“Vidas truncadas. Historias de violencia en la España de 1936”, de los investigadores Fernando del Rey y Manuel Álvarez, narra lo que ocurrió los meses previos al estallido de la Guerra Civil a través de protagonistas y circunstancias concretas que ofrecen una visión distinta del origen de la guerra a la habitual.

 

Texto: David VALIENTE

 

No resulta hiperbólico afirmar que los profesores e investigadores Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío han escrito uno de los libros más coherentes y menos partidistas sobre la Guerra Civil de los últimos veinte años. El libro, Vidas truncadas (Galaxia Gutenberg), recoge ocho historias de violencia que acontecieron en la primavera de 1936 y que nos permitirán comprender mejor las tensiones que calaron en la sociedad los meses previos a la guerra, valiéndose de una “perspectiva inductiva” para “ver los detalles que se escapan”, comenta Manuel vía zoom. Por su parte, Fernando considera que “por muy trillado que esté un periodo, si cambias el enfoque, descubres sorpresas inesperadas”.

Su obra también viene a complementar las historias escritas “a vista de pájaro” con elementos “a nivel micro que muestran una continuidad”. Ejemplo de ello es “la violencia brutal desatada en las retaguardias de algunos escenarios, relacionada con los procesos de deshumanización, brutalidad y politización anteriores al verano de 1936”, asegura Manuel. Pero, por encima de todo, los dos autores pretenden demostrar que “debajo de los grandes análisis hay muchas particularidades y contradicciones inexplicables con un único relato. Por lo tanto, si queremos entender las causas que llevaron a la quiebra de la II República y condujeron a la guerra, tendremos que manejar varias versiones de los acontecimientos”.

¿Sería exagerado afirmar que el Gobierno republicano del 36 fue un títere de la sociedad?

Fernando: En todo caso, fue dependiente de las fuerzas parlamentarias que lo sostuvieron y que no gobernaban. Eso no significa que fuera un títere; es más, el gobierno del Frente Popular fue monocolor. En la investigación apreciamos una serie de tensiones entre las decisiones del Gobierno central, y las acciones de los gobernadores civiles y las fuerzas supuestamente aliadas. El Gobierno gozaba de autonomía, aunque debido a que era parlamentariamente débil se manifestaban fricciones, cuando no rupturas abiertas.

Manuel: La palabra títere es exagerada en este contexto. Es más adecuado hablar de una presión desde abajo, propiciada por el mismo cemento que sostenía al Frente Popular: la amnistía. Además, si a esta clara debilidad del poder central le sumamos los enfrentamientos entre quienes entendían la democracia como nosotros la entendemos y quienes hacían de ella un ejercicio de pasar el rodillo sobre el rival para destruirlo por completo, entenderemos el panorama que se presentó en la primavera del 36.

Fernando: Esto último que acaba de destacar Manuel es importante. Ahora todos somos demócratas por la educación que recibimos y los traumas de la dictadura, pero en la primavera del 36 los españoles estaban aprendiendo lo que era la democracia y, además, lo hacían en un contexto cada vez menos democrático, donde los jóvenes buscaban ideologías fuertes porque consideraban que la democracia era una antigualla.

¿Entonces el imperio de la ley no fue socavado por el imperio de la violencia?

Manuel: España no estuvo controlada por los violentos; el Gobierno se enfrentó a un clima social difícil de gestionar, que intentó atajar empleando todas las alternativas que estaban a su alcance. Aun así, debemos recordar que el Estado de derecho tenía muchas vías de agua y muchos ciudadanos se sentían desamparados. Pero no podemos hablar de imperio de la violencia hasta la Guerra Civil.

Fernando: Esta imagen de una España violenta y caótica antes de la guerra ha sido compartida de manera exagerada por muchos historiadores y es el relato que durante la dictadura triunfó; pero nada más lejos de la realidad. De hecho, desde su origen, la II República intentó combatir la violencia. Los mismos socialistas del 31 empleaban un lenguaje democrático contra aquellos que se habían echado al monte; es más, la solidez del Gobierno del 31 permitió aprobar la ley de Defensa de la República, que castigaba duramente cualquier asalto al poder sin importar la ideología del asaltante.

¿Y la gente apartada de la esfera política fue consciente de la vorágine de violencia en la que entraba el país?

Manuel: Actualmente hay un debate historiográfico al respecto. Si ves la prensa del momento, no parece que el país estuviera a punto de entrar en una guerra; es verdad que estaba muy censurada, pero no da esa sensación. Muchos ciudadanos eran conscientes del clima enardecido y de que algunos sectores exigían respuestas revolucionarias. Sin embargo, una parte importante de los españoles no tenían la sensación de desastre.

