Como aperitivo a la inminente BCNegra repasamos algunos de los momentos estelares de la historia del género policiaco. Edgar Allan Poe dio el pistoletazo de salida a la novela detectivesca como género al idear a Auguste Dupin, el primer investigador que utiliza el método deductivo -y un punto fantasioso- para resolver un crimen espeluznante.

 

Texto: Sabina FRIELDJUDSSËN Foto: Louis DALLARA

 

Para calentar motores ante el inminente inicio el próximo 3 de febrero de la Semana de novela negra de Barcelona, BCNegra, que convertirá la capital catalana en el punto de reunión de algunos de los grandes autores internacionales del género, iniciamos un repaso a la historia de la novela policiaca que nos llevará a un viaje con estaciones en grandes clásicos, de Conan Doyle a Patricia Highsmith. Y empezamos por el principio: por Auguste Dupin, hombre de extraordinaria capacidad deductiva que no soporta el error, empeñado en resolver a través de la lógica pura un caso macabro que parecía imposible de solucionar.
Los crímenes de la calle Morgue se publicó por primera vez en la revista Graham’s Magazine de Filadelfia en 1841. Suele considerarse el arranque de la literatura policiaca como género narrativo porque en la historia antes había habido muchas historias de asesinatos (el gran relato de la Biblia se inicia con el crimen de Abel a manos de su hermano Caín) pero nunca hasta entonces el meollo literario de una historia había sido la resolución del crimen de una manera metódica. Auguste Dupin inaugura la figura del investigador extremadamente observador y agudo que trabaja con ese método deductivo que Sherlock Holmes convertirá, treinta años después, en un arte.
Edgar Allan Poe ha pasado a la historia como el maestro del relato breve de misterio, especialmente de terror con cumbres como El hundimiento de la Casa Usher o El Cuervo, pero él siempre quiso ser poeta. Nació en Baltimore (Estados Unidos) en 1809 y perdió a sus padres, actores de teatro itinerantes, cuando tenía dos años. Lo educó un empresario acomodado pero sus relaciones con el padre adoptivo fueron tempestuosas. Él nunca superó el trauma de la muerte de su madre y creció como un muchacho solitario que iba por libre. En la Universidad de Virginia lo expulsaron por su afición al juego y a la bebida, pero también al placer solitario de la lectura. Ya por entonces publicó anónimamente su primer libro de poemas.
A los 23 ya había empezado a trabajar en el periodismo, comenzó a publicar sus primeros cuentos con una derivada hacia lo lúgubre y se casó con su prima de 14 años. La enfermedad y prematura muerte de su mujer agravaron su alcoholismo y su mirada oscura. Una mirada penetrante que le hacía leer la prensa viendo en las noticias más escabrosas excelentes posibilidades narrativas que alimentaron sus fantasías más esquinadas.
En Los crímenes de la calle Morgue veremos, precisamente, cómo la acción parte de la lectura de Auguste Dupin de una gacetilla de prensa que relata un crimen horripilante en un piso de París que no parece tener motivación alguna. El caso es extraño por la extrema crueldad contra unas víctimas inofensivas como una madre y una hija de vida anodina, sin que el asaltante se llevara nada de valor. Pero resulta especialmente enigmático porque la puerta estaba cerrada por dentro y la altura del apartamento hacía impensable que hubiesen podido entrar por la ventana. Las autoridades parisinas no tienen ni idea de lo que pudo haber sucedido. Y es ahí donde entra el brillante y egocéntrico Auguste Dupin, que practica un método deductivo de resultados asombrosos que parte de los más insignificantes detalles que pasan desapercibidos para las mentes planas de los policías.
El narrador de todos esos acontecimientos, del que ni siquiera conocemos su nombre, es el prudente asistente de Dupin y es él quien nos cuenta toda su indagación. Es un narrador que permanece en un segundo plano y ejerce de ayudante o de oreja que escucha las reflexiones de Dupin. Esta es una estructura que se convertirá en clásica en el género narrativo e incluso en el cine: el detective y su ayudante, que no deja de ser una derivada del caballero y escudero que tan bien conocemos por El Quijote. Otra característica que hace de este relato un referente para todo lo que se escribirá después es que el narrador nos va mostrando las conjeturas, los testimonios que recaba Dupin y los detalles del escenario del crimen que visita: se hace al lector partícipe de la trama e incluso se le da -en teoría- información suficiente para que pueda jugar también a resolver el caso.
Serán esos pequeños detalles que pasan desapercibidos en una mirada superficial de las cosas los que harán que ese cráneo privilegiado de Dupin recomponga lo sucedido en el interior de ese apartamento y llegue a saber qué sucedió esa trágica noche en casa de esas dos inocentes mujeres. Alguno pensará que lo resuelve por los pelos y no se le podrá decir que no. Prepárense para llevarse una sorpresa bien morrocotuda con la resolución del caso.