Los tiempos pandémicos y de cambios digitales nos han sumido en una incertidumbre que ha generado un estimulante auge de los libros de Historia.

 

Texto: José Ángel LÓPEZ   Foto:  L. GAUTHIER

 

Ha aparecido un buen número de libros, ensayos y trabajos en general que abordan el momento histórico que estamos afrontando. La experiencia de la pandemia de la COVID-19, aún muy lejana a su finalización, está provocando un curioso fenómeno de regreso al pasado como forma de afrontar las incertidumbres que el inmediato futuro nos arroja.

Para ello, nada mejor que volver a la Filosofía. Anthony C. Grayling acaba de publicar en español su obra Historia de la Filosofía (ed. Ariel) que, siguiendo el camino marcado por Bertrand Russell, intenta que este trabajo sea el instrumento que fomente la entrada o la invitación a la lectura de las obras de los filósofos aquí recogidos. Pensada como un texto no intrínsecamente académico sino, más bien, para el lector general, intenta desmitificar que la Filosofía constituya un reducto para un público muy iniciado. El objetivo que reivindica el autor es muy claro: una aproximación clara y concisa a las líneas maestras de cada autor recogido para que, a gusto del lector, puedan ser objeto de una posterior profundización. La dedicación de cuatro capítulos a la Filosofía india, china, árabe-persa y africana, respectivamente, tras abordar un recorrido histórico desde la antigüedad hasta la actualidad, completa un volumen muy recomendable.

Niall Ferguson aborda en Desastre. Historia y política de las catástrofes (ed. Debate) una reflexión transversal sobre “una teoría general de los desastres”. La actual pandemia no es un fenómeno inédito en la historia de la humanidad. Las pandemias y las guerras se han sucedido con una secuencia aleatoria, imprevisible. La sucesión de rinocerontes grises (desastres cercanos predecibles), cisnes negros (completamente inesperados) o reyes dragón (de consecuencias singulares) se han producido desde el inicio de los tiempos. El mundo de las redes y de la globalización y su eventual segmentación (las cuarentenas y los confinamientos) necesitan un diseño y ejecución política que, en muchas ocasiones, son manifiestamente mejorables. Aspectos como la geometría fractal del desastre nos indican que los accidentes son provocados por errores en la gestión (Titanic, Challenger, Chernóbil). Las consecuencias económicas de la pandemia y su traducción en el diseño de un nuevo orden internacional son igualmente analizadas en el libro. Las conclusiones son, por igual, realistas pero inquietantes y avisan de la imposición de un totalitarismo que condena la libertad en aras de la seguridad y que olvida como alguno de los peores desastres han tenido como protagonistas a este tipo de sistemas.

Antonio Muñoz Molina en Volver a dónde (ed. Seix Barral) nos vuelve a conmover con su pasmosa facilidad para reflexionar sobre lo cotidiano y, a la vez, sobre lo excepcional. Sin estridencias, después del confinamiento, rememora en la nueva normalidad en torno a sus orígenes y a las personas con las que los compartió, que ya empiezan a desaparecer. Sin embargo, la memoria familiar no renuncia a la búsqueda de responsabilidades. Vivimos como si no hubiera límites…ni catástrofes: “El poder acrecienta el grado de responsabilidad: pudieron y debieron saber y actuar mucho antes los que mandaban, pero en casi ningún país lo hicieron, y esa casi universal incompetencia es una prueba de la inevitabilidad humana del error. La clase política, en su mayor parte, se revela cada vez más como una turba parásita que no se ocupa de arreglar los problemas verdaderos que existen, sino de hacerlos tan graves que ya no tengan remedio”. Pero no solo los políticos han mostrado su perfil más real; el mantra de que saldríamos mejores de la experiencia se ha mostrado como una burla más. El personal quiere disfrutar del ahora como si no hubiese un mañana, sin pensar en los costes sociales ni en los esfuerzos de los sanitarios, a los que los aplausos desde los balcones les debe de resultar una burla. Monumental, como siempre.

Hablando de totalitarismos Karl Schlögel nos ha obsequiado con una de sus obras más completas, lo cual es decir mucho en el mejor especialista en el mundo soviético. El autor de Terror y Utopia. Moscú 1937, acaba de publicar El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido (ed. Galaxia-Gutenberg). El historiador, coetáneo a los acontecimientos y experiencias que analiza en su trabajo, se convierte a la vez en cronista y analista de las consecuencias del desmoronamiento de un experimento pero, también, de las características que poseía el mismo. Así, nos presenta un fresco muy amplio del Imperio: desde sus orígenes revolucionarios, su consolidación durante la construcción de la Unión Soviética, los signos soviéticos, la vida cotidiana, los espacios interiores y públicos, los rituales del régimen, los paisajes carcelarios (Kolimá, o las islas Solovki) o las zonas de contacto con el mundo occidental- como las tiendas beriozka, en las que los turistas occidentales contemplaban la abundancia de la oferta que se negaba a los nativos-. Una auténtica delicia para los que hemos compartido esta experiencia de contacto con el mundo soviético-por razones académicas, y por edad- y un descubrimiento para las jóvenes generaciones que lo han estudiado en los libros de historia.

