Capitán Swing  publica la monumental obra de Morgan H. Hansen, «La democracia ateniense en la época de Demóstenes», traducida por el filósofo, escritor y profesor de la Universidad Complutense, Andrés de Francisco.

 

Texto: David VALIENTE

  

La mayoría de los estudios que hoy se publican sobre la vieja democracia ateniense se vuelcan en la figura de Pericles y el glorioso imperio desarrollado en el siglo V a.C. No así, muy pocos (sobre todo en español) atienden a la democracia que Demóstenes defendió con su oratoria. Y eso que se produjeron cambios notables en lo referido a la constitución y cómo esta se arma para defender la soberanía de los atenienses. De ahí que la publicación en Capitán Swing  de la monumental obra de Morgan H. Hansen, La democracia ateniense en la época de Demóstenes, traducida por el filósofo, escritor y profesor de la Universidad Complutense, Andrés de Francisco, sea tan relevante en nuestro conocimiento de la democracia más antigua de la historia. La labor de Andrés de Francisco no es la de un mero traductor, también nos aporta una introducción relevante que ayuda mucho al lector contemporáneo en el proceso de entender una serie de dinámicas que hoy resultan controvertidas, pero que eran muy generalizadas en el mundo antiguo.

Hansen huye del ensayo, de la opinión poco argumentada, y se zambulle en las fuentes, en el análisis riguroso y conceptual, manejando el abanico de registros que las ciencias humanas ponen a disposición del investigador. “Sin duda, su primera pretensión es investigar objetivamente la democracia ateniense, pero en el proceso no oculta el amor que siente por las instituciones y el ambiente asambleario complejo que marcaron la política desde Solón hasta la conquista de Filipo II”.

Por la vocación didáctica que Hansen y de Francisco tienen, planteamos esta entrevista como una clase magistral sobre la primera democracia que sorprendió al mundo, empleando el texto de Hansen como telón de fondo. Así que le pido al lector que antes de iniciarse en la lectura de esta breve pieza, cierre los ojos e imagine que se encuentra en una de las desvencijadas aulas de la Universidad Complutense (o en la ekklesia). Escuche la cadencia de una voz con cierto deje macarra al final de cada frase, piérdase en la precisión lingüística de un profesor que implementa vocabulario en ático, latín e inglés en su discurso. Comienza la explicación (discurso) de Andrés de Francisco:

“La democracia representativa ateniense marcó la excepción a la regla oligárquica del mundo antiguo. El poder lo ocupa el pueblo de forma directa, encargándose de las magistraturas. Sin duda, esto es admirable; los atenienses respetaban la ley- de hecho es el régimen donde más se respetó- y defendían su democracia frente a las críticas de autores tan relevantes como Platón y Aristóteles”.

“Por supuesto, no podemos obviar una crítica filosófica tan profunda, que viene a resaltar el fuerte componente de clase. Ellos argumentaban que el “pecado” de la democracia fue pagar a los aporoi (campesino asalariado, sin tierras) por su asistencia a la asamblea. Esta clase, apasionada, ignorante y carente de los ocios necesarios, inundaban la colina de Pnyx y, por lo tanto, podría darse el caso de que defendieran sus propios derechos y los de su grupo, en vez de defender la ley. Por ello, tanto Platón como Aristóteles eran tan incisivos con las pasiones de los aporoi, la razón pública podría verse dañada y eso alejaría a los ciudadanos de lo verdaderamente importante: el bien público, los intereses generales y la ley”.

“Sin embargo, no es una crítica que hoy debamos rechazar de plano, pues ha vertebrado la posición republicana y ha expuesto a debate uno de los problemas de nuestras democracias, y es quién nos gobierna. Al republicanismo le interesa que nuestros gobernantes se caractericen por la virtud y que desprecien cualquier tipo de corruptela, es decir, lo que el republicanismo espera de sus dirigentes es que sean los más dotados, los mejores”.

“Parte de la izquierda se ha tomado muy en serio las advertencias de los dos filósofos. El ejemplo más claro es Karl Marx. Aristóteles mostró que la raíz del problema se hunde en la gran brecha entre propietarios y no propietarios, y cómo los primeros pueden controlar la voluntad de los segundos porque viven en una esfera económica alienada. Marx no descubre la alienación, lo toma de los trabajos de Aristóteles. El sabio de Estagira defendía la conformación de una república popular, con base social en los campesinos propietarios- y no en los aporoi– más libres en lo económico y, por lo tanto más independientes. En cambio Marx corta por lo sano y apuesta por la emancipación de los trabajadores a través de los medios de producción”.

