Hace poco menos de un año, las noticias situaban a Mario Obrero como ganador del último Premio Loewe de Poesía a la creación Joven con solo 17 años. Un recién estrenado universitario que, en el momento del fallo del Premio, estudiaba 2º de Bachillerato en un instituto público de Getafe. Lo más sorprendente es que esta no es su primera obra publicada, ni su primer galardón en un concurso de poesía, sino que ya obtenía en 2018 el Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande con su libro Carpintería de armónicos, publicado por la Universidad Popular José Hierro y un año después, nos sorprendía con el poemario: Ese ruido ya pájaro, una obra que entrecruza textos poéticos con poemas visuales en acuarela y que editaba la independiente Entrecíclopes. ¿Quién pensó que Rimabud sería el único?

Texto: Raquel Ramírez de Arellano

 

El día en que recibes por correo el último libro de Mario Obrero, una orquesta de clarinetistas inicia una pieza tipo jazz en si bemol que hoy sigue latiendo en el subsuelo de estas palabras, seguramente desacertadas e inexactas, como lo son los baños en las piscinas municipales, cuando se expulsa de ellas a los huelguistas. Palabras que como ornitólogos pretenden dar cuenta de lo que ha supuesto para mí la lectura de Peachtree City, “La ciudad melocotonero”.

El libro de Mario es un viaje. Sin miedo a los cíclopes ni a Poseidón, tal y como advirtiera Kavafis en su “Poema a Ítaca”, y porque no existe olvido en la ignorancia como decía nuestra querida Francisca Aguirre en su Ítaca” de muchos años después, un muchacho de 16 años, que insólitamente tiene su mirada puesta en la importancia de la memoria, tomaba un Boeing 767-400 destino a Atlanta un 2 de agosto; su madre, lo despedía en el aeropuerto con el cordón umbilical en(tre) sus manos.

No sería, como hemos podido comprobar un año después, un viaje baldío. Mario Obrero se trasladaba hacia un horizonte lejano y nuevo con unos ojos inmensamente abiertos tal y como lo haría un entomólogo lingüístico. ¿Cómo se puede viajar de otra manera cuando a los 15 años ya has escrito sobre Manuel de Falla?

Su preocupación por el conocimiento y el engarce de distintas lenguas puede ser quizá la primera señal de que no estamos ante un turista con cámara de fotos, sino ante un científico de los signos. No son solo los títulos de los poemas y las constantes incursiones en lengua inglesa, así como la recurrencia al gallego o al francés lo que nos da cuenta de la fusión lingüística en el pensamiento y la experiencia de Mario; sino su capacidad para nombrar en la lengua correspondiente determinados estados de ánimo, lugares, sensaciones, vivencias, paisajes, que solo pueden ser nombradas en un idioma concreto y no en otro porque su traducción conduciría al lector al fatal desenlace de la pérdida de matices, de hebras, de sustancias que únicamente podrían aparecer en la nómina del código acertado: you can´t hide that panther pride!, o la arela gallega que significa o desexo moi forte dunha cousa, es decir, el ansia en español.

Por otro lado, hay más evocación lorquiana en este último poemario de Mario Obrero que en los anteriores y no es solo porque Lorca sea deliberadamente un compañero de viaje al que hace referencia en algunos de los textos, sino por el manejo del extrañamiento en la construcción del binomio metafórico que, con precisión, desde mi punto de vista, lo mantienen alejado del territorio del denominado irracionalismo con el que en ocasiones se ha relacionado su poesía ¿Cómo va a ser irracional mi corazón tiene una lengua donde los herreros acuden sin darse cuenta o todo lo que no sé promulga su anuncio entre los peces? Lo que sucede es que a Mario le resulta imposible construir de otra manera porque su experiencia se encuentra en ese lado, en ese lugar del extrañamiento, del sitio en que se halla el que prende la cerilla del poema porque así lo ha decidido su manera innata de mirar.

Igual que aquel viaje a Nueva York supuso una nueva apertura al mundo en García Lorca, la experiencia de Mario Obrero en Atlanta lo conduce a fantasear con vencejos de hojalata que cocinan pollo con miel y galletitas, ardillas que con traje de mirlo, saben que el primer miércoles tomaron pollo frito, tortugas llenas de cucharas soperas o palabras desconocidas que salen de su boca como copos de polen, imágenes necesarias para el oído del que espera, metáforas que van más allá del que solo visita. Se percibe en las palabras de Mario la laboriosidad del que ha decidido formar parte de, que no tiene nada que ver con el que solo está de visita. Se funde y experimenta porque necesita vivir como una cheerleader y conocer qué se mueve en la inmensa Patagonia de lo desmesurado que es EEUU, un lugar que tiene una población llamada Peachtree City donde no hay un solo melocotonero.

