Contar, leer, viajar
Los orígenes de la literatura están estrechamente relacionados con el viaje.

«Las compañeras de viaje» (1862)
Texto: Javier Pintor Pintura: August Leopold Egg
Alrededor del siglo VIII a. C. surgió en la antigua Grecia una de las obras consideradas esenciales en la historia de la cultura y origen de toda la literatura universal de Occidente: La Odisea de Homero, que tanto ha dado que hablar este verano al hilo de la película de Christopher Nolan. Narra el largo viaje de regreso a casa del héroe griego Odiseo (Ulises en la versión latina) después de la Guerra de Troya. El personaje de Ulises, desde entonces, simboliza la aventura y la sabiduría alcanzada a través de la experiencia viajera. La obra ha sido una fuente de inspiración para multitud de creadores de todos los ámbitos de la cultura. Su huella se puede encontrar en infinidad de textos a lo largo de la historia. En el siglo XX obras tan significativas de la modernidad como El Ulises de Joyce, La muerte de Ulises de Eugenio Montale o Ítaca de Constantino Cavafis son herederas de la tradición homérica. Su influencia es de tal calado que películas tan exitosas como El señor de los Anillos o Star Wars, con su protagonista Luke Skywalker a modo de Ulises moderno, plasman perfectamente la esencia del viaje iniciado siglos atrás en La Odisea.
Los comienzos de la literatura están vinculados, de este modo, con una tradición viajera que se extenderá por toda la Edad Media y el Renacimiento en obras tan influyentes como La Divina Comedia, Las crónicas de Indias, El diario de los viajes de Colón, El libro de las maravillas del mundo de Marco Polo, El Quijote o Los viajes de Gulliver.
Durante la Ilustración se afianza el género con la idea de que para comprendernos mejor a nosotros mismos es necesario estudiar mejor a los otros. El viaje durante la Ilustración se convierte en elemento nuclear en la formación de los jóvenes. La curiosidad por el conocimiento de los otros, apuntado durante el Renacimiento, se consolida en esta época.
En España, escritores como Jovellanos o Leandro Fernández de Moratín destacan en la práctica de un género que se consolida en este período. Jovellanos viajó por distintas regiones españolas anotando detalles de los lugares que visitaba con tanta minuciosidad y sensibilidad en las descripciones de la naturaleza que se le considerará precursor de los textos de viajes de los escritores del 98. Se llega a comparar el detallismo de sus descripciones paisajísticas con la de maestros como Azorín.
Durante el siglo XIX aquí el género goza de una vitalidad extraordinaria y, en ocasiones, uno no distingue la imagen del escritor de la del viajero, ambas figuras se volverán intercambiables. El viajero se identificará cada vez más con la del escritor. El género ya está plenamente consolidado y el interés por este tipo de libros es creciente. Destacan en esta época los libros de viajes del Duque de Rivas, de Galdós, de Mesonero Romanos o de la Pardo Bazán. Algunos de estos escritores abrirán el camino para la literatura viajera del 98, tan representada en escritores de la categoría de Azorín, Baroja, Unamuno o Machado.
Ortega y Gasset marca la pauta de buena parte de la escritura viajera de la primera mitad del siglo XX español. Según Ortega, la unión de hombre y naturaleza a través del paisaje conforma una manera de ver la realidad. El hombre es su paisaje y éste, sin aquel, es materia inerte, deshumanizada. Esta idea orteguiana adquiere una enorme trascendencia en la obra de los escritores del 98 y será incorporada en la obra viajera de Camilo José Cela.
Dentro de la figura del periodista viajero en la primera mitad del siglo XX destacan nombres como los de Julio Camba, Josep Pla, Gaziel y Manuel Chaves Nogales. Los cuatro pertenecieron a una generación viajera y se convirtieron en grandes cronistas de su tiempo. Manuel Chaves Nogales afirmaba que su oficio se limitaba a “andar y contar”. Con esa visión recorrió Europa en 1928. Sus crónicas, reunidas en La vuelta a Europa en avión, componen una oda al viaje aéreo.
La lista de autores contemporáneos autóctonos que han publicado obras que se pueden encuadrar en la literatura de viajes es bastante extensa: Javier Reverte, Manuel Leguineche, Josep Maria Espinàs, José María Merino, Luis Mateo Díez, Antonio Muñoz Molina, Lorenzo Silva o Julio Llamazares, entre otros.