“La libertad (eleutheria) estaba ligada, en el mundo antiguo, a la propiedad, por eso Marx defendió que se hiciera a todos propietarios. Sin embargo, el mundo moderno corta de nuevo por lo sano de una manera diferente y se decanta por debilitar el contenido sustantivo de la libertad: nos hace libres a todos, seamos propietarios o no. La libertad se constituye, pues, en una serie de derechos formales. Anatole France ejemplifica con gran acierto la paradoja que en el mundo moderno se crea: La Ley en su magnífica ecuanimidad, prohíbe tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan’. Desde una perspectiva formal, ambos (ricos y pobres) tienen los mismos derechos, aunque no cuentan con la misma libertad fáctica.

“Pero la democracia ateniense también tuvo sus defensores (cierto es que no con la vehemencia y la argumentación de sus opositores), uno de ellos fue el historiador Tucídides, quien puso en los labios de Pericles: ‘Atenienses, levantaos y luchad por vuestra patria, porque os ha tratado con generosidad y liberalidad’. El historiador les reclama patriotismo hacia la democracia, aunque en realidad estimará una democracia más moderada de la de Pericles, lo que viene a llamarse oligarquía isonomos, esto es una oligarquía con igualdad ante la ley, pero sin isegoria (sistema donde todos los ciudadanos tienen iguales derechos políticos).”

“Muchos os estaréis preguntando: ¿si dejaba fuera a las mujeres y a los esclavos, qué de genuina tiene la democracia ateniense? Para empezar, no podemos perder de vista la coyuntura, la realidad de la Atenas del siglo V y IV a.C. es que era patriarcal y esclavista como todas las formas de gobierno y todos los sistemas sociales a su alrededor. Sin embargo la originalidad de la democracia ateniense se encuentra en haber incluido a los trabajadores libres y asalariados en un sistema político caracterizado por la rotación, el sorteo, la paga por la ocupación de cargos, la isegoria y por miles de sistemas de control constitucional tanto ex ante como ex post. A diferencia de las modernas, no era ni indirecta ni representativa, salvo por los strategoi, que dirigían los ejércitos (ahí pocas bromas). Los atenienses combatieron la profesionalización, con todas sus fuerzas querían evitar la conformación de un pequeño grupo de profesionales de la política que diera pie a una nueva forma de oligarquía”.

“Su sistema difiere en el origen respecto al nuestro. The Federalist Papers (Los papeles federalistas) es el texto primordial en el que se funden nuestras democracias. En él,  Alexander Hamilton, James Madison y John Jay cuestionan a la democracia antigua y centran su atención en las formas de gobierno de la Baja Edad Media, cuando el feudalismo marcaba las pautas de la sociedad, pero se le añadían dinámicas modernas como nuestro actual parlamento. Huelga decir que las democracias modernas también toman elementos de la democracia ateniense como sus mecanismos de control: entre ellos, el juego de pesos y contrapesos en el equilibrio constitucional, que se traduce, hoy en día, en veto presidencial y el bicameralismo. Si analizamos con detenimiento, el sesgo de la democracia ateniense era contraminoritario, mientras que el sesgo de las democracias actuales es contramayoritario. La intención de los padres fundadores era contener a las masas apasionadas para filtrar la voluntad mayoritaria dentro de un ambiente de pluralismo”.

“Para el republicanismo, la virtud es un pilar fundamental. La virtud del ciudadano se convirtió en algo esencial en el mundo antiguo. Aristóteles dice que el buen ciudadano es aquel que sabe mandar y obedecer. Esto se entiende en un mundo de rotación, donde unas veces te tocaba dar órdenes y otras recibirlas. El principal deber del ciudadano era obedecer la ley, ya que esta expresa el bien común y no obedecerla es desacreditar y derribar el edificio democrático. Por eso resulta fundamental el control de las pasiones individuales; el ciudadano debe aprender a posponer o frenar sus deseos personales y pensar que la necesidad de todos puede contraponerse a sus intereses individuales, pero estos últimos nunca han de superar al interés común”.

“En los tiempos que corren, la esfera privada sustituye a la pública en cuanto a protagonista en los films político-sociales. Thomas Hobbes, precisamente, por la propensión del individuo de anteponer sus intereses a los del bien común, defiende que la única manera de hacer que el ciudadano moderno obedezca las leyes es a través de la coerción, entendido como parámetro de sanciones justificadas y estipuladas por la ley. Será el miedo a la sanción el mecanismo que impedirá que la población salga de la trocha legislativa”.

“En contraposición, los ciudadanos del mundo antiguo comprenden que el cumplimiento de las leyes es óbice para el buen funcionamiento de la demos. De ahí, la importancia que otorgaban a la paideia (educación) y de la implementación de hábitos y tradiciones para que la población entienda que gracias a la ley se constituye la demos. Así, también engarzaban el patriotismo con la virtud, pero esto sucedía en todo el mundo antiguo. Se puede leer en Salustio como el buen ciudadano romano daba la vida por la patria y posponía el hedonismo”.

