La eterna juventud de los “Cuentos de las mil y una noches”

 

Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

Zoco de Bagdad, principios del siglo IX

Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar ha hecho un largo viaje hasta Bagdad y sus ojos miran todo con asombro. Ha entrado por la puerta de Basora y le ha sorprendido la anchura de sus muros de 40 metros de espesor y las puertas gigantescas de hierro que requieren de varios hombres fuertes para moverlas. Aunque lo que más lo ha impresionado ha sido el Palacio de la puerta de oro que se erige en la en la plaza central de esa ciudad donde no para de ir gente de un lado para otro de tantas procedencias distintas: además de árabes hay persas, arameos, griegos…

Se queda parado en medio de la plaza embobado y un artesano que transporta vasijas de barro le lanza unas maldiciones por estar en medio e impedir el paso. Cuatro guardias armados con alfanjes que brillan al sol ardiente de esa ciudad calurosa custodian la puerta de oro que da acceso a la luminosa residencia del califa y su familia, rematada por una inmensa cúpula verde. Pero no es eso lo que ha venido a ver.

Se seca el sudor que le cae por la frente y se adentra en el laberinto del zoco. Huele a pan recién horneado, a tintes y a hierbas. Los comerciantes gritan su mercancía de manera musical y es un festival para el olfato y para la vista. En algunos puestos las especias forman montañas multicolores: cardamomo verde, pimienta negra, mirra anaranjada de las isla de Socotra… y en la zona de las alfombras llega también el olor del pigmento y se despliega un espectáculo de azules turquesa, amarillo, rojo intenso…  en esas callejuelas atestadas y vivarachas piensa que puede ser que encuentre lo que busca.

Un vendedor de alfombras con una barba blanca  descuidad y unos brazos flacos como sarmientos le ofrece una alfombra verde con ribetes plateados:

-Hermano viajero, que el buen dios sea contigo. Llévate esta alfombra tejida en la otra orilla del Tigris y no te arrepentirás.

Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar ha venido a buscar algo a Baddad, pero no son alfombras.

-Que el buen dios te proteja. No te ofendas honrado comerciante, pero no necesito una alfombra en el suelo bajo mis pies.

El vendedor, que tiene los ojos muy negros metidos en un pozo de mil arrugas de una piel cobriza bajo un turbante algo mugriento, lo mira con intensidad.

-Hermano viajero, las alfombras no deben tomarse por piezas vulgares y corrientes. Las hay que pueden elevarse al cielo.

Entonces Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar abre mucho los ojos.

-¿Qué quieres decir?

-Lo contaba mi padre, el honrado Ibrahim Ali Al Qaim, porque a él se lo había contado el padre de su padre. Hace muchos años, un muchacho huérfano vivía de hacer pequeños trabajos y, a veces, de robar alguna fruta en el zoco. Pero su corazón era bondadoso. Los pequeños hurtos que realizaba no eran para él, sino para darlos a los ancianos más hambrientos y tullidos que pedían caridad a las puertas de la ciudad. Un día, un comerciante furioso por haberle robado un pan, lo persiguió durante siete calles y, finalmente, cuando muchacho estaba exhausto,  lo arrinconó contra un muro y de un golpe lo tiró contra una vieja alfombra rota que había en el suelo. El panadero levantó su gumia para cortarle la mano por ladrón. Pero estando en la alfombra, el muchacho pidió clemencia al buen Alá. Y, en ese momento, la alfombra se elevó del suelo y echó a volar sobre las calles y las cúpulas de Bagdad.  Y el sultán, que miraba desde la ciudad desde la terraza de su palacio preocupado porque no encontraba un pretendiente sabio, valiente y misericordioso vio volar a ese muchacho montado en una alfombra y ante semejante prodigio, decidió que era una señal que le mandaba el buen dios y ese y no otro era quien debía casarse con su hija. Y así fue como el muchacho ingresó en Palacio y se convirtió en el príncipe de Bagdad.

Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar sonríe feliz. Saca de una bolsa de piel una moneda y se la entrega al comerciante.

-¿Entonces te llevas mi alfombra, hermano viajero?

-No, aún he de recorrer a pie muchas ciudades y no podría cargar con ella.

-¿Entonces por qué me pagas? ¡No puedo aceptar tu dinero!

-Te ruego que lo aceptes porque me llevo algo mucho más valioso: tu historia.

Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar continúa su camino. No ha venido a comprar pulseras de los orfebres, especias ni inciensos… Ha venido a buscar leyendas maravillosas para recopilarlas en un libro que haga que esas historias de genios y prodigios que contaban los abuelos de los padres de los padres no se las lleve el viento del desierto.  Pasados los siglos, a esa recopilación la bautizarán con el nombre de Los cuentos de las mil y una noches.

 

¡¡¡¡¡¡La noche de los tiempos!!!!!!

La pista del origen de los relatos que componen los cuentos de Las Mil y una noches se pierden en la noche de los tiempos orientales. Se sabe que Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar era un relatos de cuentos orales que empezó a compilar y traducir leyendas del Medio y lejano Oriente. A partir del siglo XVIII el interés en Europa por lo oriental hizo que se realizaran diversas ediciones, en las que se añadieron otras leyendas de la época que no estaban en el libro inicial, como la de Ali Babá y los 40 ladrones. También la relatora del libro, esa maravillosa Sherezade que mantiene despierto al califa durante mil noches para evitar ser decapitada al amanecer, es un añadido, posiblemente del siglo XIV. Pero estos añadidos sólo hace que ampliar, continuar y enriquecer la ímproba tarea de Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar, que recorrió miles de kilómetros en el siglo IX por Persia Egipto y La India persiguiendo alfombras voladoras.