Cédric Gras acaba de publicar en España «Los alpinistas de Stalin« (Editorial Crítica), la historia de los hermanos Abalákov, Vitali y Yevgueni, grandes héroes en la URSS por sus hazañas en los altos picos del mundo.

 

Texto: David VALIENTE

  

Cédric Gras: Me encuentro en los Alpes esquiando; el paisaje es algo desolador, hay muy poca nieve.

Pregunta: ¿En cuál de ellos?

Cédric Grass: En los franceses, los Alpes suizos son para millonarios (risas).

 

Cédric Gras (Saint-Cloud, 1980) nos atendió en plena estación de esquí a través de su móvil. Ha dedicado gran parte de su vida a las montañas, especialmente a las situadas en el antiguo espacio soviético y lo ha compaginado con su actividad investigadora. Acaba de publicar en España Los alpinistas de Stalin (Editorial Crítica), la historia de los hermanos Abalákov, Vitali y Yevgueni, grandes héroes en la URSS por sus hazañas en los altos picos del mundo.

“Hay una técnica en alpinismo llamada Abalákov, la descubrí porque practico este deporte. Quise saber de dónde provenía el nombre y al hacerlo me topé de bruces con los dos hermanos”. La técnica de Abalákov, inventada por el hermano mayor Vitali, revolucionó la escalada en esa parte del mundo tan extensa y rodeada de tantos picos. Requiere de manos experimentadas y se utiliza sobre todo para simular puentes de hielo y así poder anclarse o para crear una vía libre descendente cuando el escalador no encuentra cerca ningún anclaje fiable.

Grass ha vivido en Rusia y Ucrania y ha viajado por Asia central ascendiendo los picos de Kirguistán: “Me gusta mucho esta región del mundo, la he recorrido en varias ocasiones”. Aprovechando su larga estancia en Rusia, y gracias a su dominio del idioma, visitó los archivos para saber más de estos dos personajes tan populares en su tiempo, pero hoy prácticamente desconocidos por la mayoría de los rusos: “Quienes han oído alguna vez de los hermanos Abalákov conocen la historia oficial, pero no saben nada del encarcelamiento de Vitali en época de Stalin y el gran terror. De hecho, creo que soy la primera persona en revisar los archivos y sacar a la luz esta historia tal y como sucedió en realidad”. Hasta en lo relacionado con los alpinistas, es muy difícil contar la verdad de los fusilamientos y los gulags. El autor encontró una serie de reportajes y libros sobre alpinismo escritos en época soviética, pero “solo se centran en las cosas positivas”. “Es curioso: un escritor y alpinista ruso contactó conmigo porque también quiso acceder a los archivos, pero no se lo permitieron”.

En su ensayo de unas 200 páginas, Cédric Gras no solo narra la historia nunca antes contada de los Abalákov, sino que también se centra en “el contraste entre el alpinismo soviético y la política y cómo se relacionaban entre sí”.

Una historia con luces y sombras

La pronta muerte de los padres obligó a los dos hermanos a criarse en la ciudad de Kanoyarsk, dividida por el río Yeniséi, en la zona sur de Siberia, junto a su tío Iván Abalákov. Los Abalákov fueron considerados enemigos irreconocibles del pueblo por representar todo aquello que los bolcheviques querían erradicar de la extensa Rusia. Su tío era un próspero comerciante admirador del zar, casado con una mujer versada en la ortodoxia. Una noche de eterno invierno siberiano, unos policías del pueblo llamaron a la puerta. La familia Abalákov cenaba despreocupada pero en guardia por los sucesos revolucionarios que acontecían en el país desde 1917. Unos porrazos en la puerta les despertó de su ensoñación. Con la brusca entrada de los soldados, la familia Abalákov inició su andadura por lo que para algunos fue la pesadilla comunista.

Su tío permaneció un tiempo más en activo pues la URSS se encontraba en plena efervescencia y no era propicio desperdiciar el talento. “Le ocurrió a mucha gente. Sus antiguos privilegios sociales no les sirvieron de nada; los bolcheviques querían revertir el sistema, poco podían haber hecho los dos hermanos para que todo volviera al cauce previo”. Si algo lamenta Cédric es “no haber podido acceder a los temas más íntimos; me hubiera gustado conocer su vida personal, su manera de pensar, pero aun con la falta de estos datos, hubiera sido imprudente por mi parte no haber escrito el libro”.

Los jóvenes se decantaron por la montaña y las alturas. Los conocimientos sobre alpinismo llegaban importados desde Alemania y Austria por alpinistas simpatizantes con el comunismo que veían en los picos del Cáucaso y Asía central un reto mucho mayor que las montañas de sus respectivos países. “Los hermanos Abalákov aprovecharon todo este conocimiento que llegaba del extranjero, y perfeccionaron la propia técnica soviética”, aclara Gras.

“Antes de la Segunda Guerra Mundial, el alpinismo debía servir a la URSS en su meta de construir el comunismo; no se escalaba por placer”. Por eso, en las expediciones, los hermanos Abalákov iban acompañados de toda clase de científicos, desde ingenieros a geólogos, para que reconocieran el terreno y fueran capaces de sacar a la montaña el mayor provecho posible. Sin embargo, la guerra cambió esta mentalidad. Los combates en los grandes picos se caracterizaron por su crudeza, los soldados debían saber escalar y disparar al mismo tiempo, muy poco se conoce de esta parte de la historia bélica de la Segunda Guerra Mundial tan importante para la victoria de los soviéticos, que supieron poner a su favor las inclemencias del tiempo y las imperfecciones rocosas para derrotar a los invasores.

