Frank Stanford, el poeta de la Arkansas rural traducido por primera vez al español

Pre-Textos publica «Habla terreña (Field talk)» del poeta norteamericano.

Foto de Beinecke Library

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Estas conversaciones o charlas del campo o de la tierra del poeta norteamericano Frank Stanford (1948-1978) están por fin traducidas al español: esta edición  es la primera traducción que se hace de un libro del poeta. De un poeta que es justo y necesario conocer. Sus versos son como latigazos cerebrales, sin ir más lejos: “yo sí tenía cosas que decir”. El libro está traducido, con sus notas explicativas respectivas, por Patricio Ferrari y Graciela S. Guglielmone, y del prefacio de esta edición bilingüe se ha encargado James McWillians. Hasta hoy su obra ha permanecido en bibliotecas de colecciones especiales y en salas de libros raros, descatalogada incluso, que es algo que no entiendo, aunque McWillians da cuenta de todo esto. De este genial poeta tan humano y tan campesino, tan de la tierra: telúrico, de hecho, trabajó de agrimensor: “una tierra salvaje no para la muerte sino para la miel”.

Stanford publicó en destacadas revistas literarias y pronto fue reconocido como uno de los poetas más talentosos y con mayor capacidad inventiva de su generación. Fue comparado con Rimbaud y Keats, y bien es cierto que no escribió como los demás. Su poesía es toda franqueza con un poderío poético asombroso, feroz, valiente, arriesgado como pocos en su quehacer demiurgo. Como ejemplo podemos leer el poema Nana para una niña que dicen no sobrevivirá esta noche, donde sus versos se imbrican con esta niña moribunda visceralmente, te desagarran: “estoy listo para el espumarajo de tu lengua calcinada/ (…)/ desde mi cama logro divisar el olor hembra de sus almohadas”.

Me gusta esta poesía pues da cuenta de ser un poeta devorador de libros y de escribir desde su mundo sensorial, edificado a su forma y medida: en él está su propio camino vital, no de otros. Su vida estaba dedicada a la poesía, su único objetivo fue la poesía: su pasión. Con un talento magnético. Creo que el paisaje natural y su paisanaje le inspiraban en su realidad imaginada, un sentimiento de comunión con sus gentes y sus derechos civiles. Plasma en Habla terreña la Arkansas rural: “encontré a la muerte y el amor/ colgados como perros en mi huerto”.

El poeta lo había leído todo, tenía conocimiento de todo, desde la literatura universal hasta el cine universal, pasando por la música clásica: desde la ópera al blues. Su poesía sureña da una nueva visión de todo el mundo que le rodea: memoria, mirada y lenguaje. Una poesía que sin signos ortográficos deja que sea la persona lectora quien la termine: de ella es el poema. Es que “hubo noches en que me vi jinete en el espejo”.

Leyendo a Stanford podemos darnos cuenta de ese quehacer demiurgo con todas las letras: es capaz de cavar la tierra en su huerto, tomar un puñado de ella y descubrirnos la belleza que tiene, tanto la tierra como la acción de cavar y de aquí podemos deducir que hay belleza en cualquier cosa: “En nuestras vidas ya todos hemos bajado/ a uno que otro río”.

O sea, es un poeta que en Habla terreña, da cuenta de forma exhaustiva del cómo y el porqué de buscar una voz propia como poeta, desde la urgencia explosiva, apenas dormía, al humor y la ensoñación de sus versos, con potentes registros y sus apasionadas imágenes / visiones: valentía y riesgo en los poemas que llegan hasta nuestra piel y la traspasan. Mostrando honestidad e intensidad. Creo que como Cézanne inventa el paisaje Stanford pinta el paisaje poético. Está en contacto con él y en él: lo hace visible y a las gentes que lo habitan, quienes como él respiran al aire libre: “me propuse recuperar un poco de mi sangre/ de vuelta de los mosquitos de Snow Lake/ tenía la panza llena de limonada”.

 

LA ESCALERA LARGA

me gustaría bajarla como hierbas

cortando brotes

dejando bocanadas de mantequilla

leche y laurel oscuro y vaya Dios a saber qué más

con un traje blanco para Pascua

el ala de mi sombrero vuelta hacia abajo

todo alrededor

con los ojos cerrados llenos de polen

podría cruzarme con cualquier cosa

hasta con el gran herrero

hollín entre los dientes

el piano

o con mi hermano del alma

haciendo sonar el cuerno del castigo