Las derivadas internacionales que se proyectaron desde el universo soviético alcanzaron a un buen número de Estados, incluida la España de la Guerra Civil. Dos volúmenes de reciente aparición abordan temáticas con cierta conexión. En el trabajo de la historiadora norteamericana Lisa Kirschenbaum, El comunismo internacional y la Guerra Civil española (Alianza Editorial) se analizan las mutuas influencias derivadas de este contacto entre ambos fenómenos: desde la formación en la Escuela Lenin de Moscú de los comunistas extranjeros que desarrollarían su labor posterior de propagación de la ideología en sus respectivos Estados, hasta el papel que la contienda española ocupó en el imaginario comunista internacional durante el periodo de la Guerra Fría, en un momento de crisis y desilusión en el movimiento tras las revelaciones de los crímenes de Stalin en el XX Congreso del PCUS. Aborda igualmente aspectos poco tratados, como el papel de la mujer, de los dirigentes comunistas y su relación con las autoridades soviéticas, o la huida de disidentes trotskistas a España, escapando de las purgas estalinistas.

Precisamente uno de los líderes de esa disidencia, Andreu Nin, es el protagonista de La Revolución imposible (ed. Tusquets), de Andreu Navarra. El máximo dirigente del POUM, que había vivido durante nueve años en la Unión Soviética, denunció la conversión de la revolución en aquel país en un totalitarismo maniatado por la práctica del terror a gran escala. Su regreso a España no impidió que en el mes de junio de 1937 fuese acusado por la policía secreta republicana, sometida a los dictados del soviético Orlov, de conspiración contra la República. Después de días de tortura en algún lugar próximo a Alcalá de Henares se consumó un crimen de Estado. Su cuerpo no apareció nunca y su historia, narrada en esta biografía, confirmaba la forma en la que Moscú se cobraba las disidencias más allá de sus fronteras (recordemos el caso del propio Trotski asesinado a manos de Ramón Mercader).

Mary Beard, en Doce Césares. La representación del poder desde el mundo antiguo hasta la actualidad (ed. Crítica) nos presenta en lo que parece más un libro de arte que un ensayo histórico, la relación cambiante entre identidades, realidades y representaciones que, a lo largo de dos milenios de historia, ha tenido como protagonistas a aquellos que han detentado los resortes del poder. La historiadora del periodo clásico realiza, en una obra excepcional desde el punto de vista de la documentación y la ilustración, una reivindicación del papel de las imágenes de los emperadores romanos como modelos a imitar en las posteriores representaciones de monarcas y nobles, así como de cualquiera que tuviese suficiente dinero para ser retratado o inmortalizado en un busto. Las representaciones de los mismos han inundado la iconografía del poder en todos los tiempos, llegando hasta el mundo del arte contemporáneo o del cine. Curiosamente y en un proceso paralelo, las visitas en los museos a las galerías de bustos clásicos se han reducido a la mínima expresión, como lo ejemplifica Beard en la Galería de los Uffizzi. De tal manera que ha terminado por interesar más el mundo de las copias o réplicas que el original que actuaba como modelo.

Desde el mundo literario tenemos dos relatos testimoniales en torno a experiencias personales vividas en el mundo soviético y durante el conflicto en Bosnia-Herzegovina. El primero es El jardín de vidrio, de la moldava Tatiana Țȋbuleac (ed. Impedimenta). Premio de Literatura de la Unión Europea relata una experiencia traumática que, por desgracia, no resultaba tan alejada de algunas realidades personales durante el periodo soviético en esta república periférica. La protagonista es, en teoría, rescatada de un orfanato por parte de una anciana que comienza a explotarla laboralmente, en un régimen de esclavitud, recogiendo vidrio en la calle. Las vivencias de la pequeña, conforme va creciendo, se van tornando más complejas y sirven para reflejar la lucha por la supervivencia en un entorno hostil pero, especialmente, la búsqueda de una identidad personal y colectiva. Para alguien que ha tenido desde hace más de tres décadas el interés investigador por rescatar la memoria histórica y cultural del pueblo moldavo y que ha compartido paisajes en Chisinau como los descritos en el relato, resulta conmovedora esta novela.

Plegaria en el asedio, de Damir Ovčina (ed. Automática) es un relato crudo, directo, impactante, sin concesiones al lirismo. Las oraciones son minimalistas, telegramáticas, pero no melodramáticas. La concisión es una estrategia literaria afortunada a lo largo del libro. El contexto histórico de la experiencia de un adolescente bosnio se desarrolla desde la primavera del año 1992, con el inicio del asedio a Sarajevo, hasta finales de 1995. Atrapado por azar en el barrio de Grbavica, que estaba ocupado por las fuerzas armadas serbias, se verá obligado a formar parte de un pelotón de trabajo cuya labor consiste en enterrar a los muertos. La separación de la familia, la mera supervivencia y las relaciones personales y emocionales configurarán el crecimiento moral inmerso en un conflicto tan brutal como absurdo. La búsqueda de la esperanza, del amor, del arte y de la bondad en semejante escenario recuerda a otros autores de Europa oriental que testimoniaron paisajes devastadores bélicos o político-sociales propios del totalitarismo, como Vasili Grossman, o el escritor de las experiencias del Gulag, Varlam Shalámov. Un auténtico descubrimiento este desconocido escritor.