La periodista y escritora Olga Merino publica «Cinco inviernos», sus diarios escritos en Rusia durante los cinco años en los que trabajó como corresponsal cubriendo el proceso de trasmutación de las repúblicas asiáticas y la guerra de Chechenia.

 

 Texto: David VALIENTE  Foto: Marta CALVO

 

“No habrá revolución, es el fin de la utopía”. Con el sarcasmo y la ironía tan característicos de sus canciones, Joaquín Sabina celebraba el fin de la dialéctica de los imperios. Tras medio siglo de tensión y enfrentamientos en terceros países, Mijaíl Gorbachov, en la navidad de 1991, daba por finalizado el experimento socialista que había sumido al este de Europa y a buena parte de Asia Central en un intento de utopía. Las repúblicas, una a una, dijeron adiós al sueño del proletariado y tomaron un nuevo rumbo; el Imperio soviético se descomponía como si fuera un puzle en el borde de la mesa que cae, pieza a pieza, por la pura fuerza gravitatoria.

Olga Merino, escritora y periodista, tuvo la fortuna de presenciar aquellos momentos de incertidumbre, caos y desorden en una Rusia en proceso de trasmutación. El Periódico de Catalunya la envió como corresponsal durante cinco inviernos. No paró de trabajar, mandar reportajes y crónicas; se codeó con altos mandos del antiguo PCUS e informó sobre aquéllos que verdaderamente padecieron  la crisis económica, social y política de los años 90.

Aunque el trabajo era incesante, encontró huecos para escribir un diario, compuesto de siete libretas, que 30 años después publica en Alfaguara con el título de Cinco Inviernos. Sus diarios se componen de acontecimientos reseñables, que vivió en primera persona, como el asalto al Soviets Supremo a cañonazo limpio o la Guerra de Chechenia. También deja un espacio para las reflexiones personales, momentos de intimidad, críticas a las obras rusas que iba leyendo, entre otras cosas. Pero, sobre todo, dos temas son recurrentes en Cinco Inviernos: Rusia y la escritura.

“Siendo puritanos, es cierto que un diario pierde parte de su razón de ser cuando lo publicas y permites que otra gente lo lea”, afirma Olga Merino en una entrevista ofrecida a Librújula. La decisión de publicar estos diarios la tomó después de la buena recepción de su anterior libro, La forastera: “La sintonía que tuve con el público y la crítica me permitieron creerme que ya era una escritora de verdad, y me insté a publicarlo, ya que los diarios de escritores son las caja negra de su formación. Fue como cerrar un circulo”.

Asegura haber disfrutado leyendo los diarios de Rafael Chirbes e Iñaki Urriarte, sin embargo, durante el proceso de revisión de Cinco Inviernos estuvo acompañada por Julio Ramón Ribeyro y Enrique Vila-Matas. Olga conecta en sensibilidad y temores con Ribeyro; ambos se quejan constantemente del paso del tiempo, de cómo se les escapa de entre las manos sin haberlo aprovechado en la labor literaria. Ver el papel inmaculado les sumía en una profunda apatía, al igual que tras dedicarle horas al proceso de escribir, comprobar al finalizar que de la tinta gastada han resultado garabatos que directamente iban a la papelera. “Me identifico con Ribeyro en el eco de la voz que reclama ser escritor, que siente una gran inseguridad al percibir que sus escritos no son dignos”.

Pero el tiempo ha pasado. Olga Merino ya es una escritora reconocida y premiada, que sabe que las personas “con el don de la vocación literaria, también reciben el látigo para fustigarse. Si te pones esa presión sobre los hombros, vas a perder el combate literario desde el primer momento que lo emprendes. No serás Marcel Proust, Thomas Mann, pero tu voz literaria acaba surgiendo”.

Julio Ramón Ribeyro quería escribir, pero sus quehaceres diarios e incluso la indolencia hacían que perdiera muchas horas de vida lejos de su escritorio. ¿Qué sentía usted cuando dedicaba unas buenas horas a la labor literaria?

Cuando escribí ese diario aún no estaba lo suficiente madura para crear una novela. Como dice Antonio Lobo Antunes, antes de los 30 no puedes escribir nada bueno, al menos que seas un genio. Además el trabajo periodístico me arrollaba, viví un momento histórico tremendo y cada instante nos regalaba un nuevo titular. Pero si algo he aprendido revisando los diarios y a lo largo de mi carrera literaria, es a apreciar el sentido lúdico de la literatura. El censor tiene que venir después y en mi caso lo sufrí muy pronto.

¿La vida del escritor está inevitablemente ligada a la soledad?

Tampoco es inevitable, pero la literatura requiere de tiempo encerrado con la única compañía de la soledad y la introspección. Hay silencios que a veces son tan caros de encontrar.

Después de tres décadas, ¿se reconoce en los diarios?

