“Notas en un pasaporte” son ocho relatos publicados por el escritor y profesor Félix Terrones sobre aquellos que deciden emprender una vida lejos de su hogar.

 

Texto: Susana PICOS

 

Félix Terrones es profesor asociado en la Universidad de Bern (Suiza) y autor de novelas como El silencio de la memoria o Ríos de ceniza, del ensayo  Un sueño hecho ficción o el libro de microrrelatos El viento en tu cara. Este peruano afincado en Tours (Francia) regresa al género del cuento en Notas en un pasaporte, libro que acaba de publicar la editorial Peisa y que recoge ocho relatos que tienen en común el tema de la emigración o, más bien, el de marchar. Son distintas historias en las que los protagonistas dejan su Perú natal para ir a Francia en pos de un sueño.

 

Tus relatos giran sobre la emigración, ¿cuánto tienen de tu propia experiencia?

Los cuentos de Notas en un pasaporte abordan los desplazamientos. Hay exiliados, emigrados, turistas y muchísima gente que recorre el mundo para encontrar una verdad, recuperar el pasado, inventarse en otro idioma, volverse a encontrar con quienes dejaron. También los hay quienes abandonan el país donde vivieron porque terminaron una relación, necesitan comenzar una vida nueva, buscan un trabajo. Como ves, son cuentos que relatan situaciones cotidianas en un mundo que se ha convertido en un espacio demasiado extranjero. Solamente en ese sentido, hay mucho de mí. Quiero decir que yo también tengo un poco de todos esos tipos de viajeros que aparecen en mis cuentos. Creo que al cabo de tantos años recorriendo tantos países me he convertido en una especie de explorador de las diferencias y singularidades. Un explorador que nunca ha buscado integrarse, sino que siempre se ha sentido atado al espacio de donde proviene, en mi caso Perú.

¿Qué le espera a un emigrante en Francia? ¿El sueño europeo se rompe en pedazos al llegar?

No lo sé. Quizá sea esa la incertidumbre que viven los personajes de mis cuentos. ¿Qué descubrirá quien lo deja todo para ir a otro país en el cual no conoce a nadie, donde nadie lo espera y no sabe el idioma? Al final, me interesa contar esa tensión entre la expectativa y la realidad. La literatura es eso para mí; me refiero a las promesas que no se cumplen, los sueños rotos, las expectativas nunca resueltas. Ahora, para detenerme en el caso francés, te puedo decir que es un país muy rico en ese sentido. O sea, es un país que promete muchísimo más que lo que te da. Tal vez no exista otro país en Europa que prometa un sueño de libertad sin importar de donde vengas. Una libertad que se convierte en otra cosa una vez que ya estás en Francia y descubres lo que es la política migratoria de este país. Como si de la película de Amélie con sus interminables tacitas de café pasaras, sin que te dieras cuenta, a Pesadilla en Elm Street, solo que con música de Edith Piaf como banda sonora.

Tus protagonistas proceden del Perú, ¿crees que es diferente la recepción en Francia de los inmigrantes que proceden de Sudamérica que de otras zonas del mundo, como del Magreb o de China, por ejemplo?

Desde luego, los contactos son distintos. Los latinoamericanos somos visto con una mezcla de fascinación con indiferencia. Quizá debí haber dicho los hispanoamericanos pues con los españoles pasa algo similar en Francia. Creo que los peruanos somos vistos con la curiosidad que provoca venir de un país tan lejano, con restos como Machu Picchu y paisajes maravillosos en las montañas y los bosques amazónicos. Quienes van un poco más lejos, se interesan en la comida, otros atractivos turísticos y las culturas prehispánicas. O sea, una tarjeta postal en la cual los franceses sueñan pasar sus vacaciones, esos tres meses de tregua que les dejan trabajos que son verdaderos campos de psicopatía. En cambio, la gente del Magreb tiene una larga historia colonial con Francia. Las cuerdas son otras, ¿no? En general, creo que quienes vienen de África, Magreb o no, la tienen aún más difícil en Francia cuando se trata de trabajo, vida cotidiana, etcétera.

