«Micelio», de Laura Giordani
RIL Editores publica el poemario de Laura Giordani, en el que se adentra en lo subterráneo para hablarnos de una forma de estar en el mundo.

Texto: Alberto García-Teresa
El micelio es la estructura de filamentos que los hongos crean, con forma de entramado de hilillos, para conectarse y alimentarse en el subsuelo. Ese concepto, pues, nos alude a lo subterráneo, a lo que está por debajo de lo evidente, de la superficie. La poeta Laura Giordani (Córdoba, Argentina, 1964) la recoge y la reinterpreta para hablarnos de una forma de estar en el mundo y de tratar de comprenderlo en este valioso poemario.
La autora lo emplea y se refiere al micelio tanto de manera literal como alegórica, especialmente en la primera y cohesionada primera sección del poemario. Extrae una enseñanza filosófica de ello: “enséñanos a resplandecer / desde la descomposición / a germinar desde el desecho”. A continuación, avanza a partir de esos presupuestos pero incorporando aspectos de la experiencia. De hecho, los árboles y el bosque, centrales en ese tramo inicial, incluso su madera, prosiguen teniendo una gran presencia en las siguientes páginas del libro. Resulta muy interesante cómo introduce el campo semántico de lo mineral y del entorno del bosque en el cuerpo, cómo lo inserta en él, y termina construyendo con ello imágenes poderosas. En el fondo, está vinculando al ser humano con su materialidad, con su componente biológico.
El micelio personal es lo que guardamos dentro de nosotros y que nos nutre y nos da identidad. Sin embargo, también debemos pronunciar y sacarlo para poder sanar el dolor o el trauma, tanto a nivel individual como colectivo. Al respecto, Giordani habla del daño de manera contenida, tal que si estuviera revelando algún secreto o compartiendo algo que le infunde vergüenza. También se interna en el duelo con sobriedad y explora su vertiente más traumática. A pesar de ello, se registra una emoción equilibrada. No sigue el camino del tópico de la elegía o el mero canto al ausente.
A su vez, la lectura y la escritura constan entonces como prácticas de revelación, de estímulo para una iluminación que reconozca los otros sentidos y significados que están más allá de lo visible: “Para ver ese cielo sumergido / hace falta cerrar los párpados”. Plantea reflexiones metapoéticas, pero las une a cuestiones filosóficas, a meditar sobre nuestro lugar y nuestra actitud ante el mundo. También recoge en sus versos el temblor emocionado de la inminencia de una revelación.
Existe una clara propuesta moral en todo ello. La autora no nos insta a ascender, sino a adentrarnos bajo tierra. Por un lado, eso nos remite a una posición humilde y, al mismo tiempo, antagonista en tanto que desobedece los mandatos sociales de tratar de medrar. Incluso, contradice la filosofía clásica y religiosa que asocia lo subterráneo a la perdición, la muerte y el castigo. Así, Giordani lo toma como ejemplo y le escribe hasta un salmo.
De esta forma, realiza una proclamación de lo imperfecto como algo vivo frente a la falsedad de la aspiración a la perfección. Desde ahí, ensalza la hospitalidad en tanto apertura hacia los otros y lo otro. No en vano, exalta la ternura, la cual deriva de la empatía y la compasión. Aparecen resonancias budistas en el sentido de que remarca la unidad de todo lo vivo. En contraposición, critica la crueldad y la exclusión y denuncia sutilmente a los poderosos y la represión política (de fondo, la propia biografía del exilio argentino de la autora). Esa ternura podría considerarse una anomalía en la sociedad actual.
Con todo ello, Micelio se trata de un trabajo con una alta capacidad de sugerencia y de resonancia. Posee buen tono, equilibrio en la dicción, fluidez a pesar de la aspereza ocasional de las imágenes o incluso de la sintaxis. Sin embargo, resalta la delicadeza con la que se acerca a los elementos naturales. Y, de hecho, no se agota en la contemplación, como otros libros que se mueven en parámetros similares.