Sí me reconozco. Aunque también debo admitir que no soy la misma. Y aunque ahora me he convertido en mi propia madre, en esos diarios reconozco ingenuidad, idealismo y algo que pervive hasta nuestros días: vocación literaria. Es cierto que sin la furia de la juventud, pero sigue estando ahí. Llegas a una edad en la cual ya es muy difícil dar marcha atrás, da igual en lo que te convertiste, es tarde para enderezar el rumbo. Mi vida, de hecho, estuvo enfocada desde el principio a desarrollar una carrera literaria. Tampoco he perdido mi honestidad periodística, no habré llegado a la cúspide, no habré ganado un Pulitzer, no seré Oriana Fallaci, pero he tratado los testimonios que recabé con honestidad y siempre me he mostrado fiel a lo que entendía y veía con mis ojos.

¿Cómo le ayudó el periodismo a la hora de ser escritora?

Me hago periodista por la necesidad de encarrilar esa vocación atroz que me atenazaba desde el momento que aprendí a leer. Siempre he querido contar historias, por eso no reniego del periodismo ni mucho menos. Me dio un gran regalo permitiéndome estar cinco años en Rusia, de otra manera hubiera sido imposible. Luego, la profesión te ofrece la vida al desnudo y te otorga una amplia panoplia: un día puedes estar en la recepción de un hotel esperando al presidente Gorbachov para entrevistarlo y al día siguiente visitar un orfanato de niños con padres alcoholizados. Te muestra la crudeza de la vida y te enseña a afilar la mirada e investigar más allá de lo obvio. Esto es básico para un escritor.

Usted cuenta que quería ir de corresponsal a Sudamérica, pero la enviaron a Rusia, ¿Cuál fue la primera impresión que tuvo del país más grande del planeta?

Nada más llegar la primera impresión que me dio el paisaje fue de grisura absoluta. Mientras iba en el coche de camino a la ciudad contemplaba un paisaje grande, grises avenidas inacabables y moles de hormigón a cada lado del camino; y para rematar el dramatismo de la situación caían copos de nieve. En esos momentos me dije: ‘¿dónde te has metido?’ Tuve la sensación de estar en un lugar inhóspito, pero a la vez formando parte de la historia. La URSS se venía abajo, todo eran titulares rimbombantes, como la visita de Karol Józef Wojtyła (Juan Pablo II) por primera vez a un país de Europa del Este. Y eso que en América Latina la deuda externa ahogaba a los argentinos y en Perú actuaba Sendero Luminoso. Sin embargo, estos acontecimientos, aunque destacables, no contaban con la textura histórica del fin del siglo XX.

¿De qué manera te ha cambiado Rusia?

En cierto modo sí cambió algo en mi vida. Rusia no tiene punto medio: o te apasiona o la repudias. Por suerte, caí en la primera categoría e intenté zambullirme lo máximo posible en la cultura, aprendiendo el idioma y leyendo su literatura. En esos cinco inviernos aprendí muchísimo, casi diría que hice una enciclopedia vital porque la panoplia de avatares humanos que afronté se componían de experiencias opuestas e intensas; descubrí la guerra, la bondad, la resignación, la injusticia. Y regresé a España con una novela bajo el brazo, Cenizas rojas, como no podía ser de otra manera, después de todas las sensaciones a las que estuve expuesta.

¿Qué significado tiene para usted la lengua rusa?

La literatura rusa, para mí, es como escalar el Himalaya, cuya cúspide aún me queda por alcanzar. Bueno, tampoco terminé de leer todo lo producido en mi idioma. Siento una gran atracción por el ruso. Si paseo por la calle y lo reconozco mis antenas se activan y me arrastran a un paisaje compuesto de ríos e inmensidad. Forma parte de mí, y eso que mi nivel de ruso es de andar por casa, ruso apache lo llamo.

¿Cree que es una lengua hecha a la medida literaria?

Partiendo de que todas lo están, es verdad que el empleo de declinaciones y la construcción de los verbos dotan al ruso de gran flexibilidad y sonoridad. En realidad todas las lenguas lo son, todo depende del orfebre. Sin embargo, se dice que el alemán está dotado para la filosofía. Por eso, creo que  el ruso es pura música dúctil. En España, antes teníamos que leer los clásicos rusos de las traducciones que se hacían de la versión francesa. Por suerte, ahora, tenemos buenísimos traductores y eslavistas jóvenes. Me vienen a la cabeza los nombres de Marta Rebón y Joaquín Fernández-Valdés, que ha traducido Guerra y Paz para la editorial Alba. ¡Estoy muy contenta!

Vivió en primera persona el asalto a la Casa Blanca de Rusia, ¿cómo recuerda ese momento?

