El historiador Miguel I Campos  publica «Armas para la República. Contrabando y corrupción, julio de 1936-mayo de 1937», donde demuestra los obstáculos que se encontraron los republicanos para conseguir armamento durante la guerra civil.

Texto: David VALIENTE

 

Caos, oscuras artimañas diplomáticas, traficantes de armas, ingentes cantidades de dinero circulando de un bolsillo a otro, corrupción, mercado negro… parecen los ingredientes perfectos para una novela negra de los años 60. Sin embargo, es la primera publicación editorial del historiador Miguel I. Campos, un trabajo académico, adaptado a las exigencias del lector medio, con el respaldo de la Editorial Crítica, titulado Armas para la República. Contrabando y corrupción, julio de 1936-mayo de 1937. El prólogo es del insigne Ángel Viñas, uno de los mayores especialistas españoles sobre las primeras décadas del siglo pasado.

“Este libro es fruto de una tesis doctoral, que escribí con el apoyo de Ángel Viñas”. Miguel quería trabajar sobre la internacionalización de la guerra civil española, por lo que su maestro le propuso centrar el foco en los esfuerzos que la República hizo para conseguir armas, un tema muy poco estudiado, salvo por un libro de Gerald Howson. “Mi primera intención fue estudiar toda la Guerra Civil, pero cuando nos zambullimos en los archivos nos dimos cuenta que la información disponible era inabarcable para ser trabajada en cuatro años”. Por lo tanto, decidieron reducir el periodo de estudio al primer año de guerra.

“Los archivos españoles están organizados de aquella manera. Por suerte, Ángel Viñas tiene muy buenos contactos en el archivo de exteriores; y menos mal que empecé por aquel, ya que al poco de terminar mi trabajo en ese archivo, José Manuel García-Margallo, exministro de Asuntos Exteriores, decidió cerrarlos. Si no hubiera empezado por ese archivo, este libro no hubiera sido tan completo”, se queja el historiador con cierto alivio en el tono.

El trabajo del ahora profesor de la universidad Rey Juan Carlos trata de erradicar la visión profranquista de esta parcela de la historia que “todavía está muy extendida. Hay trabajos de reciente publicación que defienden que la República tuvo mucho más apoyo que los sublevados en la guerra; pero sus teorías, matizadas y enmarañadas, tergiversan la historia”.

Sostiene la tesis que Manuel Azaña y Santiago Casares Quiroga no “hicieron todo lo posible para evitar que se produjera el golpe de Estado”, ¿qué podían haber hecho ellos?

Realmente no hicieron nada. Todo fue desastroso. La República disponía de la información suficiente para saber lo que se estaba tejiendo, aun así tomaron pocas y erróneas medidas: en vez de dejarlos en Madrid controlados, el Gobierno decide alejarlos a la periferia; y eso que la sede parlamentaria y las fuerzas del orden público catalanas les habían advertido de que el golpe que se estaba cociendo era mucho más serio que los acontecidos años atrás. En mi opinión, Azaña tenía más miedo a un desbordamiento de la izquierda que a una asonada militar tipo Sanjurjada. Los anteriores golpes habían sido descabezados con facilidad. De hecho, los golpistas del 36 lo tenían muy presente y aprendieron de sus errores anteriores, articulando una trama militar y civil bien financiada y con extensos contactos en el extranjero. Propiciaron la inhibición británica y el apoyo de los fascistas italianos a través de terceras empresas, tapaderas perfectas para que Mussolini se viera desligado de cualquier tipo de relación con los sublevados.

También recalca que la no intervención de los países supone una dudosa legalidad de acuerdo a los principios vigentes del derecho internacional de principios de los años 30 del siglo XX, ¿por qué?

La no intervención surgió al margen de la Sociedad de Naciones (SdN), órgano supranacional regulador del derecho internacional a principios del siglo XX y predecesor de la ONU. Con la Guerra del Chaco de 1932, los ingleses, dentro del marco de la SdN, quisieron establecer un embargo de armas a Bolivia y Paraguay, los dos países implicados en el conflicto. La diplomacia, como en la mayoría de ocasiones, fue extremadamente lenta y cuando se hicieron efectivos los embargos, la guerra había terminado. Entonces, para que no se repitiera la misma situación, los británicos intervinieron a espaldas de la SdN para que los países, esta vez, no prestaran ayuda a ninguno de los contendientes españoles.

Y Francia lo suscribió sin rechistar porque casi no dio oportunidades a la República de conseguir armas.