“Tras la gran guerra, el alpinismo se convierte en un deporte, deja de ser algo de gente solitaria y se transforma en un alpinismo grupal y burocrático, ya que se debían pedir permisos, además debías demostrar tu nivel de conocimientos sobre la materia”, comenta Gras.

El primer gran fracaso de los hermanos Abalákov se produjo escalando el Khan Tengri, situado en la cordillera Tian Shan, en la frontera entre China, Kazajistán y Kirguistán. Esta subida causó la muerte de un miembro de la expedición y le costó a Vitali cuatro falanges de sus manos, ya inservibles cuando lograron llegar al campamento. “El alpinismo útil es el causante de este desastre. Se les obligó a trabajar con geólogos, gente sin ninguna preparación previa en montañas de 7000 metros, y en septiembre. Por norma general y para evitar accidentes mayores, las montañas se suben en julio, en septiembre ya hacía un frío de pleno invierno en esas regiones del planeta”.

El desastre de Khan Tegri supuso un duro golpe para los hermanos, especialmente para Vitali, que abandonó la montaña y aplicó sus conocimientos de ingeniería química en la fabricación de prótesis que mejoraron la situación de aquellos a quienes, como él, la montaña había arrebatado algún miembro. Justamente, en la fábrica se encontraba cuando agentes de la NKVD lo arrestaron. Corría el año 1937, encuadrado históricamente en la época del gran terror y las grandes purgas estalinistas; un compañero de alturas le acusó de reaccionario y espía del capital, es decir, un traidor a la causa del pueblo en toda regla. Vitali fue sometido a todas las torturas del momento, hasta que su cuerpo no pudo soportarlo más y, según afirma el autor del libro, aceptó la falsa declaración de culpabilidad previamente pergeñada por los agentes de la NKVD: “En la época de las purgas estalinistas, ser una persona reconocida como los hermanos Abalákov era muy peligroso. Desconozco por qué Vitali fue encarcelado y su hermano Yevgueni, no; es curioso que no pidieran a Vitali que inculpara a su hermano”.

Mientras Vitali sufría en Lubianka, su hermano continuó con su pasión en el Cáucaso, pues ese año no hubo grandes expediciones a los países de Asia central. “Aunque Yevgueni siguió escalando, muchos alpinistas, entre ellos su hermano, fueron arrestados por los servicios secretos; no tengo estadísticas exactas, pero la cifra de ajusticiados debió de estar en torno al 40-50%”.

Once años después del encarcelamiento de Vitali, en 1948, Yevgueni apareció muerto en el baño de la casa del doctor Belikov. Según certificó el atestado, la muerte del pequeño de los hermanos se debió a una mezcla de alcohol y monóxido de carbono. Abalákov, supuestamente, había ingerido cantidades altas de vino. Quiso darse un baño y en el momento de activar el agua caliente, el calentador empezó a emitir monóxido de carbono. Sin embargo, ni su viuda ni su hijo creyeron esta versión, y defendieron hasta el día de sus respectivas muertes que Yevgueni Abalákov fue asesinado. “Estoy seguro de que no fue así, aunque su hijo defendió la versión del asesinato. Esta paranoia es entendible, la NKVD asesinaba sin dejar rastro; además, a los rusos les gusta mucho las historias de crímenes y complots”, asegura Cédric Gras que ha tenido acceso a los atestados que se hicieron en esa época y los testimonios de personas cercanas al muerto.

La muerte de Yevgueni fue un duro golpe para el alpinismo soviético, él era el gran héroe de las montañas, había entre los alpinistas una sensación de orfandad que el hermano mayor tuvo que suplir con su fervor comunista y su ingenio. Vitali escaló alguna que otra montaña más, preparó a futuros escaladores en campamentos y continuó diseñando artilugios y escribiendo manuales de escalada, que conformaron su canon del escalador soviético.

Pero hubo una montaña que ofreció resistencia a los hermanos: el legendario Everest. Hasta el 4 de mayo de 1982 los soviéticos no lo lograron conquistar. “En los años 60, se produjo el divorcio del comunismo sino-soviético. El paso del norte quedó vedado para los alpinistas soviéticos; tenían que pedir permiso a Nepal, pero la burocracia era muy lenta, y mientras esto ocurría los soviéticos perdieron interés por el alpinismo como disciplina. Además, el Everest estaba muy solicitado y otros escaladores de otras nacionalidades ya lo habían conquistado.” Sin embargo, los escaladores soviéticos que lograron ese hito fueron recibidos en la URSS como auténticos héroes. En la comitiva que los recibió, se encontraba un Vitali ya mayor pero robusto. Murió cuatro años después a la edad de 80 años, con el gusto de saber que al menos entre ese pequeño grupo marginado de alpinistas, sus proezas y sus inventos habían contribuido en el esfuerzo soviético de tocar el techo del cielo.