Cuando leo las libretas, primero me oprime el sinsentido de la violencia que se impone como un cuchillo atravesando las cosas impunemente. Me revivo ingenua, inconsciente de la gravedad de los sucesos que cubrí. El parlamento era el único obstáculo que le quedaba por sortear a Borís Yeltsin para aplicar su terapia de choque y las reformas neoliberales. Ante la negativa de los diputados atrincherados en el Soviet Supremo, bombardeó el edificio. Me presenté en la escena con una cazadora abrigadora pero de color butano. Recuerdo a los soldados rusos diciéndome que me quitara la chaqueta, que era el blanco perfecto para los francotiradores apostados en los edificios aledaños. En esos momentos, Rusia estuvo al borde de la guerra civil.

En su libro, constantemente hace referencia al alcoholismo, ¿qué panorama había al respecto en Rusia en los años 90?

Era un problema muy grave. Recuerdo encontrarme habitualmente en el metro a gente que salía del trabajo bolinga. Algunos, incluso, al salir de la estación caían desfallecidos sobre la nieve. Me impresionó mucho que la gente no les prestara atención y siguieran caminando como si nada. En las ciudades de Rusia había una especie de patrulla llamada “el desembriagador”, que recorría las calles en busca de estas personas; las metían en una furgoneta, y tras un manguerazo de agua fría, les daban cobijo para que no pasaran la noche a la intemperie. Los titulares con los que amanecíamos a diario eran de borrachos que habían perdido el sentido bajo la fría noche rusa.

¿Puede una persona acostumbrarse a esa situación?

Me chocó mucho ver a gente bien vestida en las condiciones que te he descrito antes. No pensemos que eran indigentes caídos por la cuesta de la sociedad hacía el lumpen. No te desensibilizas, te adaptas al lugar.

¿Hay diferencias entre el carácter de los rusos y los españoles?

En lo superficial somos muy diferentes, pero sí que hay puntos de conexión fuertes entre los rusos y los hispanos, siempre entendiéndolo desde  los constructos sociales. Son los dos pueblos de Europa con la historia más trágica, románticos por excelencia, pues la Revolución de Octubre tenía como finalidad la construcción de la gran utopía sobre la tierra. Además, el Quijote perfectamente podría haber sido un personaje ruso. Y lo berlanguiano, esa mezcla entre surrealismo y humor, también podría ser muy ruso.

Desde Occidente apreciamos que los ciudadanos de la URSS eran reprimidos, pero usted recoge los testimonios de personas que añoraban el antiguo sistema y repudiaban las reformas neoliberales.

Desde luego los años treinta y el stalinismo fueron un infierno sin parangón. No obstante, en los últimos años, la idea de que el gasto militar exacerbado hundiera la URSS es un magnífico escaparate que oculta a una población ávida por los bienes de consumo. Sin embargo, creyeron ingenuamente que conseguirían un Estado democrático de la noche a la mañana. Las recetas que se impusieron fueron equivocadas y los resultados, atroces. Recuerdo el testimonio de un ruso que me comentaba como antes en las tiendas había una única marca de queso, pero, en los años 90, que había cientos de marcas no se podía pagar ninguna. En estas tres últimas décadas, Putin ha sido incapaz de construir una clase media; la sociedad rusa se divide, aún hoy, entre ricos (riquísimos), provenientes de las mafias y de antigua nomenclatura soviética, y podres. No obstante, tampoco me atrevería a decir que en tiempos de la URSS la vida era mejor.

El gran mito de Vladimir Putin.

Los años 90 se caracterizaron por el caos, cada día amanecías con la noticia de una nueva muerte. Esa década se recuerda por los latrocinios contra la población. El mismo Gobierno, cuando se produjo la privatización de la propiedad soviética, realizó un simulacro y entregó a los ciudadanos un bono de 10.000 rublos, que enseguida valieron calderilla por la alta inflación. Si por casualidad eras un jefe soviético designado por el partido en una empresa estatal, tenías las llaves y contabas con el respeto de los trabajadores, te convertías en el amo. Por no decir que las borracheras de Yeltsin salían constantemente en los medios. Putin dijo basta y dio un puñetazo en la mesa. Con él, regresó el zar, el orden y el poder central. Acabó con la anarquía y mejoró, tampoco para tirar coetes, la vida de los rusos. La pobreza llegó a tales extremos en esos años que las personas rebuscaban entre la fruta podrida para encontrar alguna pieza en buen estado. Putin les ha devuelto al tablero internacional como potencia. No se entiende a Putin sin la humillación de los años 90.

Usted recoge una frase dicha por Víktor Chernomyrdin, expresidente del Gobierno Federal de Rusia: “quisimos hacerlo mejor que nunca y salió como siempre”. ¿Esta frase es aplicable para la situación actual del país?

