“Robinson Crusoe” nació en los periódicos.

Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

 

Londres, 1718

 

Daniel de Foe está empolvando él mismo con cal su peluca de hombre elegante, aunque empiece a mostrarse algo enmarañada. La habría llevado a reparar y empolvar de blanco, pero los precios de los fabricantes, agravados por un nuevo impuesto gubernamental, hacía aconsejable a su quebrado bolsillo ocuparse él mismo de eso.

Mira por la ventana de su vivienda en una calleja sombría de Londres y no se siente especialmente satisfecho con sus logros. Va a cumplir los sesenta años y no ha conseguido hacer algo grande, como se había propuesto desde muy joven. Como hijo de un simple carnicero, decidió ya muchos años atrás añadir a su vulgar apellido Foe la partícula “De” que sonaba más aristocrática. Primero estudió para sacerdote presbiteriano porque le parecía una buena oportunidad social, pero la vida mundana le atraía demasiado. Se dedicó al comercio de artículos de mercería, pero tenía el vicio de la política y de la escritura. Sus panfletos sarcásticos sobre la iglesia anglicana lo pusieron en la picota, literalmente. La picota era una columna de piedra en alguna céntrica plaza donde se exponía a los reos para castigarlos con el deshonor público. Fue espía en el bando de los liberales y en el de los conservadores, y eso lo llevó a cumplir pena de cárcel por traición. Siempre inquieto y siempre con ánimo reformista, al salir de la cárcel puso en marcha The Review, una publicación periódica sobre asuntos políticos y sociales donde, muchas veces, lo que más satisfacción le daba era el apéndice literario. Ha escrito panfletos, algunas semblanzas biográficas, pero aunque la literatura le ha atraído siempre, su vida agitada nunca le ha permitido sentarse a escribir y tal vez ya sea demasiado tarde.

Se sienta en un butacón algo polvoriento y toma un periódico atrasado. Empieza a leer para distraer sus inquietudes y se fija en un texto que cuenta, basándose en el relato del capitán del galeón Duke y su primer oficial, la historia de un marinero llamado Alexander Selkirk. Ejercía de piloto en el Cinque Ports y, después de la muerte del capitán en Brasil, su relación con el nuevo capitán fue de mal en peor. Hasta el punto de que estando cruzando por delante del Archipiélago de Juan Fernández, a 700 kilómetros de la costa de Chile, pidió ser desembarcado en una de sus islas con unos cuantos utensilios para su supervivencia. Muchos pensaron que moriría en esas soledades, pero cuatro años y medio después, el Duke se detuvo a hacer agua en la isla y se topó con ese solitario habitante.

Daniel Defoe va agrandando los ojos a medida que lee. Con el sentido de lo noticioso que ha desarrollado en su tarea de editor de prensa, se da cuenta de que hay ahí una gran historia. Se va hasta el escritorio donde dormitan unas hojas desechadas con esbozos de artículos contra los jacobinos, que tantos quebraderos de cabeza le han traído. Toma papel y tintero. No quiere que lo acusen de plagiar la historia y que el propio marinero pudiera demandarlo. Así que en lugar de las costas de Chile va a situar su odisea en las Antillas, no va a desembarcar voluntariamente sino que su barco naufragará y no será una peripecia de cuatro sino de 28 años. Mostrará con detalle cómo vence a la soledad, cómo resuelve la logística de la supervivencia y logra construir una vivienda donde pasar la vida. Su soledad se verá amortiguada al paso de los años por un indígena al que va a rescatar de los caníbales y lo bautizará como Viernes. A ese marinero al que ha de dar un nuevo nombre, lo bautizará con un nombre corriente y un apellido sonoro: se llamará Robinson Crusoe.

La isla más literaria del planeta

La indagación de un grupo de arqueólogos impulsada por el Museo Nacional de Escocia en 2008 en la isla de Aguas Buenas del archipiélago Juan Fernández, a 450 millas de las costas chilenas, confirma la asombrosa historia de Alexander Selkirk. El relato del capitán del barco que afirmaba haberlo rescatado en 1709 en la isla de Aguas Buenas hablaba de “algunas piezas e instrumentos de navegación, entre las pocas pertenencias que Selkirk había llevado consigo del barco”. Hay quienes pensaron que podía haber sido pura imaginación. Sin embargo, resultó muy revelador en esa remota isla el hallazgo de una parte de un compás de puntas como los que utilizaban los oficiales de derrota del barco de aquella época para trazar rumbos sobre la carta.  El hallazgo ha permitido situar con exactitud el lugar de la isla en el que el marino estableció su refugio durante sus años de soledad. La isla, actualmente, se conoce como Isla Robinson Crusoe. La literatura se ha apoderado de la realidad.