Jorge Molinero publica la novela Nómadassobre la realidad que sufren los menas –menores no acompañados-  cuando llegan a España tras superar riesgos y peligros.

Texto y Foto: Francisco Luis DEL PINO OLMEDO

 

Jorge Molinero es un veterano ingeniero que ha trabajado en diversos países de África en aspectos relacionados con el diseño y construcción de sistemas de abastecimiento de agua potable. O bien en otros proyectos ambientales relacionados con los recursos hídricos, puesto que su especialidad profesional es la hidrología subterránea.

Su experiencia ha ido asentando una sensibilidad por las gentes que ha ido encontrando en su camino, y que en el caso del Sáhara occidental, le ha contagiado del magnetismo que esa arena y tierra pedregosa, convierte en adeptos de un misterio profundo e insondable,  que el ingeniero y escritor ha convertido en varias novelas notables. Ahora publica “Nómadas” una aproximación muy cercana a la realidad que sufren los menas –menores no acompañados- que a través de riesgos y peligros consiguen llegar a España para, muchas veces verse abocados a una vida poco digna entre la necesidad y el desdén, cuando no la hostilidad abierta de la ciudadanía.

Librújula ha conversado con el autor sobre su última novela, sus protagonistas y las circunstancias que les impelen arrostrar mil dificultades y jugarse la vida, por llegar a realizar el sueño de una existencia mejor. El compromiso del escritor y la significación política que existe cuando se abordan cuestiones tan lacerantes como la migración clandestina y sus consecuencias sociales. La muerte en demasiados casos como tributo a la osadía de escapar de mundos terribles, para una vez saltado el Muro estrellarse ante unas realidades donde la crueldad ocupa espacios solapados y arroja a la marginalidad.

¿En qué momento y situación la concienciación por las gentes desfavorecidas del Continente africano le caló hondo?

Desde el primer día que pisé suelo africano. No hay ningún otro sitio del mundo donde exista una desigualdad social tan exagerada. En Tanzania he visto a comerciantes asiáticos tratar  a patadas (en el sentido literal) a un empleado negro por haber cometido un error ridículo en su trabajo. En Angola presencié cómo un grupo de empresarios locales compraban una botella de vino francés de más de 1.000 dólares para beberla mezclada con coca cola. Celebraban haber ganado un contrato público multimillonario que, con toda seguridad, fue concedido por algún familiar o amigo que se llevaría su comisión correspondiente.

Estas cosas suceden lamentablemente en cualquier parte del mundo, ¿qué las hace diferente en África?

Sí, es cierto, pero lo que llama la atención en África es la impunidad y la ostentación tan obscena del poder. Estando en África uno entiende perfectamente el porqué de los procesos migratorios y también entiende que son imparables. Únicamente el desarrollo del Continente permitirá poner freno a algo así.

Ustedes los ingenieros traducen los problemas de forma científica, y gestionan las emociones con una metodología basada en análisis pragmáticos. En su doble faceta de hombre de ciencia y escritor esa combinación debe resultar compleja.

Los científicos e ingenieros sabemos muy bien que el flujo de materia sucede por la existencia de gradientes (el flujo de agua por el gradiente hidráulico, por ejemplo). Pues bien: el flujo de personas sucede por la existencia de un gradiente de desarrollo económico y social. En este sentido, los mayores gradientes se dan en las fronteras entre EEUU y México y entre África y Europa. Y es ahí donde suceden las mayores desgracias relacionadas con la migración humana. Solo se puede parar ese flujo eliminando el gradiente. Lo dice la física más elemental.

Su obra novelística básicamente está circunscrita al Sáhara. ¿Cuál es la causa y el motivo de esa atracción tan intensa como permanente?

Aunque se trata de un tópico, lo cierto es que el desierto del Sáhara es un lugar magnético, mágico, hechizante. Yo he tenido la suerte de conocerlo con cierto detalle y en diversos países. Ningún otro entorno geológico, paisajístico y humano-antropológico ha dejado una huella tan profunda en mí. No sabría decir una razón concreta, pero es así. No obstante, mi obra literaria está muy centrada en el Sáhara también por motivos personales. Trabajé allí junto a mi pareja y decidimos acoger a Moha, un chico refugiado saharaui que vino a estudiar a España. Él es uno más de nuestros hijos, y después de todo este tiempo, ya a punto de cumplir los 21 años, sigue con nosotros, sin desvincularse de su familia saharaui, a quienes visita siempre que puede en los campamentos ubicados en la zona más hostil del desierto: la hamada de Tinduf, que es literalmente el desierto del desierto.

