“Orgullo y prejuicio” y “Sentido y sensibilidad” se publicaron sin llevar su nombre en portada por ser mujer.

 

 

 

Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

Londres, otoño de 1815

El papel de las mujeres en esa sociedad británica de principio del siglo XIX se regía por una educación que, en el mejor de los casos, cuando se trataba de mujeres de clase acomodada, se centraba en la música, la jardinería y la religión. Incluso los sistemas pedagógicos más avanzados utilizaban las enseñanzas del progresista Rousseau en su Emilio, que en forma de relato venía a fijar las bases de una formación fundada en los principios del racionalismo. En él, la compañera de Emilio, Sofia, es educada como corresponde a una mujer de su tiempo: para que desarrolle sus cometidos de esposa y madre, al servicio de su marido.
La hija mayor del reverendo Austen nunca se ha rebelado contra esos preceptos. Sin embargo, ha optado por permanecer soltera, siempre dedicada al cuidado de sus numerosos sobrinos. Ella, al estar en una casa donde su padre era un hombre culto, ejercía de tutor de diversos muchachos a los que debía formar y poseía una amplia biblioteca, tuvo una educación por encima de la media para una mujer de esos años.
Le fascina la música, especialmente el pianoforte. Pero sobre todo la literatura. Una de las maneras que ha tenido de entretener a sus sobrinos ha sido escribiendo pequeñas obras de teatro e inventando fábulas. Y en medio del jaleo de la casa, en el salón, sin disponer siquiera de un gabinete propio, ha dedicado los años a escribir. Es cierto que su padre la apoyó, aunque costó mucho que un editor aceptara publicar su primera novela, La abadía de Northanger.
Ha publicado ya tres novelas que ni siquiera llevan en la cubierta su nombre, en parte porque ella no ha querido nunca caer en el pecado de la vanidad o por el pudor de que sus hermanos –tres de ellos en la Marina- creyeran que quería destacar por encima de los demás. Y lo cierto es que tanto Sentido y Sensibilidad como Orgullo y prejuicio han tenido muy buena acogida entre los lectores y su editor –que negocia los términos económico con uno de sus hermanos- ha publicado varias ediciones. Aunque su nombre no figura en el libro, su familia –orgullosa de ella- ha ido haciendo correr la noticia y la gente tiene una vaga idea de que son obra de una tal señorita Austen, hija de un pastor.
Su hermano Henry ha caído enfermo de unas fiebres y Jane, siempre entregada a su familia, acude a su casa londinense de Hans Place para cuidarlo. Henry Austen está haciendo una carrera soberbia en la Armada británica y se rumorea que puede llegar a almirante. Ella se aplica con celo a preparar su medicación y atenderlo en todo lo que necesita como una cariñosa enfermera.
Una mañana acude a visitarlo uno de los médicos del Príncipe Regente de Inglaterra. El servicio rinde a tan insigne galeno un tratamiento muy reverencial, al que él responde de una manera amable e incluso risueña. Con su talante amable, al acercarse al lecho del militar, pide que le presenten a la enfermera.
-Jane Austen, para servirle, doctor.
El médico levanta las cejas y se olvida por completo del enfermo.
-¿Es usted la autora de Orgullo y prejuicio?
-Sí señor.
Jane Austen lo ve asentir lentamente, pero no dice nada más y ella se queda un tanto inquieta. A los pocos días el médico regresa y le dice que tiene algo que comunicarle:
-El príncipe de Inglaterra es un gran admirador de sus novelas. Las lee a menudo y tiene una copia de cada una de ellas en cada una de sus residencias. Por ese motivo consideré correcto informar a Su Alteza Real de que la señorita Austen estaba en Londres. El príncipe ha expresado su deseo de que la visite el bibliotecario real y se ponga a su disposición.
Cuando el doctor recoge su maletín y sale de la casa despidiéndose de manera muy cortés aún no ha podido sacudirse de encima la perplejidad. Hasta entonces nunca había tenido ningún reconocimiento por parte de nadie. Ninguna relación con ningún escritor ni círculo literario. Ni tan siquiera pensaba que nadie supiera de su discreta existencia. Cuando a los pocos días el bibliotecario real aparece en la casa para invitarla personalmente a visitar la biblioteca de la residencia del Principe de Gales, Carlton House, trae un mensaje del propio Príncipe: si así lo desea, tiene la libertad de dedicarle su siguiente novela. Ella está más cerca de las mujeres austeras y modestas de la pequeña burguesía rural que del boato de costumbres relajadas de la casa real, pero no va a rechazar el honor de tener entre sus lectores al Príncipe Regente de Inglaterra. Como está en imprenta su cuarta novela, Emma, se la dedica.
Jane Austen morirá dos años después sin saber que iba a pasar a la historia de la literatura, pero al menos tuvo la satisfacción en vida de que un médico real la reconociera como escritora.

¡¡¡¡¡¡ El don de narrar!!!!!
Su sobrino James Edward Austen-Leigh publicó en 1870, medio siglo después de su muerte, A Memoir of Jane Austen. La describe con admiración y afecto, ajena a las modas de la época, siempre vestida de manera impecable pero discreta, con su eterna cofia propia de una persona mayor que ella. Lamenta que en vida no tuviera un reconocimiento mayor como sí tuvieron otras escritoras de la época como Emily Brönte. Rescata testimonios, como el de otra sobrina, que dejan patente su don innato para la narración: “cuando venían algunos primos, nos contaba las historias más maravillosas, especialmente del país de las Hadas y cada una de las hadas tenía su propia personalidad. Los cuentos eran inventados sobre la marcha, estoy segura, y se prolongaban dos o tres días si la ocasión era propicia”.