Fernando: De entrada, los niveles de primitivismo, atraso y analfabetismo no son comparables a los de ahora. Ellos estaban más acostumbrados a la violencia. Sin salirnos mucho del marco, en Alemania, el país más avanzado de Europa en los años 30, los niveles de violencia eran espectaculares. Pero dejando a un lado la cuestión de la violencia, los niveles de politización radical eran superiores a los de ahora, y esto influyó en la manera que se presentaron los hechos en el verano del 36.

Respecto al panorama internacional, siempre se ha dicho que España desentonaba en el contexto de entreguerras por la violencia exacerbada que se produjo.

Fernando: Esa afirmación no tiene ningún sentido. La Guerra Civil, si la comparamos no ya con la Segunda Guerra Mundial sino con las guerras civiles que se subsumen en la Guerra Mundial, es muy artesanal. Y si lo comparamos con otros acontecimientos en tiempos de paz, la violencia que asoló Europa del Este es infinitamente mayor, solo basta con leer el libro del historiador Timothy Snyder, Tierras de sangre, para darte cuenta de ello. Y no hablemos de las hambrunas inducidas por el Estado soviético a los ucranianos entre los años 32 y 34, que se cobraron más de 5 millones de vidas, o las purgas estalinistas que terminaron con la vida de 1,2 millones de personas en tiempos de paz.

¿Los meses que ustedes desarrollan en el libro realmente marcan el camino a la guerra?

Manuel: Comercialmente vende mucho decir cosas tales como que España estaba abocada a un proceso de democratización fallida desde la pérdida de las colonias en el 98, o que el anticlericalismo es un proceso lineal y continuo iniciado en el siglo XIX. Pero esas dos afirmaciones son auténticas barbaridades a las que nosotros hacemos referencia porque ya sabemos el desenlace, pero que perfectamente podrían no haber sucedido. Dicho esto, creo que nos conviene narrar la historia a través de los hechos, ¿y cuáles son esos hechos a grosso modo? La Guerra Civil comienza por el fracaso de un golpe de Estado al que se le suma un desafío revolucionario que impide una respuesta eficaz al golpe; y en lo que sí observamos una continuidad es en la política como un factor que contribuye a la construcción del odio y que justifica el empleo de la violencia sin control a un enemigo político.

Fernando: Como bien ha dicho Manuel, esos meses son decisivos para la trama golpista. No obstante, en ocasiones previas ya se habían planteado tramas golpistas, con actores distintos a los del golpe del 36. Ahora bien, cuando Sanjurjo dio su golpe, no contó con simpatizantes; en cambio, el golpe del 36 tuvo el apoyo de un grupo importante de españoles; minorías, cierto, pero aun así eran muchos. Y los falangistas son tan responsables del clima enardecido previo a la guerra como lo son los radicales de izquierda que agitaron las calles y, en cierto modo, prepararon el caldo de cultivo para el golpe de Estado.

Manuel: Aunque no se acabó con el Estado de derecho hasta el momento de la guerra, en cierto modo se desafió. A mucha gente se le impedía vivir donde quería, gestionar libremente sus propiedades, incluso ejercer sus derechos. Cientos y cientos de concejales de centro abandonaron sus cargos en los ayuntamientos durante la primavera del 36 porque pasaron cosas muy graves, como los asaltos a sedes conservadoras o la detención de políticos conservadores durante horas e incluso días sin haber cometido ningún delito. Pero decir que ese ambiente indefectiblemente conducía a la guerra nos conduce al discurso facilón.

En su libro el ejército juega un papel muy importante. Da la sensación de que se sintió desamparado por el Gobierno y, en ocasiones, era también la cabeza de turco.

Manuel: Una parte sí, porque la otra estaba fuertemente politizada por la izquierda. Una de las tragedias descritas en el libro es el intento de los derechistas de hacerse con el control del ejército desde arriba, y, por su parte, el intento de los izquierdistas de hacerse con el ejército desde abajo.

Se dice que las venganzas personales estuvieron implícitas en el desarrollo de la violencia.

Fernando: ¿Hasta qué punto lo individual no se mezcla con lo político? Las envidias se permearon en el intenso clima de politización y de radicalización.  Esto no significa que un individuo mate a su vecino porque tiene más dinero. Las venganzas tienen una significación política, es decir, se mata a la persona que en los años previos ha tenido un protagonismo público. En los años 30, el activismo político conllevaba asumir riesgos y generaba miedo en las familias.

Manuel: Ese miedo, paradójicamente, alimentó una actitud prudente durante la transición. Las generaciones de los 60 y 70 conocemos ese ambiente discreto inculcado por nuestros padres y abuelos porque vivieron  la cárcel y el odio. Por ejemplo, regresando al tema del anticlericalismo, no niego que pueda haber un anticlericalismo antropológico, pero también se mataban curas por su ferviente militancia social en las organizaciones derechistas; eran un actor más de la derecha.