Algunos de tus protagonistas emigran al país galo con la intención de triunfar en el mundo literario ¿crees que Francia sigue siendo un polo de atracción cultural?

Eso pasa en uno de los cuentos, Valientes muchachos, donde ironizo con el viaje consagratorio al extranjero. Viste que es un tópico en la literatura latinoamericana eso de viajar a París para hacerse escritor… Por eso, me interesó escribir un cuento en el que quien viajaba se convertía en todo, lo que quieras, pero menos en un escritor. Y, claro, como ocurre en algunos de mis cuentos, relato todo esto desde la mirada de un narrador que forma parte de quienes se quedaron y perdieron toda su juventud imaginando al amigo que se fue a París. ¿Te imaginas ser consciente de que tu vida es un lento naufragio, de que lentamente te vas alejando de tus sueños de juventud y encima en una ciudad como Lima? Por eso, el narrador y todos quienes se quedaron en Lima pasan su tiempo soñando con fascinación y envidia al amigo que se fue y a quien imaginan exitoso en París. Incluso cuando el amigo regresa convertido en una ruina humana se niegan a reconocer la verdad porque, de hacerlo, sería claudicar definitivamente…

¿Cómo recibe la intelectualidad francesa a esos hombres y mujeres que llegan al país con ese anhelo?

En cuanto a cómo recibe la intelectualidad francesa a quienes llegan a París para triunfar en el mundo literario, se puede escribir varios doctorados al respecto, ¿no? Lo que te puedo decir es que el circuito parisino me parece muy cerrado a todo lo que no provenga del Barrio Latino. Casi como si el Barrio Latino fuera el centro del mundo y todo lo que provenga de la periferia no pudiera sumarse de otra manera que un añadido, algo accesorio.

En tus relatos también nos hablas del regreso, ¿qué es más difícil partir o regresar?

Uno no deja un país sin la idea de un regreso. Así que son como las dos caras de la misma moneda. Las dos circunstancias me interesan por igual en la medida en que encuentro correspondencias entre una y otra. Eso ocurre en Valientes muchachos, pero también en otros cuentos como Todos vuelven donde el narrador regresa a su patria para el entierro de su padre. Tras ese regreso, descubre que puede estar en la casa, en la ciudad donde vivió pero que ya no son las mismas porque durante su ausencia todo ha cambiado. Algo que parece tan evidente en verdad no lo es para quien vive lejos y, de un modo o de otro, se ha servido del recuerdo para seguir regresando a su país. Por eso que los funerales del padre también sean una oportunidad para reconciliarse con su recuerdo, pero también con quien alguna vez se fue. En mis cuentos me interesa mucho interrogar los regresos porque estos son una ocasión excepcional para confrontarse con el pasado en los amigos, la familia, los lugares, toda esa vida cotidiana que en verdad justifica la identidad. Por eso, sí, me interesa la gente que no pertenece a ninguna parte, los parias, quienes viven de un modo o de otro en la intemperie. Esas personas son quienes me movilizan a la hora de escribir.

Las personas que dejan Perú en pos de un sueño siguen siendo numerosas, ¿crees que el final de esa emigración está cerca o todavía falta mucho para que los peruanos encuentren en su casa lo que necesitan y no tengan que marchar?

Los peruanos, los latinoamericanos, somos gente que tiene su casa en muchísimas partes. Vamos afuera para buscarnos un futuro. Siempre ha sido así y siempre lo será. Ahora acabo de regresar de Alemania donde encontré otros latinoamericanos que vinieron exiliados o como migrantes. Conversé buen rato con ellos y qué te puedo decir…Tienen su vida aquí, son tan europeos como quienes nacieron en estos países. Tampoco quiero creer que uno deja su país por razones estrictamente económicas. Me parece, y Notas en un pasaporte aborda mucho eso, que partimos buscando quimeras, espejismos que no existen, pero que nos llevan siempre hacia adelante. Es la historia de siempre, poco importa si eres peruano o italiano o chino. Lo hicieron los españoles que fueron hace siglos a América y lo seguirán haciendo muchísimos pueblos. De ahí la importancia de la literatura: contar las historias que, de otro modo, se quedarían sin palabras.