Viajero infatigable, Javier Reverte definía el viaje como una aventura sensual y sentimental. Su trilogía de África cosechó un gran éxito de público y lo convirtió en todo un experto de este continente. Su estilo combinaba las experiencias del viaje con la historia de los lugares visitados lo que le servía para explicar el presente analizando el pasado. Libros como El río de la luz (2009), En mares salvajes (2011) o Suite italiana (2020) están salpicados de lúcidas reflexiones filosóficas e ideológicas, rasgo que define gran parte de su obra.
Julio Llamazares es autor de una extensa obra que abarca prácticamente todos los registros literarios desde la poesía a la novela, el relato, la crónica periodística, el guion cinematográfico o los libros de viaje. Este último es un género al que lleva décadas dedicándose y con el que mantiene una relación estrecha que comenzó en el año 1990 cuando publicó El río del olvido. Para Llamazares, el paisaje es un espejo en el que nos vamos mirando, guarda la memoria y sostiene las huellas del pasado. Comenta que ese paisaje es el mismo para todos, lo único que cambia es la geografía de cada uno.
Llamazares ha recorrido miles de kilómetros a lo largo de su vida que le han permitido explorar España a través de sus paisajes, sus gentes o sus catedrales. En sus libros de viajes, el autor peregrina por esa España deshabitada, olvidada y maltratada, por lugares escondidos que solo un viajero como él es capaz de rescatar. Obras como Tras-os-montes (1998), Cuaderno del Duero (1999), Las rosas de piedra (2008), Atlas de la España imaginaria (2015) o Primavera extremeña (2020) combinan la descripción paisajística con una honda reflexión crítica sobre la memoria y la identidad. El aliento poético que salpica toda su obra hace que estos libros de viajes se impregnen de una mirada melancólica, íntima y profunda.
En el otoño de 2025 la editorial Alfaguara publicó El viaje del padre (2025), un libro en el que Julio Llamazares viaja a la memoria de la Guerra Civil española. Ochenta y seis años después de que su padre, con apenas dieciocho años, cruzara la Península Ibérica caminando para participar en algunas de las peores batallas de la contienda civil, como la de Teruel y la de Levante, Llamazares se propone replicar su periplo. La participación en esta contienda marcó la vida de su padre para siempre. Julio tratará en este libro de reconstruir aquellas historias, que su padre le contaba y a las que él no prestó atención en su juventud, “con los retazos de lo que se quedó en el aire y aún alcanzamos a recordar”. El autor contempla ese paisaje para intentar recuperar los testimonios que todavía permanecen en esos lugares.
Llamazares es un viajero documentado para quien el paisaje es una forma muy profunda de memoria. El autor transita por unas tierras que en su día fueron de frontera y evoca paralelismos entre la época del Cid y la actual. En el libro aparece admirablemente descrita la arqueología industrial a través de las estaciones de tren abandonadas, el eco de los bombardeos terribles de la guerra, los rastros que aún perduran del mundo de los maquis, y finalmente, la emotiva evocación del mar.
Los libros de viajes son un género con una tradición arraigada en nuestra literatura. Este ha sido siempre un país de viajeros y a la vez uno de los destinos preferidos por los viajeros de otros países. El viaje se ha convertido en un fenómeno social y cultural cuya proyección se refleja, entre otros muchos aspectos, en una mayor presencia del viaje en la literatura. En la actualidad, infinidad de proyectos culturales literarios tienen su base en la idea del viaje. Son cada más numerosas las publicaciones dedicadas a la materia viajera. Se organizan muchos clubs de lectura que giran alrededor de esta temática y las agencias de viajes organizan rutas literarias por todo el mundo. Un ejemplo, de muchos: la Fundación Luis Seoane de A Coruña organiza un taller literario denominado «Lugares de novela», que explora la relación entre la literatura y el territorio a través de obras ambientadas en lugares concretos.
El viaje ha sido una fuente inagotable de inspiración para los escritores por lo que supone de metáfora de la propia vida. Solo es necesario recorrer algunos de los textos seminales que moldearon la literatura universal para percatarse de que el viaje es el hilo conductor de todos ellos. Obras como La Ilíada, La isla del tesoro de Julio Verne, Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, Moby Dick de Melville, El corazón de las tinieblas de Conrad o ya en el siglo XX Viaje al fin de la noche de Céline o En el camino de Jack Kerouac deben su estructura a la narrativa del viaje.
El género de la literatura de viajes atraviesa los siglos gracias, en parte, a que es un género fronterizo con vocación de perdurabilidad. Quizá por eso se le ha calificado como género híbrido, interdisciplinar y con una notable capacidad para metamorfosearse. Los relatos de viajes han pervivido a través del tiempo por su capacidad de amoldarse a los numerosos avatares históricos y culturales de cada época.