Pero además, me parece importante poner el acento en otra cuestión que ya asomaba tanto en Carpintería de armónicos como en Ese ruido ya pájaro, sus dos poemarios anteriores, y que se hace mucho más profunda y manifiesta en este último libro y es el posicionamiento cívico del poeta ante el mundo. No solo asiste al mundo como mero espectador para delatarnos, como un periodista, lo que solo es perceptible a los ojos de un poeta, sino que existe una evidente ubicación en el mundo que va más al meollo; va exactamente al lugar en el que se sitúan los que pertenecen al bando de los incómodos. Sus palabras han adquirido un registro de denuncia que ha llegado para quedarse: busqué en mi ordenador escolar Paul Valery and Arthur Rimbaud couple y el condado me censuró la búsqueda; la homosexualidad en Georgia sigue siendo un tema de enorme controversia, puesto que los cristianos ortodoxos tildan a los homosexuales de desviados, pero… ¡No puedes ocultar tu orgullo, Pantera! Cien años antes García Lorca se deshacía en su Oda a Whitman en defensa de los muchachos del East River y el Bronx; no han cambiado tanto las cosas, pequeño Ginsberg, no han cambiado tanto las cosas, pequeño Mario.

Y justo ahí, donde existe la demanda es donde Mario no necesita estar en el lugar del axioma: Les cuento que nunca he ido a una corrida de toros y que Rosalía de Castro tenía una ventana que miraba al mar, porque queridas, queridos, el poeta es alguien que no sabe qué o por qué pero sabe cómo y él ha decidido, como poeta de la perseverancia, que ese cómo no va a ser de cualquier manera o que no va a ser de la manera más palpable o perceptible, porque recolectar palabras en forma de racimo para entregarlas al lector tras la vendimia del que ha cultivado un año entero la vid, es acaso el acto de amor poético más inmenso que se puede ofrecer, incluso cuando a una le faltan las eñes en el teclado para escribir el poema. Estaríamos ante un Mario Obrero poeta de la precisión y del juego en las enredaderas de las palabras.

Decía Juan Ramón Jiménez en su ensayo “Límite del progreso o la debida proporción” que el progreso puede ser sucesivo en ascensión, en descenso o en continuidad, depende del sentido moral que se le dé y a tenor de esta idea, se planteaba al comienzo de su relato: ¿En cuál de estas formas se ha desarrollado el progreso en los Estados Unidos norteamericanos? y continúa afirmando: Cuando yo llegué a Nueva York en 1916 encontré una ciudad monstruosa y difícil, excesiva y magnífica. Mario encontró a su llegada a Georgia la fastfood, republicanos con la cara de Ronald Reagan en sus camisetas celebrando el porvenir e iglesias baptistas. Y nos pasea del instituto a la peluquería, y en todos los lugares encuentra señales que analiza desde la alegría de la sorpresa porque en sus textos, aunque ubicados en el eslabón de la crítica a una sociedad desproporcionadamente consumista, no se pierde de vista el entusiasmo del que ha decidido formar parte del mundo al que acaba de llegar, para conocer, para enjuiciar, para inundar la moqueta de mensajes rizados.

Casi al final del libro hallamos una parte dedicada a las cuatro excursiones. Aquí, el poeta rescata su visita a cuatro ciudades: Praga, Lisboa, Nueva York y Port St. Joe (en Florida) y en esta evocación rápidamente llega a la conclusión de que el viaje eres tú mismo. La convocatoria a esta asamblea es extensa: los tejados de Praga, la Primera Internacional, Celeste Caeiro, El amor en los tiempos del cólera, la Viena roja, Kepler, los pelícanos o Fray Luis de León. Pero esta nómina no es arbitraria, no obedece a la remembranza del excursionista que halla suvenires que coloca sobre la repisa de su salón, sino que en su viaje se traslada a otros momentos en los que ha llevado a cabo alguna de estas travesías; y en forma de espiral filosófica se hace el planteamiento de cómo invocarían esos lugares, esos personajes, esos momentos históricos sus coetáneos norte americanos: ¿serían capaces de evocar los tejados?, ¿repararían en el discurso de Kepler?, lo importante, dice una nube en lo alto del Empire State, es no morir en vano.

Y por fin, regresa, regresa el poeta, dicen los sheriffs en Dallas.

