El guionista y escritor Jack Ketchum publicó en 1989 este clásico de la literatura de terror «La chica de al lado» que recuperó en español la Biblioteca de Carfax.

 

Texto: Isabel DEL RÍO SANZ

 

Pese a que la novela La chica de al lado fue publicada por La Biblioteca de Carfax en 2020, hace poco ha habido un boom alrededor de este título. Como si el calor del verano inflamara nuestros sentidos, la rabia y brutalidad que destilan sus páginas está incitando a los lectores a regresar a esta novela inspirada en hechos reales que te revuelve, altera y cabrea, al mismo tiempo que te provoca una frustración densa y pesada, pues te gustaría gritarles que paren, ayudar de alguna forma, y sólo puedes ser un mero espectador de lo que sucede, sintiéndote en sintonía con su protagonista, pese a no compartir de ningún modo sus pensamientos y acciones.

Jack Ketchum era el pseudónimo de Dallas William Mayr quien, tras graduarse en la escuela de Livingstone en 1964 y trabajar como actor, maestro y vendedor de madera, se refugió bajo el amparo de su amigo y mentor Robert Bloch —autor de Psicosis— y se convirtió en guionista y escritor de terror. Su manera de narrar la violencia humana, basándose en ocasiones en sucesos reales —como en La chica de al lado, tal como nos cuenta el propio autor en el epílogo que cierra la obra—, provocó que la revista Village Voice le acusara de escribir pornografía violenta. Pese a las críticas, sus obras han sido galardonadas con el premio Bram Stocker —en 1994, 2000 y 2003 por relato corto, antología y novela— y el World Horror Convention Great Master 2011 por su contribución al género de terror.

Cuando leemos La chica de al lado, puede que nos sobrecoja su crudeza. Su inicio nos transporta a un barrio residencial de los años 50, donde un grupo de chavales —entre diez y trece años— pasan el verano jugando por el campo, bebiendo Coca-Cola y haciendo las gamberradas típicas de su edad. Todo cambia cuando llegan Meg y Susan, dos niñas que, tras un terrible accidente que les ha provocado secuelas físicas —y las ha dejado huérfanas—, se mudan a casa de su tía y sus primos.

David, el protagonista de la novela, se enamora a primera vista de Meg y no es el único que se fija en ella, puesto que desde un inicio nos la muestran como una chica diferente, hermosa, pero también inteligente, resuelta y que «se mueve como un chico». La casa donde se mudan es la de Ruth, adulta que ha creado una especie de refugio para los chavales del barrio. Allí van a charlar, ver la tele e incluso a beber cerveza. Lentamente veremos la red que teje esta mujer que se quedó sola con tres hijos cuando su marido la abandonó. Ella se ha convertido en una especie de amiga más para el grupo de niños, a los que permite hacer y hablar de cosas que ningún otro adulto les permitiría: «Es lo que siempre decía cuando nos dejaba hacer algo que nuestros padres no querrían que hiciéramos en nuestras propias casas. Ni lo menciones».

Los años 50… la guerra, toda la ira y violencia que dejó tras de sí, como un poso invisible a las miradas externas. También el machismo y el lugar que debía ocupar la mujer, la violencia hacia el sexo débil y hacia los niños, que no eran más que propiedades del hombre de la casa, del pater familias. No hace tanto que los niños sufrían maltrato impunemente, en sus casas y en las escuelas. Todavía hoy sucede en muchos lugares del mundo y, seguramente, muy cerca nuestro, aunque no nos demos cuenta. Y eso es lo más terrorífico de la novela de Ketchum, que lo que sucede en ella sigue pasando aunque no lo sepamos.

Se nos avisa desde el inicio, auguramos que estamos presenciando un momento clave en que la infancia se rasga y florece, pero no sabemos si lo que emergerá de la herida será flor o gusano. Barruntamos el secreto que se cuece a fuego lento desde la primera aparición de Meg, cuando pisamos el salón de la casa de Ruth, en el instante en que mencionan el Juego con el que se entretenían el verano anterior —al que dejaron de jugar cuando Denise entró en él—. Vemos la parte oscura y retorcida de los juegos infantiles.

Y, a través de la mirada de David —que siente su lealtad dividida—, presenciamos de primera mano la amargura y sueños rotos de una mujer madura y cómo esta arroja toda esa frustración y complejos, todo su odio hacia su propio sexo y los hombres —porque, no nos engañemos, la misoginia más retorcida viene de mano de mujeres—, a la cara de dos niñas inocentes que han quedado a su cargo.

«Me tumbé en la cama y cavilé sobre lo sencillo que era herir a una persona. Ni tenía por qué ser algo físico. Todo lo que tenías que hacer era pegar una buena patada a algo que le importara.

Yo también podría si quisiera.

Las personas eran vulnerables.»

No queremos pensar ni hablamos demasiado sobre ello pero, ¿cómo afectan las decisiones, actos y palabras de los adultos en la mente infantil y adolescente? ¿Cómo les guiamos hacia el adulto que serán en el futuro?

Algo que nos sorprende en su lectura es la fuerza y conexión entre las hermanas. Como, pese a todo, se aferran al amor de sus padres, a lo que preexiste entre ellas y, en el caso de Meg, a su propia integridad, algo que, como siempre que una mujer es «rebelde» en un medio hostil, acaba por causarle dolor. La fuerza de la niña que se convierte en impotencia para ella y poder para quien la daña.

Como decía anteriormente, ¿qué han sido los niños en nuestra cultura? ¿Quién los protegía de las emociones y deseos mal encauzados de los adultos que se suponía debían cuidarlos? «Los niños no teníamos poder alguno, casi por definición. Se suponía que los niños tenían que soportar la humillación o huir de ella».

La chica de al lado es una oda a la normalización de la violencia, a cómo, tras una descripción cotidiana en la que dos niños van en bici a la piscina o se comen un helado, un molesto chirrido te advierte que hay algo oculto donde el resto del vecindario no quiere mirar —porque esta es otra constante, los adultos que ignoran lo que sospechan—, mascas la tragedia y hueles el horror, pese a las risas de la feria y las acampadas en el jardín.

Vemos como los días se suceden, la crueldad aumenta y los niños cambian, sus mentes y forma de mirar el mundo se transforma, a la vez que la adulta que debería poner límites enferma y corrompe los conceptos del bien y del mal, de lo que es correcto y lo que no, aprovechando su posición de poder y conexión con los preadolescentes. Nos encontramos ante la disociación de la persona/objeto, de la justificación de la brutalidad, al horror perpetrado por los adultos a un niño, a un foráneo, a una mujer…, como una fuerza natural contra la que no se puede discutir.  A la locura en estado crudo y depredador.

Una novela de terror, sí, pero a causa de toda la realidad que nos muestra sin filtros ni barreras, con un claro: «Mira y haz algo, ¡no te calles! ¡¡Actúa!!». Una historia terrible que, pese a dejarnos mal cuerpo, deberíamos tener presente por todos esos niños y niñas, por todas esas personas que sufren a diario solo por ser como son, solo porque otros tienen más fuerza que ellos.