Es una frase muy rusa, que describe  una forma concreta de ver el mundo (repite la frase en ruso). Cuando se pronunció aún había ilusión por cambiar. De hecho, ahora no estoy tan segura de que hubiera voluntad de hacer las cosas mejor. En Rusia se han producido importantes regresiones. Si algo positivo tuvo la etapa de Yeltsin fue la libertad de prensa, que con Putin desaparece. Nada más recordemos el asesinato de Anna Politkóvskaya, periodista que sacó toda la basura y las atrocidades que se estaban cometiendo en Chechenia, a manos de un sicario. O el reciente cierre de la ONG Memorial encargada de desvelar los crímenes del stalinismo. En cuanto a los derechos civiles también se produce una regresión importante. Me comentaban el otro día que hace poco se estrenó un biopic de Elton John censurado, pues casualmente en la película no se hace ninguna mención a la homosexualidad de Elton. Desconozco si salió como siempre; Rusia es un país complicado, una democracia imperfecta. Realmente, tampoco sé si es posible calificarla de democracia.

Quizás, “una sociedad en eterna espera”.

Nunca ha habido en una democracia en puridad. Pasaron del antiguo régimen, de un mundo controlado por los terratenientes y la aristocracia, a una revolución que intentó construir un Estado soviético y que en la práctica dio un resultado imperfecto. Estamos hablando del país más grande del mundo, con llanuras inmensas, cubiertas de permafrost (al menos hasta el momento). Supongo que los rusos no desprecian  los poderes fuertes y centralizados, su mayor miedo es la anarquía, que padecieron durante bastante tiempo. Y cuidado: que quede muy claro que no defiendo a Putin.

Estuviste como corresponsal en Chechenia, ¿verdad?

Me encontraba en Moscú cuando en 1994, tres años después de la declaración unilateral de independencia de la República de Chechenia, Yeltsin decide que aquel territorio localizado en el norte del Cáucaso y plagado de filibusteros, debía regresar a la órbita de Moscú. Al estar de corresponsal en Rusia, Chechenia caía bajo mi jurisdicción y me sentí interpelada por la situación de guerra a presentarme y contar todo lo que veía.

¿Ve similitudes entre el conflicto de Chechenia y el que se nos presenta ahora en Ucrania?

Las hay en cuanto a la forma de emplear la política y la amenaza militar para satisfacer la situación interna del país. Al igual que Yeltsin en Chechenia, Putin se ha presentado en la frontera ucraniana para restablecer su poder, con la gran diferencia de que Chechenia, en puridad y según el derecho internacional, era un territorio perteneciente a la Federación rusa, mientras que Ucrania es completamente independiente. Analizando los acontecimientos desde la perspectiva rusa, la OTAN es una amenaza para la seguridad del país. Recuerdo el entusiasmo de cuando finalizó la Guerra Fría. Se apremiaba la construcción de un espacio europeo que fuera desde Lisboa hasta Vladivostok. Lo llamaron la Casa Europea. Nos lo creímos, porque incluso se llegó a hablar de un pacto con la OTAN. Todas las esperanzas e ilusiones se vinieron abajo. En vez de cooperar, la OTAN siguió expandiendo su influencia hacia el este. Por supuesto que Ucrania, como país soberano, puede pactar y recibir membresía de quien estime oportuno. No obstante, la situación te hace preguntarte: ¿contra quién han estado estos años ampliando sus fronteras?, ¿quién es el enemigo? ¿Rusia? Al finalizar el Pacto de Varsovia, los rusos desmantelaron los complejos militares que tenía en Europa del Este, mientras que la OTAN ha seguido ampliándose y manteniendo las bases nucleares en Holanda e Italia, por poner un ejemplo. Hemos perdido 30 años en los que Europa se podría haber transformado en un territorio libre de alianzas militares y desnuclearizado. Hemos ampliado la división que en el viejo continente se traduce en cicatrices. Ucrania lo está pagando ahora. Es un territorio muy dividido, desde la zona del Donbás y Crimea hasta el Dniéper, la mayoría de la población es rusófona, mientras que la otra parte tiende hacia Occidente. Se desbancó a un gobierno prorruso corrupto, pero ha venido otro igual de corrupto que el anterior. No defiendo a Putin, pero tampoco me voy a partir la cara por la OTAN. Al final de estos conflictos solo ganan las industrias militares, mientras que la población, en este caso los pobres ucranianos, lo pierden todo.

Me pregunto, con el despliegue de tropas que se ha realizado y las constantes advertencias, ¿hasta qué punto se puede dar marcha atrás?

Eso es lo preocupante, porque la otra parte no da señales de recular. Después de todo lo acontecido en estas últimas semanas, Putin no puede retirar sus tropas y volver como una gallina. Desde luego seguirá metiendo baza en el Donbás. Lo que nos hacía falta: epidemia, inflación y ahora guerra.