En los primeros compases de la sublevación, Léon Blum, presidente del Consejo de Ministros de Francia, se implicó en la ayuda a los republicanos españoles, pero las presiones tanto nacionales como internacionales lo convirtieron en una víctima de los acontecimientos. Tenga en cuenta que los intentos de adquirir armas de los republicanos saltaron a las primeras páginas de los periódicos, en un momento crítico a nivel internacional y con una opinión pública muy influenciada por los mismos medios de derecha y de extrema derecha. Algunos titulares se referían a Blum como “el judío” que quería vender armas a “los rojos españoles”. Asimismo, el viaje a Londres con el fin de revisar los Acuerdos de Locarno cerró definitivamente cualquier posibilidad de los españoles de conseguir armas en Francia de forma legal, pues los británicos se negaron a intervenir si por causa de la venta de armas los nazis atacaban al país galo.

¿De verdad había alguna posibilidad en el 36 de un ataque alemán a Francia?

Analizando desde la historia contrafactual, las potencias revisionistas echaron una serie de pequeños pulsos hasta que en el 39 traspasaron una línea roja llamada Polonia. Antes y después de la guerra civil española una serie de conflictos quedaron impunes: la invasión de Manchuria por el ejército japonés (1931), la invasión italiana de Etiopía (1935), la remilitarización de Renania (1936), acontecida unos meses antes de que Franco se sublevara, y los vergonzosos Acuerdos de Múnich (1938) que Arthur Neville Chamberlain vendió a Europa como un tratado de paz, pero que en realidad fue la inmolación de una democracia joven. La República española fue un intentó más de satisfacer los apetitos expansionistas de Hitler, que eran inabarcables.

De todos modos, resulta muy extraño que Londres interviniera con esa vehemencia si sus intereses no se veían directamente afectados, ¿hubo acaso algún motivo espurio?

Los británicos, desde el final de la Primera Guerra Mundial, desarrollaron una política de apaciguamiento que evitara por todos los medios una nueva confrontación entre Estados como en 1918. La Primera Guerra Mundial supuso la muerte de muchos jóvenes por un magnicidio acontecido a miles de kilómetros, en un país que los ingleses no sabían situar en el mapa. Los británicos también tenían en cuenta que el Tratado de Versalles fue un acto de venganza de los franceses, susceptible de ser revisado, cosa que hace Hitler nada más conseguir el poder. Reino Unido quería la paz y saciar el apetito expansionista de Hitler, y veían posible el inicio de una nueva guerra por la situación turbulenta en la que se sumió España en julio del 36.

México fue el país que más se implicó en ayudar a España y conseguir armas, ¿la ayuda fue totalmente altruista?

Fue de las más altruistas, aunque no del todo gratuita. Tres años antes, la República había firmado con México un contrato por el cual una serie de barcos se construirían en astilleros españoles. Con su apoyo internacional, el Estado mexicano buscaba reducir la cuantía contractual. Por otro lado, las dos Repúblicas eran gobiernos ideológicamente afines; Cárdenas temió que el triunfo del golpe en España se materializara en su país en un intento por parte de la derecha mexicana de derrocarle. Sin embargo, el gobierno mexicano invirtió muchos esfuerzos en tratar de apoyar a la República, aun teniendo un océano de por medio y una industria armamentística insuficiente para cubrir las necesidades republicanas. Por eso, Lázaro Cárdenas, presidente de México, ordenó a su embajador de París que consiguiera todas las armas posibles para los republicanos. Desgraciadamente, los ingleses interceptaron el mensaje, aunque si de repente un país con apenas tradición en la compra de armas en Europa hubiera empezado a adquirir cantidades de armas propias de una guerra en curso, las alarmas se hubieran encendido más pronto que tarde.

¿Qué errores cometió la República a la hora de conseguir armas en el extranjero?

Uno de los objetivos del golpe de Estado era noquear al Estado republicano; lo consiguieron.  El cuerpo diplomático creyó que podrían conseguir armas en unos 20 días, pero cuando se dieron cuenta de la inviabilidad de su plan, cambiaron la estrategia. De todos modos, en Londres el discurso mediático caló hondo. La prensa del momento afirmaba que el Gobierno español se asemejaba al de Kérenski, previo a la configuración de la URSS. Además la imagen de la República dando armas al pueblo potenció tanto el temor británico, que terminaron por negar cualquier ayuda. La República intentó de paliar esa imagen procomunista enviando a sus intelectuales más prestigiosos a las principales embajadas para que negociaran los contratos armamentísticos. Enviaron a políticos que no habían visto un arma en su vida ni conocían los códigos del mercado negro. Asimismo, la República nunca protestó en contra de la no intervención. Esto limitó la actuación de países como México que quiso ayudar a la República; los diplomáticos mexicanos le dijeron a Cárdenas que poco podían hacer después de que los españoles aceptaran la no intervención. A la hora de comprar armas, tampoco hubo una gran estrategia, en su mayoría se compró morralla a precios desorbitados.

