Erika Fatland surca imperios desaparecidos
En “Los navegantes” (Tusquets) esta noruega inquieta sigue la travesía de los marinos y conquistadores portugueses. Zarpa desde el Golfo de Vizcaya, continúa a través de Ceuta, Cabo Verde, Guinea-Bisáu, Angola, Mozambique, India, Sri Lanka, Macao, Malaka, Japón, Brasil y finaliza su ruta en Portugal.

Texto: David Valiente Foto: Erika Fatland
Los escritores de literatura de viajes, desde hace un tiempo, han asumido la misma actitud de un turista japonés que visita los rincones de Europa con su camiseta de hilo, su cámara de fotos colgada al cuello—ahora son más de móviles, aunque todavía ves a alguno con esos cachivaches— y el rostro de asombro antes y después de posar sus ojos en el objetivo. Al igual que hacen estos visitantes temporales, muchos narradores contratan excursiones grupales, con guía incluido, para convertirse en un elemento más del maravilloso paisaje e intentar captar alguna pincelada de conocimiento. Con dedicación, cuando llegue a casa se pondrá delante del ordenador, aporreará las teclas al tuntún y, como no ha entendido de qué trata el juego, las pocas anécdotas interesantes del viaje se las guardará y las expondrá, a modo de cortejo social, delante de familiares, amigos, vecinos y, por qué no, algún ligue.
Sin embargo, los desiertos que una vez fueron oasis siempre atesoran alguna gota de agua que pueda dar esperanza a algún caminante agotado y desorientado. Todavía queda algún escritor viajero que se atreve a mirar el paisaje que lo acoge —o lo repudia— con las lentes que la naturaleza le dio. Erika Fatland es esa gota cargada de humedad que da esperanzas a los lectores que aman la literatura de viajes. Ella no escribe por emborronar hojas, ni viaja para coleccionar sellos en su pasaporte; su objetivo es comprender las conexiones humanas existentes dentro de una gran región geográfica y desentrañar por qué algunos lugares del mundo son como son ahora.
En 2014, iniciando la década de los treinta —aunque en España no vio la luz hasta cinco años después—, la viajera, escritora y antropóloga publicó su primer libro: Sovietistán. Un viaje por las repúblicas de Asia Central, en el cual, con una maestría temprana poco habitual para su edad, se impuso la tarea de comprobar qué queda de ese mundo soviético en los países conocidos como “stan” años después de que la Unión Soviética hubiera desaparecido. Una de las primeras cosas que me llamaron la atención de este primer contacto con la prosa de Erika Fatland fue la madurez que desprendía cada escena: madurez literaria e intelectual. Parecía que llevaba, al menos, setenta años recorriendo Asia Central y documentando en infinidad de cuadernos costumbres, olores, lugares, monumentos, gentes. Sus dos posteriores publicaciones, En la frontera: un viaje alrededor de Rusia e Himalaya: un viaje a través de Pakistán, India, Bután, Nepal y China, me confirmaron que aquella brillante incursión en un mundo tan complejo como el de la literatura de viajes no había sido una casualidad. No se le había aparecido la virgen, ni ningún santo: ella era ya, simplemente, una escritora madura, curtida en las lides de no cualquier tipo de viaje y dotada de un intelecto perspicaz que ensambla la geografía, la historia y las vivencias de personas en una estructura metafísica que realmente aspira a abarcarlo todo.
De hecho, una buena parte de su trabajo se ha centrado en las grandes estructuras imperiales que desaparecieron, pero que han dejado una huella que aún no se ha podido borrar y, viendo cómo actúan los principios ineludibles de la historia, con seguridad nunca se podrá diluir entre las reafirmaciones del poscolonialismo y la modernidad. En Los navegantes: un viaje a través del imperio perdido de Portugal (Editorial Tusquets), Fatland sigue tratando de entender de qué manera el pasado interfiere en el presente, pero esta vez se hace a la mar como en la Edad Media lo hicieron sus antepasados, los vikingos. El imperio portugués empezó a levar anclas en siglo XV, con Enrique el Navegante. A quien, como nos cuenta Fatland, el epíteto le viene un tanto grande, porque navegar no es que navegara mucho y en su proyecto expansivo no contemplaba el surcar el sur del Atlántico, sino controlar la franja del Norte de África. El imperio portugués se mantuvo en pie durante más de cinco siglos y en su momento de máxima expansión comprendió cuatro continentes.