Su literatura surgida del encanto y dureza del desierto, esta vez adquiere un paisaje distinto; pero sus personajes no dejan de pertenecer a la desesperada diáspora de miles de personas, entre ellas una cantidad muy importante de jóvenes que, al conseguir llegar a España, se convierten en vagabundos, delincuentes de poca monta, y víctimas casi siempre de las circunstancias. Al menos durante un tiempo, hasta que la Administración se encarga de ellos.

Sí, son jóvenes que necesitan buscarse la vida, como todo el mundo pero que lo tienen mucho más difícil que los demás. No tienen ningún tipo de apoyo, porque llegan sin familia ni amigos. Y llegan a una sociedad cuyas normas desconocen y que son muy diferentes a las de sus países de origen. La inmensa mayoría de ellos se integran y encuentran su sitio, su forma de vivir y tirar para adelante.

No hace falta más que darse una vuelta por las explotaciones agrícolas del Maresme o por los enormes campos frutales de Lleida para ver quien está ahí trabajando duro. No encontrarás un solo español. Lo mismo sucede con los trabajadores de la construcción o de otros sectores que requieren mano de obra para labores de gran exigencia física. Esa es lo que hace la gran mayoría de migrantes africanos que llegan a España.

No es esa la imagen que se tiene en España desgraciadamente de ellos. Sino otra muy distinta y nada favorecedora de ese colectivo.

La imagen que se transmite y se potencia es la de aquellos que han ido por el camino de la delincuencia y el trapicheo. Es sorprendente, por el contrario, la cantidad de jóvenes africanos que hay en los equipos de fútbol de los barrios. En algunos de ellos más de la mitad de la plantilla. Y esos se pasan el día entrenando y el fin de semana jugando por todos los campos de las categorías regionales de España, no robando móviles en el metro.

 “Nómadas” cuenta la historia de unos jóvenes a los que nada les resulta fácil en general. Rechazados muchas veces, aportan una visión crítica de un racismo visible en nuestro país. ¿Cómo se gestó la idea y la construcción de la novela?

Surgió por las historias que me contaban Moha y sus amigos. Cuando él va a la discoteca con sus amigos españoles no tiene ningún problema para entrar; pero si acude con los africanos siempre les niegan el acceso, en ocasiones con algún pretexto ridículo relacionado con su vestimenta o su corte de pelo. Pero, otras veces, incluso diciéndoles directamente que no se permite la entrada de moros o de negros. Eso sucede cada fin de semana en miles de discotecas y de locales nocturnos de Catalunya y resto de España. Paradójicamente, Moha me contaba que en las discotecas de los barrios ricos de Barcelona nunca tienen problemas. Allí son algo así como una cuota étnica entre niños pijos. Sin embargo, en las salas de fiesta más populares y concurridas es donde se encuentran con las dificultades.

 ¿Esa contradicción les resulta ofensiva o cuando menos ingrata?

Lo que me parecía más interesante de todo el asunto es que Moha y sus amigos entendían perfectamente el porqué de esas situaciones. Ellos mismos me decían que los que roban y trafican con droga en las discotecas son mayoritariamente moros o negros (entre ellos se llaman así con total normalidad), y que por eso no los dejan entrar a ellos. A Moha eso no le hace daño porque lo entiende, y simplemente busca sus estrategias para solucionarlo: los “moros y negros” se distribuyen en pequeños grupos con sus amigos y amigas blancos. Si van con blancos y, sobre todo, con chicas blancas, entonces todo va bien.

 ¿Cuál es la situación más ofensiva para ellos?

