Galaxia Gutenberg publica «El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido», de Karl Schlögel, donde aborda los resortes culturales y sociales que compusieron el día a día del ciudadano soviético.

 

Texto: David VALIENTE

 

Las imágenes del muro de hormigón grafiteado cayendo al suelo en bloque cautivaron al mundo. Corría el año 1989, un día cualquiera de noviembre grupos de personas se arremolinaban alrededor del telón de acero construido, ex profeso, para frenar los intentos de fuga de la cárcel soviética. La URSS padecía su primera hemorragia, precedente del desmembramiento de los países que la componían y que luego se decantaron por aquel sistema que durante años había sido su némesis. Un par de años atrás ningún sovietólogo que se precie hubiera apostado su sueldo a favor de este hecho; el bloque soviético parecía indestructible, tan consolidado como el capitalismo en la Europa occidental y en los Estados Unidos.

La Unión Soviética expiró en 1991, no así el interés que sigue despertando en millones de personas alrededor del mundo, gente ávida de conocer el sistema que durante tantos años mantuvo en jaque a los gobiernos capitalistas. Un libro que contribuye al conocimiento del público medio y especializado, lo ha editado recientemente Galaxia Gutenberg y lleva el título de El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido. En él, el autor se centra en los resortes culturales y sociales que compusieron el día a día del ciudadano soviético, dejando en un segundo plano las cuestiones políticas y económicas que ya ocupan abundantes listados bibliográficos.

Su autor Karl Schlögel es un viejo conocido de los lectores españoles, pues ya publicó dos magníficos ensayos: Terror y utopía y En el espacio leemos el tiempo: sobre la historia de la civilización y geopolítica. En una reciente visita a España, el autor nos ha concedido una entrevista en la que nos reconoció que “la inesperada ocupación de Crimea por parte de los rusos me llevó a escribir este libro”. Nunca pensó que Rusia iniciaría movimientos militares en la zona: “Me quedé en shock”. Con este nuevo libro pretende “ser justo con los acontecimientos” y contar todo lo que subyace detrás de la anexión de Crimea a través de “esta colección de historias tal y como yo las entiendo”.

Inició sus estudios sobre la Unión Soviética en la universidad. Siendo muy joven cruzó al otro lado del Telón de Acero para comprobar con sus propios ojos si lo que contaban en los libros era cierto. “Desde entonces he visitado el este de Europa con regularidad, hice estudios en Moscú y San Petersburgo, me casé con una rusa y formé una familia”.

Un “hombre soviético” decadente y en el exilio

En 2015, la editorial Acantilado publicó El fin del Homo sovieticus de la premio Nobel y periodista Svetlana Aleksiévich donde trata de mostrar al mundo los terribles resultados del experimento soviético para las personas que vieron limitadas sus capacidades de acción y elección. En sintonía con la premio Nobel, Karl Schlögel define al “hombre soviético” “como una construcción ideológica” pergeñada a partir de los tiempos difíciles que le tocó sufrir y no como una realización futurista al estilo de Trotsky. Con más exactitud, el “hombre soviético” “se forma durante los trágicos acontecimientos de la Primera Guerra Mundial, las revoluciones, las guerras civiles, la colectivización de la tierra, la gran hambruna del 32, el gran terror del 37 y los 27 millones de víctimas de la guerra contra Alemania”.

La “civilización soviética”- entendida como el modo de vida de las personas y el espacio donde interactúan “los poderes de arriba” y “los poderes de abajo”- mucho tenía que envidiar a la época de los zares, sobre todo a partir de 1860 cuando se inician una serie de reformas que dinamizan la economía, iniciando un ascenso en los sectores claves, como la industria, que “despertó la admiración de los países más avanzados e incluso de Trotsky”. Sin embargo, la Unión Soviética en su mayoría continuó siendo un país de campesinos, a excepción de “las metrópolis ciudades portuarias como Riga, Odessa, ciudades industriales como Lodz y otras” que tuvieron su momento de formación a principios de los años 30, tomando como modelo al que pocos años después sería gran rival en el tablero internacional, Estados Unidos, y desdeñando los modelos expuestos por la vieja Europa.

Pero el crecimiento podría haber sido mucho mayor si durante los años que la URSS estuvo en pie, no se hubiera permitido la gran diáspora que aconteció en tres grandes oleadas: en los años 20, tras la Segunda Guerra Mundial y en los años 70. Población, sobre todo rusa, desperdigada por todas las ciudades del globo terráqueo, desde Bangkok y Sídney hasta Los Ángeles, pasando por Benidorm. “Esta pérdida fue catastrófica, la Unión Soviética requería de ingenieros, profesores; toda la élite antigua que conformaba la burocracia se marchó de sus países de origen”.

Autores como Nabokov o Bunin tuvieron que crear nuevas infraestructuras culturales en los países de acogida; tan solo en Berlín, ciudad de residencia de Karl Schlögel, la población rusa, tanto de blancos como de rojos, llegó a los 300 000. “Contaban con 80 editoriales y 20 periódicos en ruso. La élite cultural preservó en el exilio la cultura que los soviéticos querían destruir con tanto ahínco”. Por desgracia para los 144 millones de habitantes (según datos del Banco Mundial), en los últimos 15 años, 2 millones de jóvenes huyeron del régimen de Putin, no con la misma desesperación y ansias que sus antepasados, pero sí con el deseo de realizar sus vidas sin que un gobierno les ponga trabas.

Y la historia continua…

A diferencia de otros países, que transcurrieron parte del siglo XX bajo el mandato de gobiernos totalitarios, en la actual Rusia, encabezada por el mitómano Vladimir Putin, los ciudadanos no han recuperado el espacio público, “no cuentan con una prensa libre, no pueden imprimir ciertos libros; constantemente son sometidos a un discurso de odio bien asentado en cadenas televisivas como el equivalente a vuestro canal nacional”, se lamenta Karl Schlögel.

En Rusia conviven tendencias muy dispares anteriores a la revolución soviética, una serie de aluviones históricos que no han perdido toda su influencia y que se aglutinan unos sobre otros conformando una suerte de pared de sedimentos que muestra su mixtura en la parte superficial del contexto socio-político. “Actualmente estamos en un estadio marcado por el fuerte control estatal que se ocupa de eliminar cualquier disidencia o voz disconforme con las elecciones fraudulentas”.

“Putin, sus periodistas, sus historiadores juegan con la historia y la modifican a su antojo. Pretenden crear un discurso que los legitime y distraiga la atención social de la ausencia de programa modernizador que revitalice el sentido de la nación rusa”. El Estado calla a todos aquellos intelectuales que cuestionan el discurso histórico e imperial que desde el Kremlin se pretende inculcar a las futuras generaciones con libros de historia bastante cuestionables en cuanto a su contenido. Además, Putin modifica los símbolos a consonancia de sus intereses: personajes históricos del nivel de Stalin conviven en las calles de las grandes ciudades con aquellos otros que quisieron borrar de la memoria colectiva por estar detrás del sufrimiento obrero.

“Pero las personas lo único que anhelan es tener una vida normal; y nosotros desde Occidente, aunque no tengamos mucha influencia, deberíamos expresar nuestra solidaridad con aquellas personas que tratan de recuperar el espacio público para hacer lo mismo que hacemos nosotros”.