En un primer momento, la compra de armas en el extranjero fue totalmente caótica, luego se estableció una Comisión de Compra con el fin de unificar los esfuerzos de adquisición, ¿consiguió mejores resultados?

Algo mejora las condiciones materiales de los republicanos, aunque los problemas no dejan de sucederse. El embajador de la República en Francia, Luis Araquistáin, era un auténtico desastre; la República pagó caro el mal manejo financiero, el ineficiente uso de la diplomacia y su visión general errónea de los acontecimientos.

Los países hicieron un buen negocio.

Algunos ministros y funcionarios no perdieron la oportunidad y se hicieron de oro. Era fácil conseguir el dinero, se manejaban cantidades muy grandes y con solo no firmar un documento, exigir una gratificación para que la compra de la armas no saliera  a la luz o retener los envíos en el puerto para que pagaran derecho de almacenaje, se llenaban los bolsillos.

¿Hubo casos de corrupción por parte de los republicanos?

De esta cuestión debemos hablar siempre con el presuntamente por delante, ya que no existe ninguna sentencia judicial que nos asegure que se produjo, tan solo una serie de informes de diversa procedencia se hacen eco de ello. Un enviado republicano podía pactar con un traficante un 10% del precio total en concepto de soborno o comisión especial. Sin pretender justificar nada ni a nadie, piensa que en los últimos coletazos de la guerra, ya se veía que bando iba a ganar; es humano intentar salvaguardar tu futuro y el de tus familiares. El caso más paradigmático, siempre presuntamente, fue la operación de Ángel Galarza Gago, Ministro de Gobernación, que acabó incluso con muertos. Pero todo esto, lo recalco, presuntamente.

Los republicanos recelaban de los traficantes que vendían armas a los sublevados, ¿tal vez pecaron de escrupulosos?

La República no tuvo más remedio que negociar con grupillos de filonazis con remanentes de capital y armamento. Tenían esta opción o lanzarse a los brazos de la Unión Soviética. Estas redes les ofrecían el oro y el moro, pero les daban material muy malo. Curiosamente, cuando se les daba material bueno, los barcos misteriosamente eran detenidos por alguna escuadra franquista y terminaban en algún puerto controlado por los sublevados.

Y negociaron con los nazis directamente.

No debería de extrañarnos que la República intentara comprar armas a la Alemania nazi, puesto que la industria bélica alemana suministró armamento al ejército español en las décadas previas a la guerra. Es cierto que la puerta oficial se cerró, pero Hermann Göring, hombre astuto e inteligente, vio en el oro republicano una manera de engrasar su propia maquinaria bélica. Los sublevados no tenían de qué quejarse, la República solo recibió de los alemanes armamento pequeño, insignificante a la hora de decantar la balanza a favor de los republicanos. Pero sí. El representante franquista en Atenas envió a Berlín algún que otro reclamo, pero Franco le ordenó que dejara de cuestionar las decisiones alemanas. En el libro lo dejamos bien claro: “no está bien morder la mano que te da de comer”.

Dedica un epígrafe a la cuestión de los supuestos barcos cargados de armamento que llegaron al puerto de Tarragona en apoyo de los Republicanos, ¿en qué fuentes se basan los historiadores que sí defienden la realidad del acontecimiento?

No aportan ninguna fuente; es una falacia refrita desde los años 60 que tengo documentada. Afirman que unos buques transportaron armas al puerto de Tarragona; totalmente falso. Si publican sus fuentes lo podríamos rebatir, pero no aportan ninguna prueba archivística o evidencia. El primero que extendió esta falacia fue Salazar Arrazabal y ha sido continuada por un pupilo suyo bastante bueno en el embauque, Lucas Molina Franco, que nos pone a parir tanto a Viñas como a mí.

Pero sí es cierto que los sublevados contaron con un cuerpo diplomático muy eficiente.

Sí. Contó con el apoyo de antiguos embajadores de la monarquía, gente como el duque de Alba que puso a la entera disposición de los sublevados una serie de circuitos políticos, económicos y sociales inalcanzables para los diplomáticos republicanos en ese momento. En sus memorias, Pablo Azcárate y Flórez, secretario adjunto de la Sociedad de Naciones y embajador en Reino Unido, se queja con amargura de lo mucho que tardaban en atenderle; mientras que Alba se reunía con quien quisiera, cuando lo deseara y el tiempo que estimara oportuno.