“A la democracia ateniense no le faltaron retos y baches endógenos y exógenos. Entre los primeros, mencionar las minorías antidemocráticas que conspiraron para que la oligarquía tuviera otros dos periodos de esplendor a finales del siglo V a.C. y finales del IV a.C. Tampoco debió ser sencillo gestionar un imperio. Respecto a las exógenas, la democracia ateniense afrontó dos guerras- las guerras Médicas contra los persas y la guerra del Peloponeso contra Esparta-, y ya durante el gobierno de Demóstenes el acoso y el derribo de los macedonios encabezados por Filipo II, el padre de Alejandro Magno”.

“Pero antes-y durante- y pese a ser un régimen con un importante componente de clase, las tierras de los acaudalados siempre se respetaron, por eso aquella democracia se ganó la lealtad de los grandes propietarios, aunque pagaban más impuestos. Todo sea dicho, a este ambiente social armónico contribuyó en gran medida el imperio, y ni en la guerra la ley se vio desafiada. Los ricos se dieron cuenta de la grandeza de aquel sistema, que también les abría un horizonte de beneficios”.

“La stasis (guerra civil) no acabó con la democracia, lo que demuestra la solidez del sistema. Sin embargo, requería de una serie de exigencias difíciles de extrapolar a nuestro tiempo. Los atenienses disfrutaban de la discusión política, en todas partes de la ciudad se encontraba a individuos debatiendo. En cuestiones políticas, el pueblo ateniense ha sido- y es- uno de los más cultos de la historia; no sabrían leer ni escribir, pero contaban con genios como Aristófanes, Esquilo, Eurípides…, quienes les instruían a través de sus comedias y sus dramas. Hoy el teatro ha quedado circunscrito a una pequeña élite intelectual; en tiempos de Pericles y Demóstenes, todo el mundo se sentaba en las gradas del teatro para disfrutar y aprender con Edipo rey”.

“Precisamente los teatros se encontraban en las ciudades, o mejor dicho, ciudades-Estados, la máxima expresión del Gobierno, el territorio y la población. ¿Saben? Me gusta comparar la ciudad antigua y la medieval porque sus diferencias nos ayudan a entender mejor Atenas. Las ciudades griegas incorporaban a los campesinos y las tierras de cultivos, era una ciudad fértil, económicamente independiente. A diferencia, las ciudades medievales no incorporaban la producción de alimento y mantenían con el campo una relación de alteridad. Atenas, por ejemplo, se dividía en tres partes: un centro urbano, una zona rural y el puerto llamado el Piero. Estas tres divisiones conformaban un mini Estado, porque cada una era autosuficiente gracias a la incorporación de las áreas de producción rural y las económicas con base en el puerto”.

“Si les interesa mi opinión, todavía tenemos mucho que aprender de la democracia antigua, por lo menos en lo relevante al espíritu. En pleno siglo XXI y en la masificación de gente en la que vivimos, no podemos exigir una democracia directa (no habría suficiente espacio en la Asamblea), pero sí podemos conseguir una democracia robusta, participativa y representativa. Estaríamos más involucrados en nuestro sistema político si nos preocupáramos más en el control y la rendición de cuentas de los representantes y no esperásemos a las elecciones o que al juez de turno le dé por actuar. De todos modos, aspectos puros de la democracia ateniense tales como la rotación, la brevedad de mandatos, crear mini espacios deliberativos no vinculante serían fáciles de implementar si en la población y en el propio cuerpo de gubernamental hubiera más predisposición a la acción política directa.”

“La democracia es muy exigente y en este mundo moderno tan volcado en la experimentación personal, la vocación política está en declive. Y no pensemos que las redes sociales nos ayudan, tal y como lo planteamos, en el debate y la deliberación. Poca crítica y cuestionamiento de las ideas propias puede haber, si nada más abrir YouTube, sin ir más lejos, un algoritmo te muestra los vídeos que encajan con tu manera de pensar; no hay proceso de discusión formal ni de autocuestionamiento”.

“El politólogo James S. Fishkin, discípulo de Robert Alan Dalh, experimentó con el tema de los espacios deliberativos y, sorprendentemente, en cada una de las pruebas el resultado era el mismo: las posiciones de las persona se relejaban y tomaban puntos de vista contrarios a los suyos. La idea consiste en meter a un grupo de personas heterogéneas en una sala y que durante un tiempo perentorio debatan sobre una cuestión previamente agendada. Por supuesto, los implicados en la discusión pueden consultar especialistas. La gente cambia su percepción cuando expone sus argumentos a las críticas de otras personas y esto repercute en el voto, porque ya no acudirás a las urnas con un discurso dado, sino que nuestros argumentos ilustrados nos ayudarían a superar males como el dogmatismo, el sectarismo, el populismo y la polarización que tanto daño hacen a nuestras democracias”.