A mediados de agosto, Burbáguena (Teruel) se convirtió, por vez primera, en el epicentro de la poesía. Nueve poetas se encontraron con los ecos y las voces de sus calles medievales: Antonio Ansón, Olga Bernard, Nacho Escuín, Sofía González, Simeón Martín, Javier Picazo, Alfredo Saldaña, Juan Antonio Tello y Enrique Villagrasa. En Burbáguena y su Jiloca todo es poesía y más con las obras expuestas por doquier del artista local, José Azul, quien leyó el poema pregón.

 

Texto: Simeón MARTÍN

 

Asistir a un  recital de poesía es como asistir a una cata de vinos. En el vino, se trata de descubrir lo que el caldo aporta al gusto, al olfato, a la vista y al tacto. La poesía añade el oído como elemento fundamental. Pese a todo, si el vino no nos gusta, vertemos la copa y vamos a otro. Algo así sucede con la poesía. El poeta, como decía Bécquer, pretende hacer que sus palabras sean a un tiempo “suspiros y risas, colores y notas”. Bien es  verdad que el poeta sevillano reconoce la imposibilidad de semejante tarea. El lector, en este caso el oyente, debe verse sorprendido por la audacia del poema. El poema debe dejarnos con la boca abierta. Estupefactos, si lo preferís a estúpidos.  El poeta debe “fare stupire”, dicen los preceptistas italianos.

Enrique Villagrasa, Javier Picazo y Sofía González, tres poetas burbagueneros, están, como todos los poetas, tratando de dar con la clave, con la piedra angular que los ancle en su qué hacer poético: palabra, verbo y poema son sustantivos esenciales y existenciales para los tres. Con todo y con ello, cada uno tiene su personalísima forma de decir. El más formal, si seguimos la preceptiva clásica, es Javier Picazo, que escribe  “a sílabas contadas” y alcanza una extraña  perfección en la construcción de sonetos absolutamente clásicos, barrocos incluso. La más ecléctica en la forma es Sofía González, con estructuras clásicas junto a “prosías” o versos trisílabos  y tetrasílabos. El menos formal, el más  veterano, Enrique Villagrasa. Nos recuerda al Machado de “verso libre, verso libre/ líbrate del verso cuando te esclavice”.

Los tres buscan lo mismo: algo, “ese no sé qué que queda balbuciendo” de San Juan de  la Cruz y decirlo pese a todo. Enrique busca la palabra que sirva para definirlos a ellos y a su mundo. Javier y Sofía se ensimisman. Se instalan, como Salinas, en la voz a ti debida, sea Águeda en el caso de Javier o sea el más personal “amor mío” de Sofía. Enrique, metapoeta y buscador insaciable del verso que lo consagre, la voz se la debe a su pretensión de alcanzar el “todo” poético. “La intención conoce su destino cuando el verbo traspasa la propia voz”, dice Sofía.

El “verbo”, los tres lo utilizan en el sentido bíblico de creador de todo.  El valor que se da al término poiesis como sinónimo de creación. Su verbo tiene valor creador, verbalizar es extraer de la nada, no es ordenar ni jerarquizar, como pueda hacer el logos, es una tarea mucho más trascendente. La realidad que crean o que recrean es una realidad inventada, experimentada y recordada. “Escribir es transformar un racimo de palabras en oro” (Sofía). “Leer el poema es leer los ojos. Todo hace falta para ser poeta” (Sofía) “Va siempre mar adentro en busca de la poesía y todavía es invierno” (Enrique)

De Enrique Villagrasa ha dicho Nacho Escuín, que hay tres constantes en su poesía: la trascendencia, el amor a la poesía y la infancia recuperada. No sé si es una impronta de su tierra pero es perfectamente predicable de los tres. La poesía con su carácter taumatúrgico, demiurgo llama muchas veces Enrique al poeta, “es mucho más que la vida, es la resurrección”.