Mario regresó de una travesía truncada en un momento histórico, sanitario, social, político y económico muy difícil. A mis 45 años yo no recuerdo haber vivido un momento más difícil que el que nos tocó habitar en marzo de 2020. Las pérdidas son irreparables. Imagino a su madre estirando el cordón umbilical que llevaba entre sus manos el día de su partida, con el deseo de encontrar un imán que lo trajera de vuelta. Imagino a sus profesores cruzando los dedos para tenerlo cerca otra vez. Imagino a Mario con el miedo apretado en la garganta cada vez que sintonizara los canales de la televisión española. Lo imagino colocando el puzle de libros apiñados para retenerlos todos en el interior de su maleta. Lo imagino ordenando poemas, tirando confeti, afeitando sus patillas en el baño del avión y dejándose crecer los rizos, las botas y las pestañas. Lo imagino megáfono en mano, en el aeropuerto de Barajas, agitando los pompones como una cheerleader para decirle al mundo:

…no discutiré si las armas son un derecho de seres humanos libres o si la sanidad pública es básica para un país de cowboys que se hace llamar democracia / yo solo vine aquí a buscar flores que alguien guardó bajo las sudaderas rosas (…) vine con una foto de mi bisabuelo y las Cartas a un joven poeta.

Lo imagino bajo el jazmín de las estrellas en un patio de Getafe poniendo nombre con un idioma de abeja que le ronda la boca a todos los habitantes del porvenir.

 

Suena la «Sonata Gallega» en un centro comercial de Atlanta

 

sobre el musgo español que cae de las encinas unos
ángeles románicos discuten el color del cielo en el
estado de Georgia casa del faro de Tybee y de las
cacerolas de gambas con papas y salchicha
aquí como en los charcos de las carreteras caen peces de
terciopelo y claveles rojos

dos novios comen pizza californiana en el suelo de las
tiendas

yo escucho a las madres probándose bañadores y escucho
a las niñas con trenzas de hilo negro

toda esta luz el sabor a nueces de los escaparates la
suciedad dormida bajo la uña de una cajera las cajas
de fresas mohosas poco tienen que ver con la arela
arela es una palabra gallega que significa o desexo moi

forte dunha cousa

pero la arela no es escuchar al camarero del Starbucks
decir Meriou por megafonía

no discutiré si las armas son un derecho de seres
humanos libres o si la sanidad pública es básica para
un país de cowboys que se hace llamar democracia

yo solo vine aquí a buscar unas flores que alguien guardó
bajo las sudaderas rosas

yo solo vine aquí a afeitarme la barba ignota de algún
arquitecto sumerio

vine con una foto de mi bisabuelo y las Cartas a un joven
poeta

y en la séptima planta del garaje todas gritan
I, too, sing America

y los hombres en tacones esparcen canela y sal del
Himalaya a las cuberterías de segunda mano

mi madre es poeta y mujer

mi madre descorona a las estatuas y da miel con limón a
los niños afónicos

al ver estas estrellas pienso en qué verá ella desde su
habitación

la curvatura ha hecho un sendero de amapolas
machacadas

quizá esté yo en la piel de todos los esclavos y en el
encefalograma que enmarcan las floristas y en las
máscaras que venden a los niños en la feria

quizá esté yo en los que dormidos maquillan la
margarina del desayuno y se alistan a la armada en el
cumpleaños de Abraham Lincoln
quizá esté yo en el Teatro Campesino de Luis Valdez o en
un lago pescando truchas

ese yo que como una sábana recién lavada ondea a las
puertas del granero

el que sentado en la jura de bandera se hace una falda
con mandarinas y plumas de albatros América
transcurre en mí y yo coso aurículas de lana
y todas las jóvenes de Sweet Apple Ohio y los que con
una sonata de guitarra atada al culo cruzan el pasillo
del motel se sientan en el jardín los días cálidos y
aprenden español mientras los recolectores bailan
ballet a la sombra
así mi corazón crece y mis ojos en el olivar como un
mochuelo en las manos del muerto
América transcurre en mí y yo encuentro a Ginsberg
subido a los coches de golf

encuentro a León Felipe mirando al mar con un perrito
caliente y una caja de música

encuentro a Antonio José exprimiendo limones delante
de la escuela cian de la aldea

encuentro a los dos brigadistas taiwaneses cantando el
«Himno de Riego» con una corona de gardenias

me encuentro y hablo a esa yo tumbada de lluvia suave

como el lomo de los corderos

con millones de preguntas y una cerilla

escribiendo ensayos de acceso a la universidad y velando
la legaña de los muertos

mi corazón tiene una lengua donde los herreros acuden
sin darse cuenta

allí las caracolas solo suenan a desierto lleno de peces

desde los acantilados enciendo un poema.