Lo que de verdad le duele a Moha y a sus amigos es el racismo cotidiano. Que las señoras se crucen el bolso al lado contrario o que todo el mundo se guarde el móvil en el bolsillo cuando les ven aparecer. Cosas así son las que más les afectan, porque suceden continuamente, cada día, cada vez que sube a un autobús o entra en el metro. Esa es la realidad. Y no se trata de la anécdota del metro, que es un ejemplo muy visible, sino de acusaciones de robo en el instituto (si faltaba algo siempre era acusado Moha), dificultades para encontrar trabajo (y no digamos para alquilar una vivienda).

¿Qué opinión le merece la actuación de las autoridades españolas después de conocer algunas de las historias de estos jóvenes, y qué  medidas cree que deberían adoptarse urgentemente para lograr una adaptación y protección real de estos muchachos?

Evidentemente es necesario invertir en medidas sociales para acoger y acompañar lo mejor posible a estos chicos. Cada euro invertido en ello redundará en una mejor convivencia y en un beneficio social para toda la ciudadanía. Eso es obvio. En general, nadie se convierte en un delincuente callejero si tiene una opción mejor. Mi percepción es que los servicios sociales funcionan razonablemente bien, y como sucede en tantos otros sectores, necesitarían mayor financiación para hacerlo aún mejor.

¿Le han confiado algunas actuaciones vejatorias o brutales que hayan sufrido por parte de las fuerzas de seguridad?

El trabajo de la Policía y la Guardia Civil en las fronteras me parece que es muy complejo y tengo la percepción de que se realiza con profesionalidad y respeto hacia las personas migrantes, más allá de las malas prácticas o abusos que seguro existen, como en todas partes. Yo puedo decir que ninguno de los chicos que conozco y que entrevisté para la novela ha sido jamás víctima de un maltrato o abuso policial.

Pero sin duda existen por acción u omisión, a tenor de la evidencia que las imágenes nos han mostrado en el trágico “asalto” a la valla de Melilla con un balance de al menos 24 muertos entre los africanos que pretendían entrar en la ciudad autónoma. Y actualmente está en manos de la justicia el caso de las expulsiones en “caliente” de varios jóvenes a Marruecos por parte de España. Lo que en ambos casos es un problema grave de derechos humanos. ¿Cuál es su análisis de todo ello?

Hemos presenciado unas imágenes escalofriantes que azotan la conciencia de cualquier persona decente. Sin embargo, lo más trágico es lo que no se ve en los informativos: son miles y miles de cadáveres los que se pudren al sol en el Sáhara o son pasto de los peces en el fondo del Mediterráneo. Yo mismo he visto centenares de migrantes subsaharianos y asiáticos apiñados en unas casuchas de adobe en mitad del desierto, sin posibilidad de ir a ningún lado y sobreviviendo gracias al Polisario que, a través del ejército saharaui, les proveía de comida y agua. Me contaron que fueron víctimas de las mafias que trafican con migrantes y que, una vez les quitaron todo el dinero, los abandonaron en la frontera entre Marruecos y Argelia, con la connivencia del ejército marroquí. Los soldados los apuntaban con sus armas para evitar que volvieran atrás. Me dijeron que mientras ellos se dirigían a una muerte más que probable los militares se reían, los insultaban y pronunciaban chistes obscenos mencionando a sus madres y hermanas.

La literatura ejerce, amén de un atractivo y hechizo considerable en el lector, un elemento político que ayuda a la comprensión y naturaleza de los problemas. ¿Ha sido este un incentivo para escribir “Nómadas” ?

Sí, desde luego. Creo que en el fondo lo es siempre. Casi todo lo que hacemos – no solo escribir -, es en mayor o menor medida un acto político. Estoy convencido de que escribir es fundamentalmente tratar de comprender. Uno no es consciente de lo que realmente sabe hasta que lo escribe. Ahora lo interesante será ver si lo que yo he creído ser capaz de comprender durante el proceso de escritura se transmite de alguna manera a los lectores. En este sentido, mi mayor motivación para escribir Nómadas fue el de trabajar literariamente la complejidad inherente del asunto. El panfleto es útil para el activismo, pero literariamente es un verdadero tostón. He tratado en todo momento de evitar que me saliera una novela panfleto, pero no me corresponde a mí juzgar si lo he conseguido o no.