Fernando: Especial tirria se tenía a la derecha católica (CEDA); crecieron muy rápido y exigieron al Gobierno reformas constitucionales, amparándose en los 115 diputados que habían conseguido en las elecciones de noviembre del 33. Sin duda, esta actitud pilló por sorpresa a los padres fundadores de la II República, no se esperaban que el conservadurismo tuviera tanta capacidad de movilizar a la gente en la calle, a veces incluso más que la izquierda.

¿La Guerra Civil se pudo evitar?

Manuel: Como todo en esta vida. Un factor importante en política es el liderazgo y un mal liderazgo conduce a situaciones catastróficas. Eso de que la guerra era inevitable lo dicen muchos franquistas proderechistas, y la realidad es que el golpe del 36 no buscaba una guerra, sino crear una estructura de poder paralela asumiendo unos grados de violencia contundentes y de corta duración. Ahora bien, el lenguaje de la izquierda-marxista también presuponía un conflicto de clases a consecuencia de que la propia dialéctica conduce tarde o temprano a un escenario de violencia. Sin embargo, una reacción diferente del Gobierno, como un mayor control del aparato coercitivo, entre otras cosas, o si Franco no hubiera recibido ayuda del exterior, hubiesen evitado la guerra. Lo que no se hubiera podido evitar es un cambio, mucha gente quería que la República enmendara su rumbo, y algunos reclamaban una dictadura republicana.

Fernando: Incluso la guerra podría haber sido evitada en el mismo momento que se construyó la II República. Con que el texto constitucional hubiera satisfecho también a los conservadores, aquí no habría habido guerra. Una constitución que desampara a un 40% del espectro político es frágil. Todo lo contrario a la constitución actual que contó con un apoyó del 90%.

Manuel: También hay un sector historiográfico que siempre se las apaña para que olvidemos que en el año 35 hubo un proyecto de reforma promovido por los republicanos de centro que contó con el apoyo del presidente de la República, y de haber triunfado, una parte importante de la derecha se hubiera visto arrastrada al Gobierno central. Y, sin embargo, esto resulta vital para entender por qué la República se consolidó. En España, la República se ha transformado en un ideario de parte de la izquierda, cuando en realidad es una estructura institucional que instala un sistema democrático; no es ni un ideario de izquierdas ni de derechas. ¿¡Así como narices va a triunfar alguna forma de república!? Es imposible. Dejas fuera a una parte importante del país.

¿Qué dirían a todos los que aseguran que la situación actual es similar a la primavera del 36?

Manuel: Es una exageración brutal.

Fernando: Una chorrada como una catedral. Llevamos 40 años de democracia, y desde el 2004 está haciendo frente a fuertes desafíos, lo sorprendente es la resiliencia que está demostrando. Aparte de que la Constitución del 78, por lo general, esté bien diseñada, muchos españoles han sido educados en la pluralidad y no olvidemos que estamos dentro de la Unión Europea, el gran colchón. La gente desconoce la historia cuando comparan a la ligera a Vox con el fascismo y a Podemos con el comunismo; desconocen que en la Europa de los años 30 se mataban por cuestiones políticas.

Manuel: Deberíamos esforzamos más por hacer entender a la gente que las democracias son débiles y que ni mucho menos nos encontramos vacunados contra la radicalización. Ahora bien, equiparar la situación actual con la del 36 es un auténtica barbaridad y, en algunos casos de personas documentadas, una maldad. Por ejemplo, en los incidentes del mitin de Vox en Vallecas, si hubieran sucedido en la primavera del 36, los policías tendrían que haberse enfrentado a personas armadas que probablemente hubieran disparado. Hay algo que no se explica y que estaría bien aclarar: por supuesto que la democracia es un sistema participativo, pero también insta a sus participantes a competir y esto genera tensiones porque a muchos no les gusta perder. A mis alumnos les recuerdo que, por mucho que amemos la democracia, esta debe de contar con sistemas que nos protejan de nosotros mismos en el momento de la competición y de aquellos que la emplean para hacer daño.

Fernando: Solo basta ver los acontecimientos del Capitolio para darnos cuenta de que las democracias no están vacunadas. Asimismo, las personas no nacemos con un título de demócratas debajo del brazo, la democracia se caracteriza por su complejidad, y muchos ciudadanos pragmáticos prefieren sistemas autoritarios que les solucionen los problemas, máxime al observar el panorama internacional, en el cual a uno se le ponen los pelos de punta cuando comprueba que la segunda potencia del mundo, China, es una dictadura de partido único. Vivimos en Europa como en un balneario y desconocemos el camino que está tomando el mundo. Terminas rogando a los cielos que no regrese Orwell.