La poeta madrileña publica «Sacrificio», un duro poemario contemplativo y meditativo a la vez, que observa la naturaleza y se funde con ella.

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

He tenido que leer Sacrificio (Bartleby) de Marta Agudo (Madrid, 1971) para darme cuenta de lo que es poetizar el sufrimiento desde otra perspectiva: la de la enfermedad que es la vida. La vida te posee hasta que se cansa de ti. Como la poesía y como la belleza: “Entre el margen del agua y la atmósfera sucede el mundo, su desmayo inaudito”.

“El enfermo de pronto se ilusiona” y nacen 49 poemas en prosa, más bien breves (con un no epílogo, imbricado con la imagen de la portada del fotógrafo bilbaíno Cano Erhardt, y una nota final –dedicatorias-), pero duros y afilados como cuchillos de cocina, que atraviesan fácilmente la piel: “Mira esta cicatriz sin herida, oscuridad sin noche…” Poemas que hay que leer y releer, con la luz del día en la complicidad de la poeta con la persona lectora: “luz que domina la posibilidad del ahogo”. No olvidar que los puntos suspensivos de algunos textos dan impulso y energía para continuarlos como sujetos lectores. Hay enjundia. Hay calidad. Y hay mucha belleza y más vida, también humor, ya que el dolor se supone como a la soldadesca el valor: “He tenido que llegar hasta aquí para reírme del suicido de mis pestañas”.

Hay también en el poemario una metáfora fantástica y más para alguien que de joven le machacaron con los griegos, me refiero al mito de Teseo y los catorce jóvenes: “Reconocer, entonces, que el minotauro acierta y devuelve al mar sus muertos de carne galopante”. Un libro escrito con la paciencia y la soledad del orfebre, pero sin barroquismos ni adornos innecesarios: “He tenido que llegar hasta aquí para comprender que en ocasiones los párpados no quieren cerrarse”. Creo que la poeta Marta Agudo tiene presente el mito del minotauro de Borges: a Asterión lo cita en su no epílogo. Quién no anhela la libertad por parte de su redentor (con o sin síndrome de Estocolmo) y más si estás preso de un laberinto oscuro: “Luz blanca que me ayudaste a coger aire y ahora estorbo para ceder con ligereza al final”.

Estamos además ante un poemario contemplativo y meditativo a la vez, que observa la naturaleza y se funde con ella: “¿He tenido que llegar hasta aquí para intuir el árbol tras la belleza? Son versos en los que las palabras se buscan y se rozan como pedernales, haciendo surgir una chispa iluminadora: “Nacen, como todos, sin migas para el retorno, cáncer que no supe”. Un canto de la  poeta que ama y descifra el lenguaje para después intentar la comprensión de sí misma: “Y un ejército de hombres que no dejan de nacer, y tanta consecuencia rota y tanto vegetal de arcilla”. Un libro de gran calidad y belleza donde los textos poemáticos conviven con naturalidad con versos desnudos y contundentes, cual mantra: “He tenido que llegar hasta aquí para entender la sumisión jovial de tanta despedida”.

La poesía es espejo de humanidad y el azul es un poderoso símbolo: “Y el mundo era solo un tanatorio azul…” La inspiración está en lo callejero y hasta en lo feo: “Rehenes de una tecla. Distopía del viejo examen”. Estos poemas son verdaderas declaraciones éticas y estéticas. En esa aproximación mayor al mundo en el que vivimos: “He tenido que llegar hasta aquí para aceptar que la eutanasia activa no debía ser siempre mi primera opción”.

Es pues un libro de alto voltaje existencial y poético que está permitido, que podemos leer: Licet dice la autora en la página 62. ¡Leámoslo pues y hagámoslo nuestro y reflexionemos con sus liricas a la vez que aceradas palabras! ¡Gracias por escribir tamaña poesía, Marta Agudo!: “…Y el mundo era sólo una tanatorio azul de riñas y perdones”.

 

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Habito en la circunscripción del miedo. No se puede pedir

más a esta suma de átomos desparramados: una aguja y

su desquite, otra llamada a la puerta, el ímpetu del médico

en su currículum.

Bastaría con retroceder hasta cuándo, llegar al dónde en

que comenzó todo y saltar, serenamente. Con la firmeza

del pájaro en extinción