La novela negra suena bien
Capossela, Mallo, Price y la banda sonora del BCNegra.

Vinicio Capossela ofrecerá el concierto «Errori e Bassifondi» el 2 de febrero en BCNegra.
Texto: Milo Krmpotic
La distancia más corta entre el festival negro de Barcelona y la música es una línea recta que pasa necesariamente por Carlos Zanón, su comisario, en cuya trayectoria encontramos una biografía de los Bee Gees, otra de Willy DeVille, un par de novelas con títulos como Yo fui Johnny Thunders y Love Song, un poemario que lleva por lema Rock and Roll, alguna letra para temas de Loquillo o Brighton 64, y, sobre todo, una declaración de principios (o, al menos, una declaración sobre sus inicios, la que dio a EfeEme.com allá por 2015): “…me pasaba horas y horas grabando canciones de la radio en cintas BASF. Era una especie de magia, una comunicación especial. Eras un bicho raro y alguien te hablaba directamente a ti. Escuchaba las canciones, no tenía ni idea de qué querían decir, pero me transmitían algo. Cuando el locutor traducía el título, yo aprovechaba y hacía un poema a partir de eso”. En el caso de Zanón, pues, la lluvia musical fecunda su labor literaria, tan afín a los márgenes urbanos y al lado salvaje de la vida (aviso: no será la última vez que la sombra de Lou Reed se pasee por esta pieza).
Esta edición del BCNegra contará con una actuación estrictamente musical, el día 2 de febrero en la sala Paral·lel 62, cuando el cantautor italiano Vinicio Capossela presentará su peculiar mezcla de estilos, que van desde el rock hasta la música popular balcánica, y en la que se puede encontrar además una gran cantidad de referentes literarios, desde Homero hasta Melville, pasando por Dante Alighieri. Pero Capossela presentará también, al día siguiente en La Paloma, Tefteri. El libro de las cuentas pendientes (Minúscula), donde narra sus paseos por las calles de Atenas, Salónica, Creta… durante el año de la quiebra financiera; esto es, en un período negro para Grecia en lo económico, en lo social, en todos los sentidos, pero que encuentra consuelo, o reverberación, o un poco de todo en el género musical del rebético.
No en vano se ha dicho que la gran novela negra y los grandes géneros musicales del siglo XX tienen unos orígenes en común: los bajos fondos de las ciudades, sus atmósferas turbias y sobre todo nocturnas, y unos personajes a menudo oprimidos (en lo racial, en lo económico, en lo social) que a veces intentan medrar entregándose al crimen y, a veces, aferrándose a una trompeta o una guitarra. La novela negra, de un espíritu tan marcado, ha reclamado tradicionalmente una banda sonora hermana y el jazz (género, por tanto, dos veces negro, cuando menos en sus orígenes) ha acudido de manera recurrente a su encuentro. Que se lo pregunten, si no, a Harry Bosch, el detective melómano de Michael Connelly, a un vinilo de jazz pegado en cada breve descanso que se concede mientras investiga alguno de sus casos.
Claro que cada investigador tiene su librillo, lo mismo que su nacionalidad, y el jazz norteamericano ha encontrado variantes en el noir de otros países. El espíritu del tango, por ejemplo, acompaña la serie del Perro Lascano de Ernesto Mallo (sin ir más lejos, uno de sus títulos, Los hombres te han hecho mal, está tomado de un verso de la pieza Milonguita de Linning y Delfino). Lascano, que participará el día 6 en la mesa redonda “La muerte como producto de proximidad” en el Mooby Bosque, fue además editor y participante de la antología Músicas negras (Siruela), “una celebración de esta historia de amor entre la música y la letra” que contó con una nómina muy internacional de autores, desde el mexicano Élmer Mendoza hasta el irlandés John Connolly, pasando por la uruguaya Mercedes Rosende, la cubana Wendy Guerra o los españoles Vanessa Montfort e Ignacio del Valle.
Y, volviendo a Estados Unidos, cuna de mucho de lo que estamos hablando en este artículo, hay que mencionar sin duda la presencia en este BCNegra 2026 de Richard Price (en la mesa redonda “Volver a la vida siendo otro”, el día 7 en el Mooby Bosque), quien en su adolescencia, igual que Carlos Zanón, encontró en la música (y, sobre todo, en el tema Night Train de James Brown) una puerta de entrada al mundo que se abría más allá del barrio del Bronx en el que había crecido, pero también al sentido de la otredad que tan bien ha expresado en unas novelas donde la música ha sido un elemento primordial, bien en la composición de los personajes (el gangsta rap en Clockers), bien a efectos atmosféricos (el jazz en La vida fácil, cuyo título original, Lush Life, está tomado del standard de Billy Strayhorn). Recuperando ese diagrama de Venn en el que confluyen música, género negro y marginalidad, Eduardo Hojman, traductor de la edición argentina de Clockers, nos cuenta que, a mediados de los 90, durante una visita a Nueva York, Richard Price no solo se lo llevó a conocer los barrios más conflictivos de la ciudad (su idea de turismo está bastante alejada de las postales tradicionales), sino que lo invitó a una cena íntima para seis personas en la casa de Óscar Hijuelos, y que dos de esas personas fueron nada más y nada menos que Laurie Anderson y Lou Reed (avisados estaban).