De entre los tópicos más cultivados desde siempre por todos los poetas está el locus amoenus. El lugar apacible, como dice Sofía “un paraíso sin manzano”. Este locus amoenus del que salieron los tres y al que han vuelto y vuelven en numerosas ocasiones, incluso a fijar su residencia después de tantos años, es Burbáguena.

Como concreción y fijación del tópico, Burbáguena les ofrece su sombra. “Entre carrascas y juncos/ he llorado con sus sauces”. (Javier). Les ofrece sus prados y las aguas cantarinas que discurren: “Con prados silenciosos en la orilla de mi siempre Jiloca” (Enrique) “Donde el Jiloca suena cerca y siempre”. “Todo espera a la ribera del Jiloca”. “Desde el puente hasta la fuente,/ he visto tantas estrellas,/ tantos vientos, tantas lluvias/ que allí donde yo esté / siguen estando presentes” (Javier). Lugar ameno,  remedio de exilios, aunque se esté “exiliado en sí mismo” (Javier).

Este lugar cobdiciadero, que diría Berceo, para estos poetas es también un “lugar propicio para el amor”, le tomo prestada la expresión a Ángel González.  Allí tiene lugar el despertar sereno: “la flor en mi ventana,/ la lluvia sonriendo,/ la fuente de tu boca, /el rocío de tu sexo, /el canto del jilguero,/ tu figura, mi sonrisa y tu beso” (Javier).

“Es mi refugio para explicarme el mundo”, dice Enrique. Lugar idílico que lleva a Javier a exclamar, como otro Fray Luis: “Pastor, dichoso tú,/ que alegre en tu cabaña/ vives simple, íntegro y sin saña,/ cuentas las estaciones por cosechas/ y tu tiempo… es tiempo/ y no falacia”. Lugar en el que están colgadas sus infancias, sus recuerdos vivificadores. “Ahora estando tan lejos/ sigo soñando despierto” “¡Quién fuera otra vez la niña de ayer!”

Como Lope de Vega, van y vienen de sus soledades y en ese ir y venir encuentran el remedio. Van a “la fuente de la vida, tras la forma del agua./ Para poder ser a de ser verso / en y con su tierra amada” (Enrique). “Sé de espejismos pasajeros/ que cegaron con fatuos brillos mis caminos/…Requiebro tifones procelosos,/ soy cáscara de nuez a la deriva” (Javier). Van a la búsqueda de lo absoluto: “Dejadme volar al mar!/ Ser ola blanca olvidada/ que vuelve a la playa a morir y descansar”. (Sofía).

Quiero cerrar esta cata con la advertencia de las dos grandes limitaciones con las que se encuentran, por un lado, los poetas: la inefabilidad, es imposible dar con la palabra que exprese cuanto se pretende decir y, por otro la falibilidad del lector, no se es capaz de dar la interpretación correcta. Nunca acertaremos por buenos hermeneutas que seamos. Siempre nos quedaremos cortos en la interpretación.

Volvemos a la cata, estos versos tienen aroma y sabor de grandes autores fáciles de rastrear para un lector iniciado: Antonio Machado, San Juan, Fray Luis, Bécquer, Hernández, Quevedo, Góngora, Lope, Fray Luis, Horacio, entre otros.  Como en las catas, estos sorbos (versos) nos traen a la mente el sabor de los mejores caldos.

 

Burbáguena, amante del Jiloca,

recortas tu silueta entre pinares,

mostrando entre cerezos tus andares,

miras por el norte hacia Daroca./

 

Torre mudéjar, iglesia barroca

que toda novia querría en sus ajuares;

tierra de nobles, escudos y altares,

se quebró tu castillo de la roca.

 

Inquieto miras tu pasado

pues no parece haber mucho presente,

al parecer por todos olvidado/

 

Pero volverás a fluir como tu fuente.

Florecerás como olmo renovado,

pues nunca ya te dejará su gente.

 

Poema de Javier Picazo