«Por las ganas», de Héctor Anaya

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Héctor Anaya (Valencia, 1994) es periodista y escritor. Ha trabajado en el ámbito de la cultura y la comunicación editorial. Viajero incansable, entiende la literatura también como una forma de desplazamiento: una manera de mirar, recorrer y dejarse transformar por los lugares y las personas. Aunque cultiva principalmente la narrativa, con Vivir sin prometerme ha dado el salto a la lírica. Su escritura poética indaga en el trauma, el cuerpo y la persistencia desde una sensibilidad queer, con una voz descarnada y atravesada por la experiencia LGTBIQ+.

Con su poema «Simulacro de vencejo en nido de alambre» ha ganado el VI Certamen Poético Nacional de la Asociación Alonso Quijano. Además, ha obtenido el primer premio en el XXXI Concurso de Poesía Ciudad de Cantillana, el segundo premio en la XLII edición del Certamen Literario Manuel Vázquez Montalbán y la mención finalista en el XIII Concurso de Relatos de Marbella Activa.

 

POR LAS GANAS

Antes de que ocurriera,
ya estaba ocurriendo.
Yo quería un nombre susurrado.
Él quería un cuerpo sin nombre.
Al principio la diferencia no se veía.
Las ganas son parecidas desde lejos.
Yo buscaba un rostro inclinado hacia el mío.
Él necesitaba un plano horizontal.
Y la física no entiende de matices.
Lo que pesa cae.
Lo que cae no pregunta.
Lo que cae convierte todo en superficie.
Tenía piel.
Tenía curiosidad.
Ese nervio eléctrico en las manos
cuando por fin te sientes visto.
Yo también quería.
Quería que la primera vez fuera una historia
él, un final.
Mis ganas eran movimiento.
Las suyas, inmovilización.
Había algo en el aire.
Algo opresivo.
Como si la noche hubiera decidido quedarse dentro.
Sus ganas eran una corriente descendente.
Las mías, una llama pequeña.
Y yo seguía ardiendo.
Pero ese fuego ya no era mío.
No toda aproximación es encuentro.
No todo incendio ilumina.
Hay llamas que sólo carbonizan el soporte.
No me preguntó.
No necesitaba hacerlo.
Tenía ganas.
Y, a veces, las ganas
se usan como argumento.
Tantos noes eran afrodisíacos.
Mis ganas eran deseo con preguntas.
Las suyas, deseo sin escucha.
Hay un momento preciso
en el que comprendes todo.
Ese segundo no pasa.
Te desplaza.
Luego, no hay antes.
Mi mente desertora
más ligera,
más cobarde,
me dejó solo en la carne.
Y lo más terrible:
mi cuerpo selló un armisticio sin mi firma.
Cuando terminó, la habitación era la misma.
Eso es lo más siniestro.
Nada sangraba.
Nada estaba roto a la vista.
Mis ganas quedaron debajo.
No muertas.
Debajo.
Pisoteadas por otras ganas
más densas,
más rápidas,
más seguras de su derecho.
Fue por las ganas.
No por amor.
No por destino.
No por riesgo.
Por las ganas.
Las suyas contra las mías.
Desde entonces, cuando alguien se acerca demasiado,
mi cuerpo recuerda antes que yo.
Y hay soledades —pocas, pero existen—
en que siento otra vez esa gravedad encima,
como si las ganas pudieran regresar
sin pedir permiso.
Y siempre,
cuando vuelvo a ese instante,
no veo su rostro
ni el mío.
Veo la balanza.
El lado que se venció.
Y ya no se equilibra.

 

Vivir sin prometerme

Héctor Anaya

Olé Libros

118 págs. 16’35€