Erika Fatland llega a una conclusión que aún a muchos intelectuales les cuesta entender: los imperios no terminan de desaparecer cuando se firman las actas de desconexión de la metrópoli o se declara la independencia izando una nueva bandera. Cuando la administración colonial se derrumba llevándose consigo a los gobernantes y a las élites metropolitanas, las redes comerciales y la cultura —incluyendo la lengua y la religión—, se quedan agarradas a la tierra como una roca de granito que solo desaparecerá milenios después por el efecto erosivo de la intemperie. El imperio portugués es, con toda seguridad, uno de los ejemplos más extraordinarios de la insistencia de la historia por seguir teniendo un lugar preponderante en el presente.
Presente que Erika podría analizar con lentes académicas —por su formación en antropología—, pero ella se las deja en casa. No parte de ninguna hipótesis indemostrable, sino que, antes de juzgar, está dispuesta a escuchar; no extrae conclusiones que no estén respaldadas por la evidencia empírica y sus preguntas afiladas ponen a más de uno en un aprieto. Este modo de afrontar el viaje y la escritura le permite captar las contradicciones de la narrativa y de la realidad que ninguna rígida ideología podría siquiera vislumbrar.
Por este motivo, evita tanto la nostalgia reaccionaria —aquella que ahora también carcome Europa— como el reduccionismo moral —otro que está infectando al Estado moderno. No presenta la expansión portuguesa como una epopeya civilizadora ni reduce los cinco siglos de historia imperial lusa a una sucesión ininterrumpida de crímenes. Reconoce a las víctimas y a quienes aún viven les presta sus oídos, que hacen de altavoz para el mundo. Porque se produjo violencia —y mucha—, aclara la autora, en fenómenos como la conquista, la brutalidad de la empresa esclavista, la explotación económica, la jerarquización racial de la sociedad y los procesos de independencia, pero también hay episodios de progreso que los propios colonizados tampoco olvidan. A su entender, el imperio luso produjo realidades históricas complejas e inclasificables mediante categorías binarias y, por eso, Erika Fatland insiste en que las discusiones no deben apoyarse en un aparato ideológico, porque esta postura no va a permitir analizar las zonas grises.
Ahora bien, a pesar de las muchas y grandes virtudes de Los navegantes, el libro cae en una debilidad o, mejor dicho, una limitación. Es discutible, a pesar de todo el esfuerzo que pone por ser imparcial, que la autora consiga escapar de cierta fascinación romántica por la época de los descubrimientos, sobre todo en lo relacionado con la navegación y la mar. Esa admiración se transmite al lector mediante descripciones que destacan la magnitud de la empresa marítima y la extraordinaria capacidad de aquellos hombres para adentrarse en océanos prácticamente desconocidos. El riesgo de esta aproximación es que algunos lectores interpreten esa fascinación como una forma de nostalgia imperial. Y créanme: hay algunos críticos que ya lo han hecho.
Estos comentaristas de libros están ciegos, más incluso que los personajes saramaguianos. La autora no toma un avión y se presenta en Cabo Verde, Goa o Brasil, sino que, como hicieran los marineros del siglo XV y XVI, surca los mares y los océanos en diferentes barcos y siente las mismas emociones que tal vez pudieron experimentar Bartolomeu Dias o Pedro Álvarez Cabral, mientras se acostumbraban al bamboleo de las olas. Ella conoce la felicidad que genera la brisa marina desordenándote los cabellos mientras se observa al concierto de estrellas interpretar una sinfonía silenciosa en el cielo y en el mar, en plena oscuridad. También ha sentido ese miedo que agarrota las pantorrillas y atenaza la garganta cuando la mar se pone rebelde y escoge poner a prueba a todo aquel intrépido —o loco— que osa surcar su superficie. La escritora noruega construye una empatía a prueba de misiles y críticas, pero que no deja de ser peligrosa al estar jugando al borde de un precipicio ideológico al que muchos ya han caído.
El viaje de la escritora noruega empieza en Portugal y termina también en la metrópoli. Al terminar el periplo y llegar a la última línea del libro, una sensación extraña persiste durante unos días. Es una mezcla de desasosiego y melancolía al contemplar el actual Portugal, un país que en su momento fue un imperio, y al que ahora, en su etapa postimperial, sin poder, con una tasa de natalidad por los suelos, sumido en guerras tribales por el relato ideológico, solo le queda mostrar con orgullo a los turistas el Arco de la Rua Augusta y las estatuas ecuestres de los reyes que un día contribuyeron al auge y a la decadencia de la tierra lusa. Quizá no haya nada más melancólico que observar a un país obligado a vivir de recuerdos de aquello que una vez fue capaz de construir y también de destruir.









