Texto: Antonio ITURBE  Ilustración: Alfonso ZAPICO

 

París, otoño de 1862

El agente de bolsa Verne con su traje oscuro y su maletín de piel pasa por delante de la animada terraza del Café de Flore y enfila hacia la Rue Jacob de París. Sus tentativas como autor teatral no terminaron de tener éxito y ha tenido que aceptar un empleo rutinario para sacar adelante a su familia. Al llegar a la altura del número 18 alza la vista y lee el rótulo que anuncia la Librería Hetzel & Cie. Al empujar la puerta verde suena una tenue campanilla y un dependiente alza la vista por encima de sus gafas.

-Estoy citado con el señor Hetzel. Soy el señor Jules Verne.

El dependiente saca su reloj de bolsillo para consultar la hora y alza las cejas.

-A esta hora el señor Hetzel recibe en su dormitorio.

Jules Verne es de carácter tímido y se rasca la barba ante semejante excentricidad. El dependiente lo conduce a la trasera de la tienda, donde está la vivienda de Hetzel, que da a un hermoso jardín interior. Al llamar a una de las puertas, una voz le dice que pase.

Pierre-Jules Hetzel lo mira incorporado en la cama, ojeando el periódico de la tarde anterior. Tras su regreso del exilio por causas políticas –su oposición al regreso del gobierno autoritario Luis Bonaparte empeñado en ser un nuevo Napoleón-, se ha convertido en uno de los editores más reconocidos de París. Aunque le agrada publicar a autores comprometidos como el pionero del socialismo y compañero de exilio Pierre Joseph Proudhom, también tiene un agudo sentido del negocio que le hace estar atento a las tendencias emergentes y anda a la caza de nuevos talentos.

Como ha sido el escritor Alfred de Brehat el que ha arreglado la cita, para romper el hielo, Verne le hace llegar al editor y librero recuerdos de un autor al que él publica con éxito. Hetzel es de pocos preámbulos.

-¿Qué me trae, señor Verne?

-Un libro que he titulado Viaje por los aires. Se trata de un viaje plagado de aventuras a bordo de un globo aerostático de última generación sobre África.

Entonces Hetzel cierra por fin el periódico y se quita las gafas para observar mejor a su visitante.

-¿Le interesa la aerostática?

-¡Desde luego! ¡Es apasionante!

-¿Ha volado en globo?

-No, señor. Yo vuelo en la biblioteca pública. Pasó allí muchas horas documentándome.

-¿Conoce usted a Felix Tournachon, que se hace llamar Nadar?

-¡He oído hablar muchísimo de Nadar! Está haciendo cosas sorprendentes con las nuevas máquinas de fotografiar desde el aire.

-Yo puedo presentárselo.

-Me encantaría. Podría añadir alguna de sus apreciaciones en el libro.

-¿Entonces, le interesan los avances técnicos?

-Son mi pasión. Creo que la literatura debe explicar cómo la ciencia está abriendo caminos y que en cincuenta años habrá cambiado más la manera de vivir que los anteriores mil.

-¿Qué más ideas tiene?

Entonces el aparentemente gris empelado de la bolsa abre mucho los ojos y empieza a hablar de manera apasionada.

-Habría que contar las nuevas posibilidades que se abren para viajar a los polos. Hay estudios que sugieren la posibilidad de barcos estancos que puedan llegar a navegar por el fondo del mar, y tal vez se pueda por fin desvelar lo que hay en el centro de la tierra, y viajar a la luna…

-¿Viajar a la luna?

-¡Naturalmente! Ya hay cañones capaces de lanzar piezas de artillería de treinta kilos a un kilómetro de distancia. Si multiplicáramos por cien el tamaño del cañón ¿acaso no podríamos plantearnos lanzar un pequeño vagón metálico con personas a bordo hasta la mismísima Luna?

-¿Pero ese cañón existe?

-Sí, señor Hetzel.

-¿Dónde está?

-¡En mi imaginación!

Hetzel asiente complacido. Lleva ya tiempo pensando que en ese final de siglo XIX los avances tecnológicos  empiezan a parecerse a la magia y que la gente está sedienta de historias modernas que reflejen todo ese mundo fascinante que se ve en el horizonte.  Una serie de libros en ese sentido podrían tener éxito. Abre el manuscrito, se cala las gafas y lee algunos párrafos mientras Verne lo mira con avidez. En la cabeza de Hetzel ya empieza a fraguarse la idea de acelerar los contratos y la logística para que ese libro forme parte de los regalos de Navidad de los franceses de ese final de 1862.

Hetzel levanta la vista y le dice que ha de leer con detenimiento el manuscrito y le dará alguna respuesta. Verne, que no ha dejado en todo ese tiempo de jugar ansiosamente con el sombrero entre sus manos, se despide apresuradamente y se da la vuelta para marcharse.

-Señor Verne…

-¿Si?

-Este título…

-No es definitivo.

-Lo que atrae a la gente son los globos aerostáticos. Son máquinas majestuosas. Eso debería estar en el título…

-Viaje en globo…

-¿Pero qué hace este viaje especial y singular?

-Que no es subir y bajar, sino que tres ingleses se pasan semanas a bordo del globo atravesando África. ¿Qué le parece Cinco semanas en globo?

Hetzel asiente lentamente.

En ese dormitorio de París empiezan a fraguarse los 56 viajes extraordinarios de Jules Verne que siguen haciéndonos volar tantos años después.

Verne en España

Jules Verne no fue tan sedentario como a veces se cree. Le gustaba navegar y tuvo varios barcos. En 1878 celebró sus 50 años con un viaje en su yate Saint-Michel III, a bordo del que viajaron su hermano Paul y el hijo de su editor Hetzel. Partieron desde el Canal de la Mancha, costeando por la Bretaña hasta el Golfo de Vizcaya. La mala mar al abrirse al Océano Atlántico hizo que optaran por hacer escala en la ciudad de Vigo. Al entrar en el puerto gallego, coincidieron con un barco de la armada francesa y el capitán convirtió a Verne y sus pasajeros en anfitriones. Incluso les prestó unos trajes de buzo y los animó a emular las aventuras del Capitán Nemo publicadas en Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino ocho años antes que situaba precisamente en esas aguas de la costa gallega. A Verne le gustó mucho Vigo. Coincidieron con la ciudad en fiestas y le encantó la cocina, la música de gaitas al aire libre, las fiestas nocturnas a la luz de las antorchas y la devoción de la procesión del Cristo de la Victoria. En la continuación, circunvalando la península, también toco tierra en Cádiz y desde allí hizo una incursión a Sevilla, pero el calor lo agobió mucho. También tocó puerto en Málaga y después cruzaron al otro lado del Mediterráneo, hasta llegar a Orán y Argel. En Vigo recuerdan el paso del escritor con una simpática escultura en el puerto donde se ve a Verne sentado sobre unos enormes tentáculos surgidos del fondo de la imaginación submarina.