Ray Bradbury, el escritor transgénero

Ray Bradbury es un Isaac Asimov retorcido, un Dalí literario que también pintaba. Fue el autor de libros asombrosos como “Farenheit 451” o “Crónicas marcianas”. Páginas de Espuma reúne por primera vez todos sus relatos en “Cuentos”, con edición de Paul Viejo.

Texto: Pere Sureda

 

En este volumen encontramos a mucho más que un escritor de ciencia ficción. Este libraco de más de 1300 páginas viene a devolvernos a Ray Bradbury (1920-2012) como el escritor clásico —por eso le lee mos— cuyos cuentos han trascendido con más fuerza en el siglo XXI.

Desde los cuentos más conocidos a relatos menos conocidos o versiones no recopiladas, esta amplísima selección nos muestra de forma cronológica la evolución vital y literaria de un escritor que fue capaz de mostrarnos el lado más fantástico de lo real, pero también sus momentos más tiernos, mordaces e incluso aterradores, que están al mismo nivel, o mayor en algunos cuentos, que obras como Crónicas marcianas, o la siempre vigente Fahrenheit 451.

El prólogo de Laura Fernández es un cuento en sí mismo, y un regalo para los lectores. El trabajo de selección y edición de Paul Viejo es extremadamente respetuoso y a la vez minucioso, y la traducción de Ce Santiago logra que no pensemos que estamos ante una obra escrita en otro idioma. Así lo veo y así lo cuento.

Sobre el cronista marciano se han dicho cosas como estas: “Ray Bradbury: tres grandes novelas y trescientos grandes cuentos. Uno de esos cuentos, El peatón, es uno de los mejores cuentos jamás escritos. Lo escribió en una máquina de escribir, en un garaje, con su familia gritando al fondo”. (Neil Gaiman)

O: “Ray Bradbury escribió todo un universo y lo hizo caber dentro de un libro. Uno pequeño, pero con tamaño de universo”. (Stephen King)

O también: “Él fue mi musa para E.T. Llamé a Ray para preguntarle si podía leer el guion. Me llamó de vuelta como a los cuatro días y me dijo: “No”. Le pregunté: “¿Por qué no, Ray?”. Y me dijo: “Porque voy a llorar y no quiero llorar frente a ti”. (Steven Spielberg)

Pocos de sus cuentos superan las quince páginas de extensión, y son tan compactos, claros en la expresión y densos en imágenes como cualquier obra escrita por cualquiera de los innumerables maestros que incursionaron en este campo. La diferencia reside en que Bradbury no otorga preferencia a la trama por encima de todo lo demás.

En lo mejor de sus relatos cortos siempre hay una sensación inquietante referente al tiempo y al lugar, apuntes de una América que quizá se ha vuelto amarga o de lugares extraños en nuestros recuerdos, o incluso de lugares que nunca existieron. Y contagia esa sensación de casi —pero no del todo— reconocimiento, como de conocidos olvidados hace tiempo a quienes sentimos haber visto en algún lugar antes.

En cuentos como La sabana se percibe también la profundidad de su suspense psicológico: unos niños planean asesinar a sus padres indiferentes en una habitación diseñada como área de juegos. Y una de las mejores historias de mundos alienígenas que alguien pueda leer es La lluvia interminable: la atmósfera que transmite ese cuento crea realidad.

¿Cómo pueden hacernos zozobrar esas fantasías de manera tan íntima? Toda literatura —me atrevo a responderme— es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Ricardo III o a Raskolnikoff, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. En estos cuentos de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos y su soledad al servicio de la literatura, como los puso John Cheever en su día.

La ciencia ficción de Bradbury puede parecer ocasionalmente anticuada, pero él mismo argumenta que, en realidad, no escribe ciencia ficción. La razón por la que su obra aún resuena en nuestra mente, incluso después de más de casi un siglo, no es tanto porque escribiera sobre cohetes futuristas, robots o máquinas, sino porque describía personas que podemos reconocer. Y contaba cómo el desarrollo de la sociedad tecnológica que aniquila el alma, y que él previó con tanta claridad, altera la manera en que pensamos, la manera en que interactuamos. Altera quienes somos.

Un escritor ético pero mordaz, que aboga por la humanidad mientras señala lo humanas que pueden volverse nuestras creaciones… ¡Y qué poco puede quedar de nosotros si no tenemos cuidado!