por el camino los pájaros muertos “y les hace una cama con hojas, un poco alejada de la carretera, para que descansen donde no puedan pisarlos”. Los animales y los niños siempre tienen riesgo de ser pisados, pero no son tan frágiles como parecen. Uno de los cuentos se titula La infancia es una patria extraña y nos cuenta una historia mínima mientras nieva en Roma y en el Vaticano hay cónclave tras la muerte del Papa: un matrimonio que se va a cenar fuera y deja a los niños con la criada, Flavia. El padre, el señor de la casa, tuerce el gesto cuando ve a la niña haciendo los deberes en la cocina y se extraña de que prefiera esa esquina de la casa junto a esa mujer burda que la soledad de su estupendo cuarto. Esa misma niña Benedetta protegida por la buena posición familiar que al asomarse por la ventana y entristecerse al ver la pobreza de los que caminan descalzos en la nieve le dice a Flavia: “Es como si dios solo estuviera en las cosas que están a punto de desaparecer”.

En estos cuentos, sin estridencias, efectismo, ni desgarro, se abren con mano elegante las cortinas de las vidas y vemos que enseguida atardece, como en La víspera: “la tarde se apagaba detrás de los visillos color de ostra y sobre el mantel blanco no quedaban más que las tazas de café, la cafetera, la bandeja de plata con las pastas de té, un resto de pastel, la jarrita de la leche, la azucarera, una copa con un poco de vino dulce y muchas migas”. Tiene Clara Pastor esta capacidad para las descripciones como si pintara bodegones o retratos de interior con la luz muy tamizada, seguramente influida por sus años de editora de libros sobre pintores, muchos de ellos con su correspondencia o sus reflexiones donde explicaban su lucha por detener la luz sobre un lienzo. Hay en estas páginas una asombrosa capacidad para parar el tiempo sobre el papel con una técnica que tiene algo de pictórica. Cuadros en estas páginas que también son de paisaje rural, como esa madre que pasea con el niño en Final del verano que siente un peso en el aire o ese matrimonio que quiere pegar los trozos del jarrón roto de su relación yéndose a la maravilla del mundo rural, que visto de cerca resulta áspero, violento, feo e incluso amenazador para la sensibilidad de los urbanitas que van al campo con una postal en la cabeza.

Hay, como la de esa pareja, historias sentimentales que terminan y otras que nunca empiezan, como esa tremenda historia del amor que pudo ser en Los que nadie fueron. Pese al tono de melancolía que recorre las páginas, no es un libro desesperanzado, tal vez porque, nos lo dice en el primer cuento, apela a “aquello que duele y nos hace fuertes”. Tal vez porque es lo que nos duele lo que nos importa. Una lectura de una sorprendente fluidez que hace preguntarnos dónde estuvo oculta la mano de escritora de Clara Pastor todos estos años.